[1851] El sórdido relato de un juez que se volvió asesino

Relato extraído de la sección 'Variedades' de la revista «El Derecho» , dirigida por el fallecido jurista Miguel Antonio de La Lama | Edición 1898

Un juez loco

Murió siendo presidente de un alto tribunal de justicia, magistrado íntegro, cuya vida irreprochable era citada en todas las audiencias de Francia.

Había pasado toda su existencia persiguiendo a los criminales y protegiendo a los más débiles, y los asesinos no tenían enemigo más temible que él, porque sabía leer en el fondo de sus almas sus pensamientos secretos y descifrar todos los misterios de sus intenciones.

Murió a los ochenta y dos años, llorado por todo un pueblo, que le acompañó solemnemente al cementerio, donde se pronunciaron discursos en loor del difunto.

He aquí ahora el extraño documento que un notario encargado de examinar los papeles del muerto encontró en uno de los cajones de una mesa donde el magistrado solía guardar los expedientes de los grandes criminales.


El documento llevaba este título: ¿Por qué?

20 de junio de 1851.- Salgo de la audiencia donde acabo de condenar a muerte a Blodel. ¿Por qué habrá matado ese hombre a sus cinco hijos? ¿Por qué? Hay personas para quienes destruir la vida constituye un placer. ¿No es el acto de matar lo que más se parece al de crear? ¡Hacer y destruir! Esas dos palabras encierran la historia del universo, la de los mundos, todo cuanto existe.

25 de junio.- ¿Qué es un ser? Una cosa animada que lleva en sí el principio del movimiento. Un átomo de vida que se agita en la tierra y ese átomo de vida puede uno destruirlo cuando quiera. Después nada, se pudre y todo concluyó.

26 de Junio.- ¿Por qué es un crimen el matar? El animal mata constantemente durante todo el día. El hombre también mata sin descanso para alimentarse, pero como siente además la necesidad de matar por placer, ha inventado la caza. El niño mata los insectos que encuentra, mata los pajarillos, mata todo cuanto halla a mano. ¡Todo, todo!

Pero esto no satisface la irresistible necesidad de matar que existe en nosotros, y como no podemos vivir sin entregarnos a ese instinto natural e imperioso de muerte, nos satisfacemos de cuando en cuando por medio de las guerras, en que un pueblo entero aniquila a otro pueblo. Y luego a los que dirigen y organizan esas matanzas los colmamos de honores, les hacen vestir lujosos trajes, con grandes adornos en el pecho, y se les otorgan recompensas, cruces y todo género de títulos.

30 de Junio.- El matar es una ley, porque la naturaleza es partidaria de la eterna juventud. Mientras más destruye, más renueva. ¡Debe ser un placer delicioso el tener ante si al ser vivo, pensante, y herirle y ver como brota la sangre que constituye la vida y después no tener delante más que un montón de carne fría, inerte, desprovista de la facultad de penar!

21 de Agosto.- ¿Sospecharía alguien de mí si me atreviera a matar a un ser a quien no tuviera yo interés alguno en destruir? ¿Quién lo sabría?… La tentación se ha apoderado de mi y me subyuga de un modo cruel. Mis ojos tienen necesidad de ver sangre, de ver morir, y mis manos desean matar. ¡Qué sensación tan exquisita, tan nueva, tan refinada!…

22 de Agosto.- No he podido resistir por más tiempo y he matado un animalito para ensayar, para empezar, un jilguero que tenía yo en una jaula. Al cogerlo sentí en mis manos los latidos de su corazón. Le corté el cuello con unas tijeras, vi brotar la sangre del pobre pajarillo. Pero… ¡tenía tan poca!… ¡Lo hermoso sería ver desangrarse un toro! Y después imitar a los asesinos. Lavé las tijeras, me lavé las manos y enterré el cadáver en el jardín…

25 de Agosto.- ¡Ya lo he hecho! ¡Qué cosa tan fácil!…

Fui a dar un paseo por el bosque de Vernes, cuando de pronto hallé un niño en el camino. El muchacho se detuvo para verme pasar y me dijo: “Buenos días, señor presidente”

—¿Estás solo?—le pregunté—.
—Sí, señor.

El deseo de matarle me embriagaba como el alcohol. Me acerqué presuroso y le eché las manos al cuello, apretándole con todas mis fuerzas. ¡Qué ojos los de aquella criatura! ¡A los pocos instantes, el niño era cadáver!

Regresé a casa y comí admirablemente. ¡Qué cosa tan insignificante es la vida!

21 de agosto.- Se ha descubierto el cadáver y la justicia busca al asesino.

1 de Setiembre.- Han sido detenidos dos merodeadores. No hay pruebas contra ellos.

6 de Octubre.- Nada se ha descubierto. Si hubiese visto correr la sangre, estaría más tranquilo. ¡Sí, sí, lo estaría!

10 de Octubre.- Continúa persiguiéndome el deseo de destruir. Después de almorzar pasaba yo por la orilla del río y noté la presencia de un pescador que dormía a la sombra de un sauce. En un campo inmediato había una azada clavada en tierra. La cogí, la levanté como si fuera un martillo y de un solo golpe partí la cabeza del pescador.

¡Cuánta sangre vertió el infeliz! Me alejé con paso grave y sin pensar más en el asunto.
¡Dios mío! ¡Si me hubiesen visto … Sea como fuera, es indudable que yo habría podido ser un gran asesino!.

25 de Octubre.- La causa del pescador ha llamado extraordinariamente la atención del público ¡Yo lo creo!

Se acusa del asesinato a un sobrino suyo que pescaba con él. ¡Imbéciles!

27 de Octubre.- El juez de instrucción afirma que el sobrino es culpable, y todo el mundo lo cree. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!… El sobrino ha estado a punto de confesar el delito, cansado de tanto interrogatorio.

15 de Noviembre.- Hay pruebas aterradoras contra el sobrino que debía heredar a su tío. Yo presidí el tribunal.

25 de Enero.- ¡A muerte! ¡A muerte! ¡A muerte!… ¡Le he hecho condenar a muerte! ¡El fiscal ha hablado como un ángel! ¡Qué necio!…¡Iré a ver ejecutar al reo!

10 de Marzo.- ¡Todo se ha terminado ya! ¡Esta mañana ha sido guillotinado! De su cuello brotó una ola de sangre. ¡Ah! ¡Si la gente supiera que yo soy el asesino!… ¡Me costaría tan poco dejarme sorprender….¡pero tan poco!
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El manuscrito contenía muchas otras páginas, pero sin relatar ningún nuevo crimen.
Los médicos alienistas que lo han examinado aseguran que hay en el mundo muchos locos ignorados, tan hábiles y tan temibles como aquel monstruoso demente.

Guy de Maupassant

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