Para saber la verdad hay que perseguir la mentira

El 27 de junio de 1980, se cayó un avión civil sobre Ustica, en Sicilia. Las versiones iniciales fueron que se habría caído por un fallo estructural o por una explosión interna. Para saber realmente que ocurrió se dispuso una investigación[1].

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Así, se pidió la bitácora del portaviones estadounidense Saratoga que habría estado en la zona donde se cayó el avión. En ese documento se indicó que este portaviones no habría estado en la zona, pese a que había sido visto en el lugar del accidente por algunos testigos. Asimismo, se indicó que ese documento había sido escrito por seis oficiales diferentes, a pesar de que la letra era idéntica. Los investigadores confrontaron a los oficiales estadounidenses con la evidencia, quienes admitieron que al documento original le había caído café y, por eso, un oficial tuvo que reescribir el contenido de la bitácora.

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Luego, los investigadores acudieron a la comandancia de Nápoles a efectos de determinar si lo que decía la bitácora del Saratoga era similar a lo que ellos tenían. Extrañamente, a los registros de la comandancia también le cayó café, motivo por el cual los originales también fueron destruidos y se reescribieron en otro papel. Posteriormente, se quiso revisar la boya telefónica a la que habría estado enganchado el Saratoga en el puerto de Nápoles. Sin embargo, la boya no estuvo operativa en esos días. Para acreditar que el portaaviones si estuvo enganchado se muestra una foto, la cual se demuestra que estuvo trucada porque el Vesubio aparecía volteado.

Los investigadores creyeron que, por error, el avión civil fue derribado por las fuerzas áreas de la OTAN, pero no pueden saber ello porque las fuerzas armadas le imposibilitaron sus pesquisas. Cada vez que pedían acceso a ciertos documentos a las autoridades militares, éstos les decían que dichos documentos no existían o se habían estropeado.

Como puede apreciarse del caso relatado, saber qué ocurrió en este caso era muy difícil, sino imposible. El alto mando militar y las altas autoridades políticas de EEUU, la OTAN e Italia no tenían interés en facilitar las investigaciones para saber quién y por qué se derribó ese avión.

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Si bien en este caso no podemos descubrir la verdad, si es factible saber que esas personas estaban mintiendo y manipulando las pruebas. El análisis de la bitácora, los radares, los archivos electrónicos, fotos, cambio de versiones de los oficiales y contradicciones entre ellos no permitirá saber dónde está la verdad, pero si permitía saber que ellos estaban ocultando la verdad.

Según Legrenzi, nos hemos concentrado en buscar la verdad y no tanto en perseguir la mentira. Estas actividades (la búsqueda de la verdad y la persecución de la mentira y el engaño) son complementarias entre sí. Para tener acceso a la verdad, es necesario, muchas veces, perseguir la mentira.

Quienes infringen la ley, no solo tienen que planificar cómo llevar adelante esa actividad, sino que además tiene que asegurarse de no ser atrapados. Para ello, la destrucción, manipulación, el engaño y la obstrucción en una investigación son los medios que utilizarán para lograr ser descubierto. Por esa razón, este tipo de actividades deben ser fuertemente castigadas.

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La mentira (aquí incluyo la manipulación, destrucción y obstrucción de pruebas) además de impedirnos acceder a la verdad, también tiene otros efectos negativos. Este tipo de acciones también socava la confianza en el sistema. Si las personas creen que la mentira puede ser exitosa o, al menos, no le acarrea perjuicios tan graves como que se conozca la verdad, entonces esa será la estrategia para la impunidad.

Por eso, el sistema de justicia no solo debe buscar la verdad, sino que también debe perseguir la mentira. Esa es la razón, según Legrenzi, que en EEUU se persigue, procesa y, si fuera el caso, sanciona gravemente todos los actos que impidan u obstruyan una investigación. La magnitud de la sanción dependerá del tipo de caso que se investiga, pero ese tipo de actuaciones no debe quedar impune por parte del sistema. Los casos de Nixon, Clinton y Arthur Andersen ilustrarían ese punto.

Lo anterior implicará que se deba repensar cómo tratar la mentira; la obstrucción de la investigación; el ocultamiento de pruebas; e incluso el tratamiento del silencio mismo debe ser reevaluado en un sistema de justicia que pretenda ser eficaz en saber qué ocurrió en un caso. En una siguiente entrega, se mostrarán algunas estrategias que se han ideado para desincentivar que las personas mientan, oculten o destruyan pruebas y cómo se debe tratar el silencio en una investigación.


[1] El relato sobre el derribo del avión en Ustica se ha tomado de LEGRENZI, Paolo. Cómo funciona la mente. Madrid: Alianza editorial, 2000, pp. 86 y ss.

Profesor del Departamento Académico de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Con estudios en la Maestría de Derecho Constitucional de la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Maestría de Teoría de la Argumentación de la Universidad de Alicante. Sus principales líneas de investigación están referidas a temas vinculados a Teoría de la Evidencia, Argumentación y Derecho y Economía. Es autor del libro «Litigación, Argumentación y Teoría del Caso» y de diversos artículos vinculados a la teoría de la evidencia, argumentación y competencia.