¿Qué es saber derecho y ser un buen jurista?

Volvemos otra vez con unas pepitas de oro extraídas de esa mina del positivismo jurídico que es Dura Lex, el audaz blog del profesor español Juan Antonio García Amado. A leer se ha dicho.


 

Dominar el derecho, como jurista, es la síntesis de tres habilidades o capacidades, o como queramos llamarlo:

1. Entender y poder manejar con soltura un lenguaje, el lenguaje jurídico. El lenguaje jurídico está lleno de términos técnicos del Derecho o de palabras y expresiones que en Derecho adquieren un sentido especial.

2. Saber encontrar las normas que para los casos se necesiten, lo que supone dos cosas:

a) Conocer dónde están esas normas y bajo qué patrones o principios se agrupan en cada sector de lo jurídico. Esto implica ser capaz de moverse por las distintas ramas o campos del Derecho y conocer también el sistema de fuentes de esa rama o campo de lo jurídico.

b) Estar en condiciones de jugar con las piezas que componen esa especie de rompecabezas o puzle que es un sistema jurídico, habiendo asimilado de qué forma se interrelacionan unos y otros tipos de normas con arreglo a criterios como jerarquía, competencia, relación temporal o especialidad.

3. Ser competente en el manejo de las normas a efectos de interpretarlas, de entresacar sus sentidos o significados posibles y de fundamentar la opción por unos u otros de esos significados posibles.

Para los dos primeros requisitos es útil ante todo el dominio de la dogmática jurídica y de la teoría general del Derecho. Para cumplir con la tercera condición conviene ser hábil tanto en el manejo de distintas formas de razonamiento y poseer buen dominio del lenguaje y hasta de ciertos elementos de la retórica. Y, desde luego, la mejor formación en ese tercer ámbito de la actividad jurídica, eminentemente práctica, se adquiere mediante la lectura y el análisis crítico de sentencias.

Casi todo lo demás es poco menos que ocioso. Por ejemplo, la pura y dura memorización de códigos y preceptos añade bien poco a la formación del jurista experto, si bien adiestra para enfrentarse con éxito a unas oposiciones basadas en la memorización de temas.

Por lo dicho, una enseñanza del Derecho que merezca la pena tiene que ser eminentemente práctica y apoyada en la discusión y la elaboración de soluciones alternativas para cualesquiera casos. Hay que adquirir conocimientos teóricos, sin duda, pero la teoría ha de entenderse en la práctica y desde la práctica, ha de ser teoría ejercitada y asimilada en el trabajo con normas y casos.