Quedó ciego y ahora defiende a personas con discapacidad sin ser abogado

En 1969, Enrique Bustos Garay conducía su motocicleta por la Av. Petit Thouars. Tenía veinte años y una frondosa cabellera negro azabache. Esa tarde, Enrique se accidentó y se le desprendió la retina del ojo izquierdo.

Enrique sufría de un extraño síndrome que menguaba su visión. Pasaron tres años desde ese accidente y tras varios tratamientos fallidos, los médicos decidieron operarlo. Lo que la operación prometía era devolverle la vista por completo y amainar lo efectos de ese mal congénito, pero no fue así.

 ¿Mamá, por qué no encienden la luz? —preguntó Enrique, luego de la operación. Y su madre rompió en llanto. Enrique no podía ver, se había quedado ciego.

Enrique Bustos Garay alza su voz de protesta por las personas con discapacidad. Fotos: Legis.pe

La noticia añadió tensión a la vida de Bustos. Se deprimió y el recuerdo del accidente lo comenzó a atormentar. A causa del trauma, Enrique no podía dormir bien, se volvió un sonámbulo. Por las noches se despertaba agitado, en busca de su motocicleta.

—Me volví loco—, dice un tanto mortificado.

Cuatro décadas después, don Enrique maniobra su bastón con gran habilidad y lo esgrime como si fuese una espada. Esa vara ligera y alargada lo ayuda a trasladarse por la vía pública y entre los angostos pasadizos del Consejo Nacional para la Integración de las Personas con Discapacidad (Conadis), su centro de trabajo, en donde atiende a cuánto visitante requiera de su ayuda. A sus 66 años asegura haber resuelto innumerables casos de despidos arbitrarios a personas con discapacidad sin ser abogado.

—Habiendo tantos abogados, la gente me llama a mí para que los defienda— afirma Enrique. —Saben que yo no me rindo— me dice.

Don Enrique es un hombre amable y abierto para conversar, tiene las manos cuarteadas por la edad, el cabello recortado y una herida abierta en su amplia frente. Me golpeé la cara contra un quiosco, me explica, mientras esboza una sonrisa luminosa. Jacarandoso y acriollado, así es don Enrique. Son casi las seis de la tarde y para él aún no empieza el día, su inagotable energía lo destaca entre sus compañeros del trabajo, quienes lucen agotados.

Don Enrique toma su bastón y de un chasquido lo extiende. Yo aprendí a no avergonzarme de ser invidente, me dice, y a mis hijos los he instruido para que también sean valientes como yo, sentencia.

—En el día de la persona con discapacidad le vamos a gritar al mundo que existimos—, me dice entusiasmado.

Es que don Enrique tiene un humor contagiante y nunca pasa desapercibido. Me cuenta que fue el primer productor y conductor invidente del Perú, al dirigir Sin barreras, el primer programa inclusivo que introdujo a la televisión peruana el lenguaje de señas. Sin barreras marcó un antes y un después en la televisión nacional, es el único programa de la historia de la televisión que apostó por la inclusión. Detrás de esa hazaña televisiva, el buen Enrique Bustos Garay, corajudo él, se batía en la producción del programa sabatino.

La lucha por los derechos de la persona con discapacidad se remontan al 16 de octubre 1980, cuando más de un millar de personas con discapacidad y sus familiares, acapararon las calles del centro de Lima para exigirle al Congreso que dicte políticas públicas para el acceso a la educación y la rehabilitación integral de las personas con discapacidad. Así lo estipulaba el artículo 19 de la Constitución de 1979. El pedido fue escuchado y posteriormente se promulgaron normas en favor de esa población vulnerable.

Las manos de don Enrique siempre están inquietas. Sobre la mesa hay un libro, un teclado y un mouse. Palpa los tres objetos mientras me habla. De pronto, desenfunda de su bolsillo izquierdo una regleta metálica y un punzón. Saca su tarjeta de presentación y me dice: Así se escribe en braille. Mira, esta es mi firma. “E. Bustos Garay”, escribe sobre su tarjeta usando el punzón sobre la regla de metal. Te la regalo, me dice. Agradezco.

¿Cuál es el último rostro que recuerda haber visto?, le pregunto antes de que termine la entrevista.

“El de mi madre”, responde Enrique, tratando de ocultar la pena que le causa volver la mirada al pasado. Todo se trasluce en sus gestos y sus ojos que comienzan a empañarse.

Toma una bocanada de aire y guarda silencio. Vuelve a respirar.

—Así es la vida, hijo— me dice.

Él no lo sabe, pero mientras me contaba su historia yo también contuve el llanto.