Luis Bedoya Reyes: maestro, actor político y ser humano

Aquí me propongo comentar el libro en homenaje a Luis Bedoya Reyes, editado por el Congreso de la República. En esta aventura editorial le correspondió a Teodoro Hampe Martínez recopilar los textos y el estudio biográfico de Bedoya Reyes, tarea central del libro para lograr pincelar al estudiante, al actor político y al ser humano, y la vinculación en el binomio política-ética. Siempre es un deleite leer la vida y obra de un hombre, que nos muestra sus recorridos, esperanzas, limitaciones, triunfos, etc. Con este reto, el Congreso de la República nuevamente trata de construir, reconstruir y afirmar la evolución que ha tenido nuestro Estado de Derecho: liberal, social y democrático.

La política es el espacio más interesante para entender un país, lo que se logra al valorar todos los espacios, y a pesar de no compartir las posiciones ideológicas de Bedoya Reyes, debo decir que guardo un enorme respeto por su trayectoria. Creo que en política los adversarios (sean de izquierda, centro o derecha) deben ser de lo más prominentes para que esa grandeza pueda ir en beneficio de la colectividad; y leyendo el libro y releyéndolo, encuentro que el reto resulta más urgente para todos los actuales actores políticos. La política siempre será el mejor escenario para debatir los mayores temas de un país, no para ver el corto plazo, sino para lograr una consolidación de la ciudadanía.

El libro Luis Bedoya Reyes: Gradualidad en el cambio está bien diseñado y hace un recorrido histórico por todos los acontecimientos en donde participó Bedoya Reyes. Muchos de los acontecimientos narrados han refrescado mi memoria, por ejemplo, esas actividades políticas de la Asamblea Constituyente de 1978-79 (uno de los capítulos más extensos del libro) eran un escenario muy frecuentado por los jóvenes de aquella época. Me impresionó por cierto la carta que Bedoya dirige a Luis Jaime Cisneros: “Creo que somos árboles difíciles de corroer y, por eso, cuando nos toque, moriremos de pie” (p. 295). Algunos construyen su vida para lo inmediato, pero otros siembran hasta para el más allá.

Portada del libro «Luis Bedoya Reyes. Gradualidad en el cambio» de Teodoro Hampe Martínez

El libro se nota elegante y de un empaste bien hecho, a lo largo de sus 760 páginas bien presentables. Al final del texto se ha incluido fotos del homenajeado Bedoya Reyes desde su niñez hasta sus actuales momentos. Muestran al adolescente Bedoya y al Bedoya recibiendo la Orden del Sol de manos del Presidente Ollanta Humala. Pese a la amplitud, aún parece que es una historia inacabada, porque la vida continuará. Existe una foto en la página 17 que encabeza la obra, donde se observa a un Bedoya Reyes sonriente y con un enorme tucán que lleva posado en el dedo índice; denotando su carácter jovial, que es el elemento característico al repasar su historia.

Sin embargo, creo que hubiera sido más elegante si cada texto o remembranza, a partir de la sección II, se mantuviera independiente del siguiente texto, porque tal como ha sido diseñada la obra parece un tanto atropellada.

El estudio biográfico que dedica Teodoro Hampe Martínez (pp. 21-74) nos muestra al político, al abogado, al funcionario público y al ser humano y su vinculación con su familia. Leer este resumen nos permite avizorar todo lo que vendrá a lo largo del texto: los triunfos y vicisitudes de Bedoya Reyes; seguramente ha merecido muchos tijeretazos, para lograr esa magnífica síntesis.

Siendo un hombre que defendía la libertad como emblema, me agrada su posición de responder “al toro por las astas” en una entrevista que le hacen en el 2006. Refiriéndose a su partido el PPC, que siempre le endilgaban de derecha o empresarial, dice: “La gente acomodada sentía que éramos una especie de póliza de seguros gratuita” (p. 687). Claro que seguramente se refiere a tantos empresarios mercantilistas que solo medran con las decisiones del Estado y que no pueden estar a favor de una libertad económica y política a la vez.

Debo compartir las expresiones de Bedoya Reyes en una entrevista donde él refiere: “Para mí lo que define una posición política en nuestros países es la voluntad de cambio, la insatisfacción y rebeldía frente a una estructura social, en cuanto ella repose en privilegio e injusticia, muchas veces formalmente legalizados” (p. 544). Creo que estas expresiones ahora las suscribirían todos los políticos, incluidos los de la izquierda, que eran sus naturales contrincantes.

Resulta más sorprendente cuando señala en un discurso partidario: “Creemos los demócratas cristianos que una de las fundamentales reformas de estructura que el país reclama es la de evitar que quienes detentan el poder económico tengan el control, directo o remoto, del poder político. […] Es inadmisible que de mucho tiempo atrás algún sector financiero se haya convertido en el poder tras el trono; y cuando el poder les es negado, destronan” (p. 119). Análisis pertinente que en la actualidad parece mucho más vigente.

Me parece que a Bedoya Reyes es necesario situarlo en su tiempo para conocer su espacio y quiénes eran sus aliados y sus contrincantes; y este libro nos permite ese repaso histórico. La obra nos sumerge en el conocimiento de la bisagra que ha logrado Bedoya con hechos históricos que tal vez no se entienda mirando sólo el presente momentáneo. Cuando vemos a Bedoya conviviendo en el escenario científico, académico y político con Jorge Basadre, Luis E. Valcárcel, Bustamante y Rivero, Max Uhle, Víctor Andrés Belaunde, nos involucra en un escenario mayor de los grandes políticos.

Bedoya Reyes hace una distinción entre su experiencia política y su militancia partidaria (p. 538). Él señala que tuvo experiencias políticas anteriores a su militancia en la Democracia Cristiana y resulta interesante mencionar que estas experiencias políticas están referidas a la relación con Jorge Basadre al formar el Partido Social Republicano, que no funcionó, e igualmente con José Luis Bustamante en la formación del Partido Popular Democrático, que tampoco prosperó.

En este espacio de pesos pesados de la política resulta sincera la anécdota contada por el propio Bedoya Reyes con el arqueólogo Julio C. Tello, cuando este eminente investigador le propuso una beca para seguir estudios de antropología en EE.UU., pero Bedoya con cierta sorpresa rechazó la propuesta porque más podía su amor por el Derecho, y Tello contestó: “Sin vocación profunda no se tiene fuerzas para una tarea como ésta” (p. 93).

En las páginas 103 a 112 se han incorporado tres cartas de José Luis Bustamente y Rivero a Bedoya Reyes. Si bien es interesante la cordialidad con que se dirige al personaje homenajeado y la confianza de tocar temas de importancia nacional, creo que resulta incompleto que no se haya incorporado por lo menos una de las cartas dirigidas por Bedoya a Bustamante, más aun cuando todas ellas son correspondencia en respuesta a la dirigida por el primero de éstos.

En la polémica entre Bedoya Reyes y Cornejo Chávez, que siempre es muy deliciosa en picotazos y arañones[1] y en dogmática jurídica constitucional, se aprecia un debate parlamentario durante la Constituyente de 1978-79 en relación al Decreto Ley 22339 sobre las modificaciones del Código de Justicia Militar, donde se nota claridades pero algunos claroscuros. En este contexto, Cornejo Chávez expresa refiriéndose a Bedoya Reyes: “[….] quiere, decir entonces, que solamente cuando está de por medio un caso concreto es que se puede conseguir que se declare que una ley es inaplicable en virtud de ser inconstitucional, pero que no existe la posibilidad de accionar para que una ley se declare inaplicable por ser inconstitucional en términos generales” (p. 427). Es cierto que Bedoya decía lo que su contrincante resumió magistralmente, pero creo que su explicación resultaba un poco confusa, básicamente cuando se refería a la inconstitucionalidad de la Ley declarada por el Poder Judicial y su inaplicación a casos concretos.

En este espacio quiero hacer una crítica por no haber encontrado rastros de aquella gran polémica televisada entre Bedoya Reyes y Cornejo Chávez (1977), ambos de las canteras de la Democracia Cristiana y que fue un duelo que paralizó el país. Creo que esta ausencia es imperdonable. Alfredo Barnechea, que hizo de moderador, incluso reseña ese hecho: “Fue uno de los grandes debates que se han producido en el país, y uno de los momentos estelares de la televisión política. Eran dos polemistas de corte muy distinto, uno de lógica cortante y otro más político, que se conocían de memoria, y que llegaban finalmente a un debate que habían hecho indirectamente durante casi treinta años. Los tuve a metro y medio a cada uno. No sé hasta ahora quién ganó. Sí sé que tomará muchos años volver a reunir a dos contendores semejantes” (pp. 567-568).

Quiero además señalar que hubo muchas habladurías sobre el rompimiento de muchos líderes de la Democracia Cristiana que luego terminarían formando el PPC. Sin embargo, la explicación sobre este episodio no se ha podido encontrar en el libro, por lo menos en amplitud. Bedoya Reyes expresa sobre ese rompimiento: “Estoy a la cabeza de quienes firman el documento de separación y del ‘Ideario’ del PPC. Ahí tienes el documento, la carta con la que nos separamos y los firmantes de la carta” (p. 537). Pero en el libro no encontramos el referido “documento” e “Ideario”, que nos podría ilustrar ese episodio que traspasó los escenarios meramente partidarios para convertirse en un asunto de interés general.

Bedoya Reyes fue un líder en su partido y en ello tenemos que diferenciarlo de los caudillos, por cuanto al líder lo siguen por sus ideas y él convence con su autoridad; el caudillo no logra seguidores sino autómatas o sobones. El líder no se aferra a su conducción porque sabe que es necesario fomentar el recambio, y para ello no teme los liderazgos que se generan a su alrededor sino más bien los fomenta, para lograr una solidez en la agrupación.

Es cierto que en la década del 70 y 80 del siglo XX había un interés manifiesto de la ciudadanía por debatir los problemas políticos; y los partidos se convirtieron en escenarios donde se procedía a esos debates y a esos análisis. Entonces existía el interés ciudadano y existía el partido político que permitía ese desarrollo, tanto en el ala derecha como en el ala izquierda.[2] Por ello tuvimos una Asamblea Constituyente que bien podría haberse convertido en una Universidad de Altos Estudios Políticos.

Luis Alberto Sánchez resume este espacio de la Constituyente cuando hace el prólogo al libro de Bedoya en la Constituyente, editado por Ricardo Amiel y César Madrid: “En realidad fue en la Asamblea Constituyente en donde como en un gran concilio nos mostramos permeables quienes habían estado impermeables hasta entonces. Y estoy seguro de que la contribución de Bedoya, que apreció grandemente Haya de la Torre, fue uno de los factores más señalados” (p. 377).

Bedoya Reyes nos proporciona un diagnostico sobre la era republicana y los retos de los partidos políticos y el espacio en el que se desarrollan. En un discurso en la CADE de 1984 (p. 308-309) nos dice: “Nadie desconoce que los partidos políticos han sido ocupantes precarios del poder a lo largo de nuestra historia republicana. El mayor tiempo y el mayor número de veces han ocupado el poder los gobiernos de facto a cargo de la Fuerza Armada”. Y más adelante repara en “el error présbita de no confrontar la esperanza ofertada con la realidad existente y, por lo tanto, el error de no advertir, como decía Hegel, que lo que es falso en la práctica no puede ser verdad en la teoría”. Ese el gran problema de los políticos que han gobernado últimamente, que plantean un programa político en campaña electoral, solo para congraciarse con las mayorías, pero cuando llegan al gobierno desarrollan el plan del contrincante.

Los movimientos sociales que en otros momentos protagonizaban los mayores escenarios reivindicativos,  se convertían en la representación política de entonces, la Asamblea Constituyente 1978-79 es un ejemplo de ello, y de esa manera el conflicto social se trasladaba a los interiores del foro parlamentario. Lamentablemente en la actualidad esta conexión no se presenta porque existe una crisis de representatividad, tal como lo ha descrito Carlos Meléndez en su libro La soledad de la política: transformaciones estructurales, intermediación política y conflictos sociales en el Perú (2000-2012).

Siempre pensamos cómo hubiera transcurrido el gobierno de los que no lograron ganar las elecciones presidenciales; así por ejemplo el posible gobierno de Bedoya Reyes o de Vargas Llosa o de Pérez de Cuéllar, para hablar solo de los últimos 35 años. Siempre es una incógnita y con ella nos quedaremos. En fin, espero que estas reflexiones puedan servir para incentivar al lector a consultar el volumen Luis Bedoya Reyes: Gradualidad en el cambio, para conocer la conducta de un líder de nuestro país que aún sigue teniendo vigencia, al margen de que uno pueda concordar o discrepar con sus ideas.


[1] Cornejo Chávez señala en su debate con su “archienemigo” político Bedoya Reyes: “Me parece que si soy un poco punzante, también lo son otros conmigo; a veces araño y a veces me picotean; esto es natural en la vida parlamentaria” (p. 433).

[2] A Bedoya no le gusta denominar izquierdas o derechas: “Esto de colocarse un escapulario, según que se encuentre uno a la derecha o a la izquierda pero que de todos modos termina crucificado como si estuviese al centro, es un problema. Para nosotros no tiene mayor complicación ideológica la definición o ubicación entre izquierda y derecha” (pág. 178); pero gusta de ubicar las posiciones ideológicas: “[…] tal como la historia política lo ha probado en el periodo presente, no hay sino tres posiciones ideológicas: la marxista-leninista, la socialdemócrata y la socialcristiana” (p. 523).