Hay abogados que son la ponzoña de toda ciudad. No solo que le chupan la sangre a las viudas, sino que también se beben las lágrimas de los huérfanos […]. Y también, como los cuervos, que desde las alturas distinguen con feroz pupila los cadáveres del camino, acudiendo con diligente vuelo a despedazarlo […], acuden al entierro de los comerciantes para despedazarle la herencia, comerle las ganancias, devorarle los fondos, digerirle la fortuna, descoyuntarle los bienes. (Roberto Arlt. Tratado de la delincuencia).


Escribe: Jaime Araujo Frias
Escribe: Jaime Araujo Frias

Nos advertía don Manuel González Prada (el primer instante lúcido de la conciencia de nuestro país, en opinión de J. C. Mariátegui) que “en la abogacía, como en un sepulcro voraz e insaciable, se han hundido prematuramente muchas inteligencias, quizá las mejores del país”[1]. Hoy, en tiempos de aberración, y de aberraciones jurídicas en particular, donde la excepción se vuelve regla y la regla excepción, el medio fin y el fin medio, el sujeto cosa y la cosa sujeto, etc., hay que examinar nuestra profesión con sumo cuidado. No vaya a ser que la abogacía esté caminando de cabeza (como lo estaba con Hegel la historia, según Marx), y si así lo estuviera (como lo sospecho) es nuestro deber ponerlo de pie.

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¿Para qué sirve un abogado? Si le preguntamos a un abogado, sin duda, nos dará una respuesta generosa, como es natural cuando a alguien le interrogan sobre su profesión. Pero si examinamos a cualquier ciudadano, la cuestión cambia radicalmente. La pregunta sugiere risas y hasta respuestas poco gratas: para robar. No en vano, entre nuestros conciudadanos se utiliza la expresión ‘rata’ (palabra coloquial que en nuestro país se usa en referencia al ladrón) para nombrar al abogado. Todo esto, en principio, nos advierte que la profesión de la abogacía ha dejado de tener el significado y sentido que tuvo en sus orígenes: advocatus, el que asiste al llamado de la justicia. Para convertirse hoy en ferviente devoto del dios dinero[2].

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¿Qué ha ocurrido? Los autores del Manifiesto Comunista, por un lado, acusaron a la burguesía del despojo de la dignidad y respeto de la cual gozaba dicha profesión. La burguesía, escribieron Marx y Engels, “la ha convertido en su servidor asalariado”[3]; en una profesión que ha hecho del dinero la certeza de su existencia, es un medio para lucrar de desgracia ajena.

Por otro lado, el experto en historia Tony Jutd, arguye que la corrupción de las profesiones se debe a una forma de razonar, el pensar economísticamente (así lo denomina), que ha infestado todas las profesiones. El cual no es algo intrínseco a los seres humanos, sino producto del culto al libre mercado, a la privatización, al dinero;[4] a la dictadura del  “mercado total”, como diría el agudo economista Franz Hinkelammert.

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Emponzoñamiento que se ha ido naturalizando en el transcurso del tiempo y que al parecer hace falta un arduo trabajo de profilaxis ontológica, epistémica y ética para cambiarla de dirección. No obstante, desaprender las falsedades es tal vez el proceso más difícil a seguir. Así lo confirma irónicamente Mark Twain, cuando dice, “es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados”.

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La profesión de la abogacía lleva sometida mucho tiempo al engaño, a la farsa y al mimetismo intelectual. Salvo algunas excepciones, la regla es la incapacidad de los operadores jurídicos para diferenciar entre lo justo y lo injusto, entre el medio y el fin, entre el derecho y el abuso del mismo cuando hay de por medio una buena suma de dinero.

¿Por qué necesitamos del derecho?

El abogado es el profesional que tiene la función social de usar sus conocimientos en derecho para prevenir y sanar las rupturas de relaciones sociales conflictivas que lesionen o pongan en peligro determinados bienes jurídicos: la vida, la libertad, el patrimonio, etc.
El abogado es el profesional que tiene la función social de usar sus conocimientos en derecho para prevenir y sanar las rupturas de relaciones sociales conflictivas que lesionen o pongan en peligro determinados bienes jurídicos: la vida, la libertad, el patrimonio, etc.

Puede aplicarse aquí lo que dijo Aristóteles para la política: “Porque no somos ni dioses ni animales”. Porque vivir es convivir y este último supone enfrentar y resolver conflictos intersubjetivos de intereses. Si bien, el ser humano es un ser sociable, o como escribió Aristóteles, es un animal político, es decir, solo puede vivir y desarrollar su personal proyecto de vida en medio de sus semejantes; también es, como advirtió Hobbes, un animal egoísta. Su insociable sociabilidad[5], como escribió Kant, hace que no pueda ni prescindir de los demás ni renunciar, por ellos, a la satisfacción de sus propios intereses y deseos.

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Por esta razón necesitamos el derecho. Para que los conflictos de intereses se resuelvan de otra forma que no sea el crimen. Para librarnos de la guerra, del asesinato, de la barbarie; o al menos, para acotarlo, minimizarlo. En fin, necesitamos el derecho, no porque los seres humanos seamos malos e injustos, sino porque tenemos la posibilidad de llegar a serlo.

¿Qué es un abogado?

Un abogado es ante todo un profesional que trabaja con el derecho, que tiene como materia prima “normas-reglas y normas-principios”, para decirlo con Dworkin y Alexy. Una profesión es una actividad que lleva acabo alguien que es experto en una determinada área del saber humano. En nuestro caso concreto, la actividad de resolver conflictos intersubjetivos de intereses a través del derecho  la lleva a cabo el abogado.

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¿Para qué sirve un abogado?

Así como al médico tiene la función social de usar sus conocimientos en medicina para prevenir y curar enfermedades somáticas; el abogado es el profesional que tiene la función social de usar sus conocimientos en derecho para prevenir y sanar las rupturas de relaciones sociales conflictivas que lesionen o pongan en peligro determinados bienes jurídicos: la vida, la libertad, el patrimonio, etc. Por tanto, lo que da sentido a la profesión de la abogacía es el bien que ofrece y que ninguna otra profesión puede dar: generar las condiciones que posibiliten justicia a través del derecho.

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Por ello, creemos que el abogado que actúa así, siguiendo al Nobel de economía Amartya Sen, “es un bien público”, una garantía para el efectivo cumplimiento de los fines institucionales: servir a la comunidad política (política entendida como el gobierno de la polis). Porque no es posible tener instituciones que se ocupen de administrar justicia si los profesionales que lo componen son estúpidos[6] y corruptos. El progreso de la comunidad política depende en gran medida de la calidad de profesionales que se tenga, en nuestro caso específico, de la calidad de profesionales del derecho (abogados) que se sumen para defender y garantizar a través del derecho los intereses legítimos de la comunidad política.

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Finalmente, pensamos que el abogado, como otros profesionales, debe tener mínimamente claro dos cuestiones, a saber: qué es la carrera a la cual va a dedicar su vida, y para qué sirve. Soslayarlas supone no tener un punto de partida, mucho menos de llegada. Y lamentable mente, en nuestro país, de estos hay muchos.

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[1] González Prada, Manuel. “Nuestros magistrados” en Horas de lucha.

[2] “Dios no murió, se tornó dinero. El banco asumió el lugar de la iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito, manipula y administra la fe que nuestro tiempo todavía trae consigo”. Cf. Agamben, Giorgio. Ragusa New, 28/03/13.

[3] “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurista, al sacerdote, al poeta, al sabio, los ha convertido en sus servidores asalariados”. Cfr. Marx, K. y Engels, F. (1999). El manifiesto comunista. Barcelona: Edicomunicación, p. 99.

[4] Judt, Tony (2010). Algo va mal. Barcelona: Ariel, p. 21.

[5] Kant, Immanuel (2007). Idea de una historia universal desde un punto de vista cosmopolita. Trad. Eduardo García Belsunce, Buenos Aires: Prometeo, p. 33.

[6] Ser estúpido es no pensar, pensar demasiado poco, o como se supone que piensan las bestias. Cfr. Sponville-Comte, André (2005). Diccionario filosófico. Barcelona: Paidós. En efecto, la asimilación acrítica de los supuestos normativos contenidos en los códigos jurídico evidencia un alto grado de estupidez de sus operadores.

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