Igualdad y libertad en la familia. ¿Y dónde quedó la fraternidad?

Yuri Vega Mere
Socio senior del Estudio Muñiz

El rostro actual de la familia es diferente al que tuvo hace 50 años o más. No solo ha habido una proliferación de derechos a favor de sus miembros que ha generado una inocultable tensión entre el concepto tradicional de familia que privilegiaba al grupo como portador de intereses superiores a los individuales de quienes lo conforman; los cambios experimentados también se han expresado en:

(a) una mayor aceptación de las uniones no matrimoniales;

(b) la protección de las familias ensambladas para facilitar la integración de sus miembros como conformación social neutralizando perturbaciones externas;

(c) un tratamiento fuertemente tuitivo para niños y adolescentes; y

(d) la consagración de un verdadero derecho al divorcio por decisión unilateral (basado en la separación de hecho) y el recurso a instancias no judiciales para lograrlo (ante alcaldes y notarios).

También vivimos (hace algunas décadas) cambios importantes al interior de la familia. Las relaciones verticales han cesado y si bien se habla de una familia “democrática”, prefiero la visión de una familia “igualitaria”. Como dice la profesora francesa, Yvonne Flour, en la democracia mandan las mayorías y en la familia, hoy los cónyuges o convivientes tienen los mismos derechos, ya sea entre ellos, ya sea con respecto a sus hijos o en la administración y goce de sus bienes. Prima la igualdad.

La libertad de las parejas parece relacionarse más con la posibilidad de vincular sus aspiraciones individuales con los intereses de los demás y en la forma de organizar sus relaciones personales y patrimoniales. Pero también se explica por medio del derecho al divorcio. Este debe entenderse no solo como la posibilidad de poner fin a una relación matrimonial en la que el afecto y el deseo de una vida en común cesaron. También debe entenderse como signo de esa continua “privatización” de los espacios, otrora regulados por un derecho “social”, que en aras de mantener la cohesión matrimonial obstaculizaba la disolución de una unión artificial. Y claro, esta tendencia -que se ha revelado contra los viejos paradigmas- concibe a la familia como un espacio en el que también se procura realizar los intereses individuales. Es, como dice la profesora española Encarna Roca, un camino de la casa a la persona; de lo grupal a lo individual. Y si ello no ocurre, muchos echan mano al divorcio. Egoísta o no, es una realidad.

Si instituciones como el matrimonio y la familia están expuestas a estas nuevas expresiones que posiblemente provengan de diversas posiciones ideológicas, como de los gritos de liberté, egalité et fraternité, ¿dónde aplica la fraternidad en este escenario?

La primera respuesta que me viene a la mente es la de la maternidad subrogada entendida como un acto de desprendimiento (sin “mercantilizar” el vientre). No hay nada más fraterno que ello. ¿Hay algo más? Posiblemente se diga que quizá también una muestra de fraternidad podría ser reconocer o compartir el estatus de familia con otros colectivos. Sin embargo, en caso ello ocurra (esta no es una propuesta), posiblemente sea más una expresión de las demandas de trato igualitario (de igualdad).

Cualquiera que sea la aplicación de aquellos principios, nadie puede dudar que la familia es el mejor espacio de desarrollo personal, un espacio “bisagra” entre lo individual, lo grupal y lo social; un espacio en el que el afecto y la solidaridad tienen la mayor importancia y son catalizadores de los excesos “libertarios” y de las exigencias de equidad, sin que se pierda el valor de cada persona al interior de la dinámica grupal.