Hans Litten, el abogado que humilló a Hitler

Un inteligente, fiero y radical joven abogado judío, interrogaba ferozmente en 1933 al que sería, años más tarde, su verdugo: Adolfo Hitler.

1993. En las cortes de Berlín, Hans Litten, un probado antinazi, le pedía explicaciones a Hitler por la violencia ejercida por su grupo paramilitar Sturmabteilung o SA. Cuando Litten le preguntó por qué el jefe de propaganda Nazi, Joseph Goebbels, a través de un panfleto, publicó una invitación a derrocar el estado, Hitler perdió la compostura y pegó un grito al cielo. “Esa afirmación no tiene ninguna evidencia”, vociferó.

Han Litten, el valiente abogado que litigó contra el régimen nazi, clava su imperturbable mirada frente a la cámara. Interrogará a Hitler.

Es que Hans Litten, hijo de un judío renegado y una judía culta, mantenía siempre una tranquilidad imperturbable en sus interrogatorios, que el Führer no podía tolerar. Adolfo Hitler fruncía el ceño cada vez que intentaba defenderse sin éxito.

Lo que volvía loco a Hitler era que alguien le expusiera las evidencias de una forma metódica y calmada. El líder nazi siempre odió el debate intelectual, y tras el juicio, admitió haberse “sentido crucificado” ante el interrogatorio de Litten.

Hans Litten se perfiló, desde muy temprano, como uno de los primeros opositores de Hitler. En mayo de 1931, Litten llevó a juicio a cuatro integrantes del grupo paramilitar Sturmanbteilung (SA), luego de que acribillaran a tres personas en una sala de baile, acusándolas de comunistas.

El grupo de paramilitares irrumpió en un salón de baile, localizaron a sus víctimas y le propinaron disparos a quemarropa hasta matarlos. La razón: “eran comunistas”.

Tras el altercado, Hans Litten, decidió llevarlos a juicio y sentó a Hitler en el banquillo de los testigos. Días atrás, el Führer había calificado al grupo paramilitar Srutmanbteilung (SA) como una organización dedicada a la “ilustración intelectual”. El trabajo de Lleis era desmentirlo. Y así lo hizo.

Hans Litten sometió a Hitler a un áspero y prolongado interrogatorio de tres horas, que acabó en varias oportunidades con la paciencia del Führer.

Al principio, Hitler insistía en que estaba comprometido a cumplir la ley al cien por cien, pero su compostura empezó a quebrarse cuando Litten le preguntó por qué entonces había venido acompañado por hombres armados.

– “Esto es una locura“, gritó iracundo el líder nazi.

Pero Litten no se intimidó y rápidamente evidenció el panfleto publicado por Josep Goebbels, en donde prometía abiertamente que el movimiento nazi iba a “hacer una revolución” y “enviar al parlamento al diablo” usando “los puños alemanes”.

Cuando Litten le preguntó cómo estas afirmaciones podían entenderse como un compromiso con la legalidad, Hitler empezó a “buscar compulsivamente una respuesta“, según reportaron los periódicos de entonces.

Hitler comenzaba a perfilarse como el virtual ganador de las elecciones alemanas y las amistades de Litten le aconsejaron retirarse del país, huir. Pero este se negó. “Millones de trabajadores no pueden irse”, indicó, “así que debo estar aquí también”. Y así lo hizo.

Cuando Hitler ascendió al poder, Hans Litten fue rápidamente detenido y enviado a un campo de concentración, en donde permaneció hacinado hasta el día de su muerte. Hay pruebas de que la detención de Litten fue decidida por Hitler, como venganza, por ser un denodado adversario del nazismo.

Durante los siguientes cinco años, fue trasladado en diversos campos de concentración, incluyendo Sonnenburg, Dachau y Buchenwald,los más brutales de ese entonces. Fue vilmente torturado por los guardias a cargo, quienes conocían de la antipatía de Hitler hacia Litten.

No obstante, durante su reclusión, miles de reclusos lo admiraron por el buen trato que este tenía hacia ellos y su insistencia por guardar su dignidad intacta.

Cuando los guardias de seguridad le solicitaron que hiciera una representación para celebrar el cumpleaños de Adolfo Hitler; Hans Litten, en actitud desafiante, leyó el poema anónimo “Los pensamientos son libres”.

LOS PENSAMIENTOS SON LIBRES

Los pensamientos son libres,
¿Quién los puede apresar?
Vuelan más allá
Como sombras nocturnas.
Ningún ser humano puede conocerlos,
Ningún cazador puede dispararles,
ellos se quedan allí:
¡Los pensamientos son libres!

Yo pienso lo que quiero
y lo que me hace feliz,
Todo en silencio
y como venga.
A mis deseos y experiencias
no me los pueden quitar,
Quedan allí:
¡Los pensamientos son libres!

Aunque me encierren
en un calabozo obscuro,
Siguen siendo inmortales obras
Porque mis pensamientos
destrozan las barreras
y a los muros en dos parten:
¡los pensamientos son libres!

Ahora tampoco quiero
atarme por el amor
ni quiero encadenarme tampoco.
Se puede reír y bromear desde el corazón
Y pensar entonces que:
¡Los pensamientos son libres!

Hans Litten, desde su encierro, despotricaba contra el régimen. A punta de coraje interpretó el poema “Los pensamientos son libres”, poco antes de quitarse la vida, en el campo de concentración de Dachau, Alemania, durante el festejo número 46 de Adolfo Hitler.

En febrero de 1938, Litten, tenía el rostro desfigurado, con múltiples cicatrices de fracturas en el cuerpo y huellas de torturas. Litten tenía la piel despellejada y apenas fuerzas para ponerse de pie. Ciego de un ojo, quebrantado en cuerpo y alma, decidió acabar al fin con su martirio. Y se suicidó.

El valiente abogado que litigó contra el régimen nazi se ha vuelto una figura de culto en todo el mundo. En honor a su nombre la Asociación de Abogados de Berlín decidió llamarse Asociación Hans Litten, después de la reunificación alemana.