He sucumbido ante una flamante serie de Netflix, «Justicia coránica» | Carlos Ramos Núñez

He sucumbido primero por banal curiosidad, después por interés académico, pero también por genuino sentimentalismo ante una flamante serie de Netflix, “Justicia coránica”, concebida como una producción internacional en 18 capítulos. Diría que es una estupenda oportunidad para que no solo historiadores del Derecho o comparatistas (que seguramente cuentan con erudita data), sino también el abogado que litiga y el estudiante de Derecho incursionen en una forma de impartición de justicia y en una cultura que le son desconocidas. Y a la que es preciso conocer detrás del hijab (perdón, del velo) del prejuicio.

Una joven y dedicada abogada, Farah, tras realizar sus estudios de posgrado en una universidad norteamericana, regresa a ejercer a su país de origen, Emiratos Árabes Unidos (allí se produce la serie y de allí proceden los actores). Su padre, un prominente letrado, quiere que la hija trabaje codo a codo con él, mientras que Farah, legítimamente quiere abrirse camino sola. ¡A lo que puede llegar un egoísta amor paternal, mejor dicho, patriarcal! (¡Alá me libre!). Farah, después de todo, se salió con la suya y en buena hora.

El padre de Farah es un abogado talentoso, paciente e intuitivo y de quien mucho se puede aprender. Aconseja así a un escritor que prepare una novela en lugar de articular una autografía y pase entonces por farsante. Salva a una cantante famosa de la pena de muerte acusada de homicidio en agravio del esposo celoso al introducir en el tribunal una duda razonable. Realiza, a partir de un informe psiquiátrico, una impecable defensa de una joven millonaria que es extorsionada por un marido ambicioso.

Farah, a su vez, patrocina sus propias causas. Si el marido abandona o repudia a su cónyuge tres veces, el camino del divorcio legal ya está abierto. La mujer, no siempre hereda. El hermano puede hacer las veces de albacea y administrar el patrimonio familiar. El pago de alimentos debe negociarse primero en el interior de la familia y solo en caso que no pueda arribarse a un acuerdo dirigirse al juez. La violencia doméstica se condena pero es indispensable la declaración (que no es fácil de conseguir) de la mujer.

En materia procesal las audiencias son públicas y se observa la influencia del proceso acusatorio anglosajón. Los abogados y fiscales combaten en igualdad de armas, pero el juez tiene la última palabra, no solo es un árbitro. Todos guardan una buena relación y evitan con profesionalismo los resentimientos que puedan generarse por la disputa de un caso. Vale la pena verla. Me faltan aún como diez capítulos para culminar la serie. Después les cuento o me cuentan como en Las mil y una noches.