Doce constituciones, por Juan Carlos Valdivia Cano

A propósito del libro «Historia de las Constituciones del Perú» de Carlos Ramos Núñez.

En 1982 Michell Foucault se ocupaba de la Ilustración en su conferencia semanal en el Colegio de Francia, a partir del comentario que hizo Kant, a pedido de un diario de la ciudad de Bonn, y a propósito de ese gran acontecimiento europeo y de su tremenda consecuencia histórica, la Revolución Francesa. Kant fue el primer europeo que hizo historia en sentido moderno, interpretando la Ilustración y la Gran Revolución: es decir, interpretando su propio presente: la historia como conciencia del presente.

Y con ello una nueva imagen de la historia en la mente de ese sujeto llamado Kant, una forma distinta de pensarla y hacerla, y esto último en dos sentidos: el sujeto como intérprete, como historiador, y el sujeto como protagonista, como productor de su propia historia, es decir, del proceso de sus actos, como decía Gramsci. En suma, la Ilustración como emancipación de toda autoridad mental imaginable: “la edad de la razón”, decía Kant, cuando Europa alcanzaba esa edad en el siglo XVIII.

La historia y, en consecuencia, la historia del derecho, no es solo un recuento de hechos del pasado, pura descripción objetiva y científica, como quiere el arcaico positivismo, sino reconstrucción de la memoria, conciencia del presente a través de la interpretación de los hechos olvidados, que se acumulan y expresan en el presente: la recuperación del tiempo perdido, olvidado u oculto. Lo que supone la vinculación integral de esos hechos, su lógica, su razón de ser, su sentido. Este se expresa en el presente como creación, es decir, el resultado histórico y psicológico del pasado reorganizado, reconstruido a través de la expresión lingüística y de la memoria del intérprete. Memoria es consciencia decía Bergson.

Eso es lo más interesante e importante en el libro “La letra de la ley”, Historia de las constituciones del Perú, de Carlos Ramos Núñez: es decir, la interpretación de todas y cada una de nuestras constituciones peruanas en forma sencilla, amena y de democrática cortesía con el lector. Por ello, aún sometiéndose rigurosamente a los hechos, no se limita, sin embargo, a la mera descripción, sino que, como en la filosofía y en el derecho, disciplinas hermenéuticas, también participan el sentido y el valor. Como señala Cesar Delgado Guembes, citado por el autor: “El compendio de documentos constitucionales requiere una reflexión sobre el interés y el sentido que tiene la Constitución de un país y, en singular, de mi país y del país y, de quienes afirmamos nuestra raíz común y mestiza en la historia y en el territorio peruano”.

Al contrastar la indisoluble unidad de cada una de nuestras constituciones con su contexto histórico, social, político, psicológico, etc., aunque sea para contradecirlas, o negarlas, se hace transparente nuestra historia y nuestra identidad peruana, más típica o específica, y nuestra profunda necesidad de conocernos y reconocernos como peruanos.

Se dirá que las Constituciones peruanas no representan ni de lejos la realidad peruana tal como es; ésta puede llegar a ser más bien su antítesis, su negación. Pero felizmente en este muy ameno libro, La letra de la ley, no se transcriben o describen las Constituciones al pie de la letra, una por una, sino que se interpretan y se aclaran, comparan y contrastan. Y eso sí tiene que ver con la dura realidad, pero también con la dura letra, la letra de la ley. Las vincula la interpretación y el derecho en contexto a través del intérprete, del historiador: creador de sentido y no solo mero reflejo de unos supuestos hechos.

Así por ejemplo, cuando Toribio Pacheco, también citado por el autor, enjuicia la Constitución de 1939,vemos claramente lo poco que ha cambiado el Perú y lo mucho que enseña la interpretación constitucional en las primicias de Pacheco: “Nacida en medio de las conmociones intestinas que habían desgarrado la patria; formadas por hombres sin ideas ni principios, en su mayor parte; dirigida por un soldado, a quien un triunfo había sometido a todos los hombres y todas las cosas, cuya ciencia administrativa se reducía tan solo a la intriga y a los sórdidos manejos  y que, colocado de nuevo por la fortuna en el primer puesto de la nación, deseaba dotarla de instituciones que redundasen en provecho exclusivo de sí mismo y de sus allegados, ¿qué podía resultar sino un parto monstruoso en que se sacrificaban la justicia y  los intereses de la generalidad, para que sirviesen de pedestal a la dominación de una oligarquía exclusivista, despótica y privilegiada?”

Generalmente nos informamos de los conflictos por el poder, de la inestabilidad y la anarquía del siglo XIX peruano, a través de datos y descripciones de hechos puros y duros, sin que se hable de valores y de sentido, estos últimos desechados peyorativamente como subjetivos. Uno de los méritos de este libro es su modo de expresión y su capacidad de condensación, a partir del papel de los valores (y antivalores) jurídicos y del sentido de cada Constitución, el haberlo dicho en el número de páginas más adecuado, ni una más ni una menos, justo para leer la historia de una o dos Constituciones en un viaje de combi. Un libro que se puede leer como un agradable bocado.

Si seguimos a Octavio Paz y creemos que el drama de países como el Perú o México, que él llamaba “Hijos de la Contrarreforma”, es el de contar con Constituciones y leyes modernas, es decir, democráticas y republicanas, representativas, etc., en el contexto de sociedades viejas, con ideas, valores,  creencias, prejuicios y supersticiones  tradicionales, incompatibles con los valores de su propia Constitución, entonces podemos aquilatar la importancia de la historia de nuestro derecho constitucional en el desarrollo de la conciencia y de la democracia peruanas.

Una idea que se expresa en este libro, La Letra de la Ley, a través de una cita en La letra y la ley, de Marco Antonio Jamanca: «Aun ahora perdura el mito fundacional: el sueño inacabado. Las grandes reformas a implantar en su momento no se realizaron. Subsistieron los males atávicos del régimen colonial y no se produjeron los saltos necesarios para cambiar el estado de las cosas. Por el contrario, dicho proceso condujo a una “ficción democrática” que alentó el nacimiento de una cultura de arbitrariedad e impidió la genuina formación de ciudadanías».