Diez grandes escritores que estuvieron en prisión

El profesor Carlos Ramos Núñez en La pluma y la ley. Abogados y jueces en la narrativa peruana, repasa los vínculos existentes entre la literatura y el derecho. Citando a François Ost nos señala que el jurisconsulto belga clasifica las relaciones entre el derecho y la literatura así: a) La ley en la literatura, b) El derecho como literatura, c) El derecho en la literatura.

El profesor peruano considera que la relación La ley en la literatura en el civil law no puede considerar la legislación y la jurisprudencia que versa ora sobre las obras ora sobre los autores de la literatura porque, a diferencia del common law, en nuestro sistema jurídico romano germánico la ley y su interpretación son categorías jerárquicamente distintas y, por lo tanto, producen consecuencias distintas, para los efectos de un proceso judicial.

Lea también: 7 grandes escritores que estudiaron derecho

¿Quienes van a la cárcel? ¿Qué huellas ha dejado el encierro en los hombres? ¿Cómo describen la mazmorra los hombres que pasaron por ella? ¿Cuántas obras cumbres de la humanidad fueron escritas en la cárcel? Son algunas de las cuestiones que asaltan nuestro espíritu, al asomarnos a la arquitectura del cautiverio. Así, no imaginamos cuántas obras de literatura epistolar ha producido el encierro, cuya recopilación queda pendiente. Una tarea para los investigadores de las letras y del pensamiento universal. Ahora revisemos la lista.

A continuación, exploramos en una lista breve, ese vínculo existente entre el derecho y la literatura. Poniendo el acento en aquellos escritores que les ha tocado vivir por lo menos un día en su vida en la cárcel. Varios de estos ejemplos los hemos tomado de La pluma y la ley aunque en dicho texto el autor considera a aquellos escritores que afrontaron procesos judiciales sin, necesariamente, ser condenados.


1. Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1616)

En las mazmorras de Argel, fue prisionero el Manco del Lepanto durante cinco años –fueron cuatro sus intentos frustrados de fuga–, los que le valieron el padecimiento de la tortura. Fue Fray Juan Gil, quien pagó quinientos escudos de oro para rescatarlo. La recomendación que le hicieran Juan de Austria y el Duque de Sessa, paradójicamente, fueron la causa de su desgracia. Sus captores lo creyeron un «hombre importante», un hombre adinerado.

Lea también: El derecho del trabajo según Sancho Panza

Años después en 1597, es recluido nuevamente, esta vez en la Cárcel Real de Sevilla, acusado de, supuestamente, quedarse con el dinero de los impuestos que recaudaba, cuando en realidad el banco donde depositó aquel dinero había quebrado. Cuánto de la literatura española y universal le debemos al encierro. En su celda, como lo suscribe el propio Cervantes en sus páginas, «engendró» al Quijote. Una obra en la que concurren el drama, la lírica y la narrativa.

Lea también: Don Quijote constitucionalista, adalid de la libertad

2. Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814)

Pariente del Rey de Francia por línea materna, miembro durante trece años del ejército francés. Primero Conde, luego Marqués y, finalmente, ciudadano Sade. Este escritor fue encerrado por veintisiete años, entre «asilos para locos» y la prisión. La literatura de Sade revelaba las prácticas sexuales de la Francia de la época y describía la más decadente y atroz condición humana.

«Un escritor de raza es aquel que escribe porque todo lo demás es secundario en su vida, incluido lo más sagrado y lo más amado. Aquel que de no hacerlo estaría muerto, en la cárcel o, con algo de suerte, en un repelente hospital siquiátrico», afirma el maestro Juan Carlos Valdivia Cano. En la vida de El Marqués de Sade, la escritura y el sexo se cuentan entre sus pasiones más hondas, cual vasos comunicantes.

Le prohibieron escribir, le quitaron el carbón que no usaba para calentarse sino para apuntar en las paredes, incluso se cortó las venas y usó su sangre y sus sábanas para escribir sus historias. ¡Compuso obras en papel higiénico!, verbigracia 120 días de Sodoma, la única que se pudo rescatar en ese formato. Ese fue Sade. Un escritor controversial, con obras vendidas y agotadas en la clandestinidad, imposible dejarlo fuera de esta lista.

3. Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881)

Un ruso con una obra universal: Crimen y Castigo (obra que fue analizada en una nota en este portal), Noches blancas, Pobres gentes, Humillados y ofendidos, El jugador, El idiota, Memorias del Subsuelo y Recuerdo de la Casa de los Muertos o Los presidios de Siberia; este último libro producto de su experiencia en el encierro. Acusado de conspirar contra el zar Nicolás I, fue arrestado y recluido por pertenecer al grupo intelectual liberal Círculo Petrashevski.

En palabras de Arturo Fontaine: «El hecho que hay que tener presente en la vida de Dostoyevski, es que fue condenado a muerte por su participación en una organización clandestina de tipo revolucionario o subversivo. Le dan unas camisas blancas, unos calcetines de lana grueso y les leen la sentencia -que es de muerte- a él y a todo el grupo que está en esa situación.

En ese momento un sacerdote les da una pequeña cruz de plata para que la besen. Todos besaron la cruz, incluso los más ateos, él se colgó de la cruz, como si la cruz fuera, en su último momento, una esperanza de vida (según dijo dijo Dostoyevski, estaba poseído por una especie de terror místico).

El capitán está a punto de dar la orden con el sable y en ese momento entra el edecán quien lee una sentencia de perdón del Zar.La sentencia se ha transmutado por prisión y trabajos forzados en Siberia. Ahí Dostoyevski tiene una experiencia verdaderamente inédita: le toca convivir día y noche con delincuentes y criminales que vienen de las peores capas de la sociedad rusa. Es una experiencia que, obviamente, lo marcará para siempre. Ninguno de los intelectuales o escritores de su época ha pasado por algo que se le parezca como experiencia humana. Y ahí descubre, poco a poco, que este bajo pueblo en el que ha tenido tanta fe, es muy miserable, muy abusador, tiene todos los vicios que él siempre pensó que venían del mundo occidental, del mundo cultivado.

Pero también descubre que hay en los criminales, incluso en los peores, un fondo de culpa, un fondo de dignidad, un fondo de moral y que hay esperanzas de regeneración en conexión con la religión cristiana ortodoxa».

4. Óscar Wilde (1854-1900)

Old Bailey, el más emblemático juzgado londinense, fue el privilegiado testigo de tres procesos realizados contra uno de los personajes más célebres de todos los tiempos: Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, o simplemente Oscar Wilde, de profesión poeta, escritor y dramaturgo, casado con Constance Loyd, dos hijos, nacionalidad irlandesa. Los vaivenes de los juicios concitaron la atención del público inglés por ser de extrema curiosidad jurídica. El asombro que produce el desarrollo de estos procesos sigue vigente, inclusive más de un siglo después.

«La maldad, como mala hierba crece en la tierra carcelaria; y lo que hay de bueno en el hombre allí se marchita, se acaba; la angustia vigila las puertas, y es guardián la desesperanza». Estos son uno de los versos de la obra: La balada de la cárcel de Reading, la última que en vida hiciera el poeta irlandés. ¿Cómo una mente prodigiosa muere en la indigencia?

Lea también: Remembranza de literatura jurídica: «El proceso de Putumayo y sus secretos inauditos» de Carlos A. Valcárcel

En la cúspide de su obra, Wilde, tras una serie de procesos, fue declarado culpable de indecencia grave (homosexualidad) y condenado al encierro por dos años y trabajos forzados. Desde su celda escribió el De Profundis, un libro de carácter epistolar y testimonial de sus años en aislamiento.

Pueden leer más sobre los procesos que enfrentó el poeta haciendo click aquí.

Lea también: César Vallejo presidiario

5.- Henry David Thoreau (1817-1862)Hizo su casa aislada del mundo en medio del bosque y con sus propias manos, se negó a pagar los cinco dólares para obtener el diploma de Harvard, dictó clases de gramática en Massachusetts, fue amigo predilecto del egregio Ralph Waldo Emerson.

En 1846 Thoreau se negó a pagar impuestos (ya debía seis años). No quería financiar la campaña bélica de un Estado enfrentado a México y garante de la esclavitud. Le cayó el peso de la ley esa misma noche: fue encarcelado. Al día siguiente lo dejaron salir (una tía buena, de esas que nunca faltan, pagó los impuestos por él). Fruto de ese encierro nace Desobediencia civil, una obra cimera en la estrategia de la resistencia como mecanismo de acción política, que inspiró a hombres de talante humano elevado como: León Tolstói, Mahatma Gandhi, Robert Frost, Martin Luther King Jr., John F. Kennedy, Marcel Proust, Ernest Hemingway, Henry Stephens Salt, entre otros.

6. José María Arguedas (1911-1969)

Arguedas ha quedado en la memoria del Perú como un indigenista y excelente representante de las letras nacionales. Literato, antropólogo, etnólogo, traductor. Arguedas representa a ese conjunto de intelectuales y personajes de nuestra historia que estuvieron en la cárcel por su oposición a las dictaduras militares. Específicamente, Arguedas resistió a la dictadura de Benavides. Dicen nuestros abuelos que en aquella época los hombres dignos y del pueblo estaban en la cárcel. De su estadía en El Sexto, crea una obra con el mismo nombre.

Nos parecen pertinentes las consideraciones que hacen Laiza Sabrina de la Torres Cepeda y Martha Elia Arizmendi Domínguez, sobre la obra: «En el Sexto se describen tres pisos: en el primero habitan los vagos, la escoria del lugar, aquellos seres errantes, locos, así como los que se dedican a la prostitución; son los que han perdido toda esperanza. Viven dentro de esta inmundicia el pianista, el japonés, el Clavel, quienes son maltratados por los ladrones y estafadores que habitan en el segundo piso, los dueños y amos de la cárcel: el Puñalada, el Rosita y Maraví. Por último, en el tercer piso se encuentran los presos políticos que se dividen en apristas y comunistas; hay también unos apolíticos, como Pacasmayo, quien llegó a la cárcel por circunstancias ajenas a la política, o el soñador e idealista, quien es la voz de esta novela, Gabriel».

7. Paul Verlaine (1844-1896)

Hasta los mejores amigos nos peleamos. A mí un amigo me rompió la camisa y le perdí la confianza. Pero a Rimbaud, Paul Verlaine le disparó e hirió la muñeca. Sin embargo, Arthur lo perdonó. Tal vez convencido por la contrición de su amigo y compañero sentimental, retiró la denuncia. Pero el juez Théodore t’Serstevens no le perdonó y lo mandó dos años a prisión. En el dos mil cuatro, se subastó Carcelariamente (obra fruto de su encierro en Bélgica) y costó trescientos mil euros. Dos años después subastaron el revólver que hirió a Rimbaud a cuatrocientos treinta y cinco mil quinientos euros. Lamentablemente la fama de la obra de Verlaine era inversamente proporcional a sus condiciones económicas. Mientras su fama aumentaba él se quedaba sin dinero.

8. José Santos Chocano

Imagen: Revista Buensalvaje

Chocano pasó en prisión un tiempo y no cumplió su condena. ¿Cuál fue su crimen? Mató a un poeta llamado Edwin Elmore. Previamente habían sostenido un enfrentamiento literario en la prensa escrita. Fue condenado a tres años de prisión, pero sus influencias en el parlamento hicieron efecto y archivaron el proceso, cuyo expediente se hallaban pendiente de revisión por la Corte Suprema. Ahora mismo, en los colegios de nuestras escuelas, los niños recitan «Blasón», «Los caballos de los conquistadores» y «¡Quién sabe!…», entre otros poemas de su autoría.

Libro alusivo al proceso del vate.

9. Tomás Moro

Tomás Moro, compareciendo en juicio en «A Man for All Seasons» (1966, Fred Zinnemann).

El caso del autor de Utopía, es paradigmático. Fue la posición que ostentaba la que, paradójicamente lo llevó a la cárcel y más tarde lo condenó a muerte. Ostentó los cargos de canciller, juez, parlamentario, subprefecto de la ciudad de londres, caballero, vicecanciller del tesoro. La opinión de Moro era significativa tanto para las autoridades eclesiásticas como para las políticas. No obstante, el Rey Enrique VII, quien fundó su propia iglesia para casarse con su amante, lo acusó de alta traición por no prestar juramento en contra del Papa; atentando contra la libertad religiosa del humanista. Este resistió y por amor a su fe fue decapitado.

10. Miguel Hernández

El poeta de la Guerra Civil Española, estuvo en el frente y combatió el franquismo con las armas y la pluma. Fue capturado el 29 de abril de 1939, en mayo lo trasladaron a la cárcel de Huelva, lo encerraron después en: Sevilla, Madrid, Orihuela, Madrid, Palencia, Ocaña, Albacete y finalmente Alicante. Su enfermedad respiratoria devino en tuberculosis, que le causó la muerte. Como excelso testimonio de su arte, nos queda para la posteridad el poema Las cárceles, que reproducimos a continuación.

LAS CÁRCELES

I

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
van por la tenebrosa vía de los juzgados:
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan.

No se ve, que se escucha la pena de metal,
el sollozo del hierro que atropellan y escupen:
el llanto de la espada puesta sobre los jueces
de cemento fangoso.

Allí, bajo la cárcel, la fábrica del llanto,
el telar de la lágrima que no ha de ser estéril,
el casco de los odios y de las esperanzas,
fabrican, tejen, hunden.

Cuando están las perdices más roncas y acopladas,
y el azul amoroso de las fuerzas expansivas,
un hombre hace memoria de la luz, de la tierra,
húmedamente negro.

Se da contra las piedras la libertad, el día,
el paso galopante de un hombre, la cabeza,
la boca con espuma, con decisión de espuma,
la libertad, un hombre.

Un hombre que cosecha y arroja todo el viento
desde su corazón donde crece un plumaje:
un hombre que es el mismo dentro de cada frío,
de cada calabozo.

Un hombre que ha soñado con las aguas del mar,
y destroza sus alas como un rayo amarrado,
y estremece las rejas, y se clava los dientes
en los dientes del trueno.

II

Aquí no se pelea por un buey desmayado,
sino por un caballo que ve pudrir sus crines,
y siente sus galopes debajo de los cascos
pudrirse airadamente.

Limpiad el salivazo que lleva en la mejilla,
y desencadenad el corazón del mundo,
y detened las fauces de las voraces cárceles
donde el sol retrocede.

La libertad se pudre desplumada en la lengua
de quienes son sus siervos más que sus poseedores.
Romped esas cadenas, y las otras que escucho
detrás de esos esclavos.

Esos que sólo buscan abandonar su cárcel,
su rincón, su cadena, no la de los demás.
Y en cuanto lo consiguen, descienden pluma a pluma,
enmohecen, se arrastran.

Son los encadenados por siempre desde siempre.
Ser libre es una cosa que sólo un hombre sabe:
sólo el hombre que advierto dentro de esa mazmorra
como si yo estuviera.

Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma.
Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
no le atarás el alma.

Cadenas, sí: cadenas de sangre necesita.
Hierros venenosos, cálidos, sanguíneos eslabones,
nudos que no rechacen a los nudos siguientes
humanamente atados.

Un hombre aguarda dentro de un pozo sin remedio,
tenso, conmocionado, con la oreja aplicada.
Porque un pueblo ha gritado, ¡libertad!, vuela el cielo.
Y las cárceles vuelan.