Y es que hoy no es un día cualquiera, por José David Burgos Alfaro

Hoy no es un día cualquiera. Hoy tienes un juicio oral. Te sientes preparado para afrontarlo. Cargas tu lapicero, tu norma y algunas anotaciones; y vas a enfrentarte hacia lo impredecible. Tú solo.

Afuera, la gente murmura al verte pasar, y mientras te acercas al campo de batalla el tumulto se hace notar. Quieren golpearte con presión la carga del cual se te ha encomendado.

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Entras a la sala. La prensa empuja, quieren desconcentrarte con el flash de las cámaras quienes gritan justicia y muerte cual si fuesen sinónimos. Pasas por ese callejón de blasfemias de quienes te maldicen sin conocerte y saludan a tu madre cuantas veces pueden. Ves a lo lejos el crucifijo que te pronostica el tipo de juicio que podría haber. Encima del escritorio, una Biblia sin usar; ruegas que al menos el juez haya leído Salmos antes de empezar la audiencia.

Te sientas en el lado derecho. Saludas a tu rival. Detrás de él, toda su maquinaria estatal: policías, investigadores, peritos, asistentes, practicantes; y el que le carga la maleta. A tu lado: nadie. Ni siquiera el público. En ese rincón solitario solo te acompaña el imputado, quien tampoco desearía estar en ese sitio (y no es personal).

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Te pones la cinta como tu único estandarte. Esa que al dejarla bailar en el cuello su medalla genera un brillo opaco por las tantas batallas combatidas de las que ayer ya olvidaste. Sacas tu lapicero, tu norma y apuntes. Tu contrincante, libros originales de las nuevas corrientes extranjeras. Hoy, no es un día cualquiera. Hoy tienes que desatar tu furia.

Haces tuya la causa. Pones énfasis a los desaciertos. Generas molestia a los espectadores. Que si te paga el Estado no deberías joder tanto. Pero eso no te incomoda. No te desconcentra ni recurres a los insultos o al sarcasmo como si no tuvieras los argumentos necesarios para defender. Que si no es la absolución es la búsqueda de una condena justa.

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Al terminar. Recoges tu lapicero, tus normas y te despides de mano con todos. Vuelves a tu casa, lejos de las luces y las cámaras. Te sacas la corbata y viene a ti el abrazo de un pequeño y sientes que todo valió la pena. Y es que hoy no es un día cualquiera. Hoy es el día del defensor público.