Crónica de un procedimiento conciliatorio, por Luis Alfredo Del Corral Cano

El autor es ingeniero mecánico-electricista. Fue gerente general de Electrolima 1994-1997. Conciliador extrajudicial.

Tiempo después de mi experiencia laboral como ingeniero en Electrolima durante 34 años, me motivó el deseo de contribuir a generar la ansiada cultura de paz en nuestro país, aun cuando fuera con un granito de arena. Es por ello que decidí formarme como conciliador extrajudicial para ser un mediador entre las partes en conflicto. Pensé mucho en ello cuando participaba en mi curso de formación de conciliadores.

Es por ello que quisiera compartir un poco de mi experiencia como conciliador, narrándoles uno de los casos en los que las mismas partes (solicitante e invitada) resolvieron el conflicto. Es muy importante la institución de la conciliación para evitar que nuestra sociedad se sature de conflictos, con “pequeñas guerras” que la enfermen. Bastante de esto pude vivir como ejecutivo, donde la situación era distinta.

El caso que les comparto ocurrió algunos años atrás. La normatividad legal obliga a tratar de resolver los conflictos como un requisito de procedibilidad, previo al inicio del proceso judicial en caso de falta de acuerdo. Una institución de preparación pre-universitaria solicitó la conciliación del conflicto de rectificación de áreas y linderos de su inmueble que tenía con su vecino. El interés de la solicitante era regularizar los linderos de propiedad, lo que era necesario para iniciar sus actividades académicas, pero el invitado se negaba a recibirla. Se cursó las invitaciones, citando a las partes a una audiencia en el Centro de Conciliación.

Al escuchar a ambas partes en la primera audiencia pude comprobar la gran desconfianza del vecino con la Institución Educativa. Pude comprobar que el conflicto se debía a que los límites de la propiedad de ambas partes, no estaban bien asentados en los registros públicos. Ese cambio solicitado por la solicitante, suscitaba la desconfianza de la parte invitada. Incluso a la segunda audiencia, el invitado asistió con un abogado asesor, y como no se arribaba a acuerdo alguno, yo les sugerí desplazarnos al lugar de los hechos. Ambas partes lo aceptaron y junto conmigo como Conciliador, wincha en mano, pudimos verificar que los linderos no seguían un patrón sencillo y fácil de trazar y definir, y por ello estaban mal consignados en los títulos de propiedad y en los registros públicos. Es decir, como sucede con frecuencia, la información registral no coincidía con la realidad.

El invitado, a la luz de los títulos de propiedad no reflejaban la realidad, y teniendo en cuenta que esta situación también lo afectaba, ya que podrían surgir posteriormente, problemas administrativos, o legales al intentar vender el inmueble o hipotecarlo, se convenció de que convenía a ambas partes, realizar la modificación de los títulos y asientos registrales y adecuarlos a los reales límites de propiedad, con el debido asesoramiento técnico-administrativo de arquitectos y abogados.

En este caso mi rol como conciliador solo se limitó a ayudarlos, a motivarlos para que generen las soluciones que corresponden y a que se pongan de acuerdo, lo que se hizo en 60 días. Es decir que nada cambió en la construcción de sus inmuebles, pues no se hizo trabajo alguno de modificación física de las paredes, columnas, techos, etc. Todo seguía igual. Y se hizo de manera rápida (60 días), flexible (con el traslado al lugar de los predios con límites confusos), económica (costo bajo, que asumió la solicitante) y con justicia y equidad.

A partir de la visita al lugar del conflicto, la situación cambió y finalmente se procedió a suscribir un acta con acuerdo total. Esa es la importancia de la Conciliación Extrajudicial. Si no existiera una obligatoriedad, en el mejor de los casos, las partes se hubiesen perjudicado en su tiempo y economía y la solicitante no podría haber iniciado oportunamente sus actividades con afectación de sus intereses. Este es un caso que grafica la importancia de la conciliación extrajudicial, como un vehículo que permite resolver los conflictos, con acuerdos que reflejan el deseo de vivir en paz. Para ello es necesario que la educación se vincule a la cooperación, sin afán competitivo y pensando en el destino común.