La construcción cultural de la pareja y la violencia de género

Introducción

La violencia de género es un complejo fenómeno social que exige un abordaje integral por parte del Estado y la sociedad. En los últimos años se han venido dando nuevas reformas legales que incluyen la perspectiva de género actual. Todo ello, ha sido calificado como positivo. Sin embargo, la lucha contra el machismo tiene que ir más allá.

En la primera parte de este artículo, se justificará la necesidad de enfrentar la violencia de género desde una óptica holística, que supere la mera aplicación de una pena al agresor. En la segunda parte, el análisis se centrará en torno al terreno donde se ejerce la violencia machista que es, generalmente, la relación de pareja. Con esto, se pretende sacar a la luz la equivocada concepción cultural del amor de pareja que predomina en nuestra sociedad, la misma que, sin duda, genera graves perjuicios de la igualdad de género.

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La violencia de género más allá de la sanción

La violencia machista históricamente ha sido concebida como normal. En este contexto, las mujeres han venido sufriendo una silenciosa, pero potente discriminación en todos los ámbitos de su vida. Con la llegada de las ideas feministas, se han venido desarrollando diferentes pensamientos tendientes a una igualdad real entre hombre y mujer (Palomo Cermeño, 2016). Los Estados, por su parte, han tenido que reconocer dicha discriminación de tal forma que se han incluido una serie de normas legales con el fin de erradicar la violencia machista. En Latinoamérica, por ejemplo, ha existido una clara tendencia a incluir el feminicidio en los ordenamientos jurídico penales.

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La reacción legislativa que sanciona penalmente la violencia de género puede entenderse como plausible, pues la intención de los órganos estatales ha sido, sin duda, la eliminación de este tipo de violencia. Sin embargo, estas normas se sitúan principalmente en el plano sancionatorio, es decir, actúan luego de la comisión del hecho delictivo y, de esta manera, pasa desapercibida o queda en segundo plano, la prevención que merece este tipo de violencia.

Por lo dicho, a efectos preventivos, al parecer no es suficiente la simple asignación de una pena al agresor de este tipo de violencia y su judicialización, sino, parece más razonable, entender el problema desde una perspectiva integral que comprenda el entorno cultural, la educación, las costumbres y demás características machistas que se encuentran en nuestra sociedad. De hecho, la cultura machista, es sin duda, el caldo de cultivo ideal para que surja ese pensamiento mediante el cual los hombres creen tener potestades sobre las mujeres.

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Bajo esta idea hacemos nuestras las palabras Elena Martínez García quien pone en duda la lucha contra el machismo desde una perspectiva exclusivamente penal al decir que la tesis correcta “… se basa en pensar que ahora entramos en una nueva fase y debemos hacer más complejo –y también costoso– el abordaje del problema social y legal.” (Martínez García, 2017, p. 142). Así, el Estado no solo deberá responder a esta patología social desde un plano penal, sino es oportuno su compromiso para cambiar profundamente el pensamiento de la sociedad. Para ello, desde luego, es necesario un plan complejo que comprenda una serie de recursos económicos y humanos que trasciendan de lo meramente legal a lo social.

Bajo esta noción se pretende comprender el problema real que esconde el machismo. Por tal motivo, es necesario reflexionar respecto a cuáles son los puntos claves que hay que atacar con el fin de desterrar este pensamiento. En definitiva: ¿cuáles son las causas que generan la violencia de género y su naturalización en los diferentes ámbitos sociales? Para responder tal pregunta, es preciso ahondarnos en nuestro contexto cultural y analizar el modelo de relación de pareja que es aceptado en nuestra sociedad.

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El amor y la relación de pareja en nuestro contexto cultural

Si pretendemos analizar la violencia de género no podemos dejar de revisar la concepción del amor y la forma de relación de pareja que se acepta en nuestra sociedad. En realidad, si se reflexiona sobre qué es el amor y como se puede amar a la pareja pueden surgir una serie de ideas de distinta índole que de una u otra forma pueden representar amor. Este sentido, con el fin de explorar nuestro concepto de amor de pareja, les propongo las siguientes preguntas: ¿se puede amar a una persona del mismo sexo?, ¿se debe hacer todo por amor?, ¿los celos son normales en una relación de pareja? ¿ se puede ser feliz sin tener una pareja?, ¿el amor debe durar para siempre? Seguramente las respuestas que se den a estas preguntas son diversas, sin embargo, la gran mayoría va a seguir una línea cultural: la concepción occidental de amor de pareja. En efecto, nuestra cultura nos ha venido adoctrinando –sin que seamos conscientes de ello– a seguir un modelo especifico de amor: el amor romántico.

El amor romántico es un modelo especifico de amor el cual tiene como pilar fundamental la idealización del amor. Este modelo de amor surge históricamente frente a los matrimonios concertados por lo padres de la novia de tal forma que en sus inicios supuso una forma de “emancipación” para la mujer de tal manera que tenía el poder elegir libremente a su pareja, sin embargo, finalmente, se convirtió en la base de un modelo de relación la cual dio lugar a la violencia. Para tener una idea de este modelo de amor es necesario remontarnos a Shakespeare con sus famosos personajes Romeo y Julieta, donde estos dos “enamorados empedernidos” al no poder estar juntos, decidieron suicidarse.

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El lineamiento a seguirse en el modelo de amor romántico es especifico. Así, con el fin de conocer sus principales características citaremos algunas de ellas. Como era de esperarse, en el amor romántico, la pareja está necesariamente conformada por un hombre y una mujer, cuestión que deja sin piso a una de las preguntas antes planteadas. De esta forma, el hombre es relacionado con el rol que le ha sido asignado, que es, lo masculino[1] y la mujer está relacionada con el rol que le ha sido asignada, que es, lo femenino[2]. Sin embargo, es necesario comprender que en realidad la mujer ni el hombre deben ser obligados a cumplir con aquellos parámetros sociales que se les asignan, pues debe primar la libertad y, sobre todo, la equidad.

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Sin embargo, llegar a la igualdad se torna difícil debido a que tanto el hombre como la mujer se encuentran presionados a cumplir con aquellos estereotipos. Así, esta presión es ejercida de forma muchas veces inconsciente por su entorno social e incluso por su familia. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la madre enseña a su hija que su puesto está en la cocina, que debe usar determinadas prendas de vestir y no otras, que debe ser delicada, sumisa y servil ante los hombres, etc. Lo mismo ocurre con el hombre, él es impulsado a buscar su ideal de masculinidad evitando así ser delicado y a la vez potenciando la violencia, la falta de control de sus impulsos, etc.

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Todo esto lleva, sin duda, a que se cree una serie de pilares indestructibles al momento de entender el amor. De ahí que el amor romántico tiene su inicio en este entorno, el cual ha llevado a que se determine un modelo de amor prestablecido que no permite una forma libre de amar sino sigue un modelo especifico que establece la sociedad.

Siguiendo la línea de González García (2011), con algunos matices, se puede determinar una serie de características que hacen del amor romántico un modelo de relación de pareja que promueve la violencia y en especial la violencia machista al considerar a la mujer, como se ha explicado, la parte débil de la relación. A continuación, es preciso revisar algunas de estas particularidades.

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La entrega total es una característica fundamental en el amor romántico. Esta característica responde a otra de las interrogantes que se ha planteado en un inicio. La entrega total se puede traducir en la obligación de la mujer en dejarlo todo por amor, de auto limitar su trascendencia personal de tal forma que se centre única y exclusivamente en su pareja, “su amor”. Esta idea promueve la violencia de género en la actualidad y puede ser percibida fácilmente cuando la mujer, por llevar una “buena relación” con su pareja, decide renunciar al resto de sus intereses.

Los celos es otra característica del amor romántico. Esta actitud frente a la pareja no se entiende como un arrebato de libertad, sino como parte del amor que el uno le tiene al otro. Así, los celos son “amor” y, por tanto, no son malignos, sino benignos, de tal forma que se promueven. Esto sin duda ha llevado a que algunas personas “maten por amor”. En efecto, los feminicidios en Latinoamérica son un problema serio y gran porcentaje de estos se cometen por celos, ese sentimiento de posesión del uno hacia el otro.

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Para el amor romántico, una persona, cuando está sola, está incompleta. Así lo dice otra característica de este modelo de amor que puede traducirse como la complementariedad. Esta es la necesidad que tiene una persona de tener una pareja para ser feliz. La mujer, por tanto, cuando está sola, es vista como una fracasada ante la sociedad, siendo víctima de adjetivos peyorativos que dejan ver su frustración en el amor. Esto puede ocurrir también con los hombres, sin embargo, no tiene el mismo impacto por parte de la sociedad ya que la desigualdad y el trato diferenciado entre hombre y mujer, siempre esta está presente. La complementariedad obliga a las mujeres a “completarse” ya que solas están incompletas, pues “solo estarán felices si tienen una pareja”. El miedo que genera el quedarse sola, vicia el consentimiento de la mujer aguantando maltratos de su pareja con el fin de continuar juntos y así no dar una mala impresión a la sociedad mientras es una víctima silenciosa más del machismo.

El amor eterno también es una característica del amor romántico que está relacionada con la duración de las relaciones de pareja. Así, uno debe elegir a una sola pareja y esta deberá ser para toda la vida. Esto incluso se puede ver reflejado en la frase sacramental “hasta que la muerte los separe” que pronuncia el obispo al momento de celebrar el matrimonio de dos personas de distinto sexo que han prometido amarse para el resto de sus vidas. Esto, desde luego, no permite la separación de las parejas por motivos de violencia, siendo lo ideal, que “por su bien”, continúen juntos.

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Aunque hay una serie de características más que se podrían revisar, con las ya anunciadas se entiende perfectamente el sentido de este modelo de amor que predomina en nuestra sociedad. Aquella estructura mediante la cual se han venido contrayendo la relación de pareja en la sociedad actual, presenta varias falencias que potencian la desigualdad entre las partes y como consecuencia de ello, la generación de violencia.

Conclusión

Con el sin número de cambios legislativos a favor de la lucha contra la violencia de género que ha habido en las últimas décadas, se han generado factores favorables en nuestra sociedad. Sin embargo, al parecer, la lucha desde lo penal y sancionatorio no es la vía óptima para destruir el machismo desde sus raíces. Por ello, es acertado aceptar que las personas, en la medida en la que estamos inmersas en una cultura machista, no podemos amar de una forma verdaderamente libre y equitativa, ya que somos abordados por los estereotipos que se han creado en la sociedad y que, finalmente, nos llevan hacia la desigualdad entre sexos. Esto, sin duda, debe ser modificado profundamente.

Bibliografía

  • González García, M. P. (2011) Amor, género y violencia en la pareja. En R. Castillejo Manzanares. (Dir.), Violencia de género, justicia restaurativa y mediación (46-62). Madrid, España: La ley.
  • Martínez Gracia, E. (2017) La igualdad y la violencia de género: elementos para la reflexión en España y Europa. En J. Hurtado Pozo. (Dir.), Género y derecho penal (141-170). Lima, Perú: Pacifico editores.
  • Palomo Cermeño, E. (2016) Feminismo y proceso de revolucionarios: una mirada histórica. En A. Guamán. (Coord.), Feminismos y procesos constituyentes (25-38). Valencia, España: Tirant lo Blanch.


[1] Lo masculino se refiere a la construcción social que conlleva al hombre a cumplir el rol asignado en la sociedad, así, el hombre no debe llorar, debe ser fuerte, no debe jugar con muñecas, etc.

[2] Lo femenino, en la misma forma, corresponde al rol que la sociedad a asignado a la mujer. A diferencia del hombre, este rol siempre suele estar caracterizado por la debilidad y abnegación.