Falleció don Carlos Fernández Sessarego, notable profesor de Derecho, humanista a rajatabla, autor prolífico, demócrata cabal (fue ministro de Justicia en el primer gobierno de Fernando Belaunde), iusfilósofo radical y artífice del Código Civil de 1984. Una noticia lamentable no solo para la cultura jurídica peruana sino para el país todo.

El maestro en su juventud.

Jurista de calado continental y, si no fuera la manera neocolonial como se organiza el conocimiento y su divulgación, probablemente una figura de talla mundial.

Reconocido tempranamente por su contribución (simultáneamente a Miguel Reale) a la teoría tridimensional del Derecho (valores, normas y conductas), patrocinó también la eficaz recepción de la pujante civilística italiana en esta parte del mundo.

De una modestia en el trato que contrastaba vivamente con su prestigio de profesor y académico, hasta se diría que de modo inversamente proporcional. A diferencia de numerosos individuos cuyo lema parece traducirse en menor conocimiento mayor vanidad, el doctor Fernández Sessarego exhibía conocimiento y gran sencillez. Lo acompañaba una calidez contagiosa, que obraba milagros comunicativos en jóvenes y en no tan jóvenes.

El paso de los años no lo amilanó como a muchos otros. Eso no es reproche, solo constatación. Siguió trabajando seguramente hasta los últimos días de su vida y no quiso quedarse atrás cuando el adelanto tecnológico hacía pasto de sus contemporáneos: ejemplo singular de persistencia y actualidad.

Le guardo enorme gratitud y aún tengo pendiente una deuda intelectual con él. Sin duda, numerosas generaciones de abogados, juristas y estudiantes lamentan hoy su partida física. Su obra queda en pie y se debate con ardor, como deben discutirse los aportes intelectuales, a saber, el daño a la persona comprendido como la afectación al proyecto de vida.

Finalmente, nadie más distante de la intolerancia y el sectarismo académico. En eso fue también un gran maestro.