Borea, ¡exijo una explicación! A propósito de la alocución defensora

Su actuación, en el Congreso, no fue en estricto, una defensa legal, porque en adición a la ausencia del contradictorio (no hubo un acusador respecto de quien duplique, replique, triplique, cuadruplique, etc); el thema decidendum, era el muy subjetivo concepto de capacidad moral, como causal de vacancia.

Los peruanos presenciamos expectantes la defensa presidencial a cargo de Alberto Borea Odría, nieto de presidente y autoconvencido de ser presidenciable, too. En los noventas, desde una trinchera a la que me adscribí, lideró la oposición contra el ahora flamante presidente indultado, tocayo y exadversario suyo. Nunca dejó de criticar el documento (la Constitución Política) de 1993, ni de ejercer el noble oficio abogadil. Una de las últimas apariciones mediáticas fue la perdidosa defensa en la imputación a su cliente de lanzar a un barrista futbolero de un palco.

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Su actuación, en el Congreso, no fue en estricto, una defensa legal, porque en adición a la ausencia del contradictorio (no hubo un acusador respecto de quien duplique, replique, triplique, cuadruplique, etc); el thema decidendum, era el muy subjetivo concepto de capacidad moral, como causal de vacancia. En paréntesis hago constar que así está diseñado el proceso: una acusación, una defensa, y luego el Pleno fungiendo de colegiado, con facultades discrecionales. En este contexto la categoría debido proceso mal utilizada, alegaba a plazo razonable, a acceso a la acusación ex ante, al derecho probatorio, a criterios ad hominem, a fatalismo y demás.

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Qué duda cabe que es, en la oralidad donde resalta la calidad, reflejos y proactividad de los actores, y se decanta mejor el desarrollo del proceso; el orador, en este caso, tuvo todo ello, y no en poco; empero corrió solo, sin resistencia o contrapunteo, permitiéndose a su discreción el uso de citas, parafraseos, remembranzas, lenguaje corporal, y animus jocandi; lo cual es legítimo y hasta permitido cuando juegas alone, o estas bajo la licencia de los alegatos finales.

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Tito Borea, vuelve a ser un rock star, en parte porque la alocución más próxima de la contraparte no estuvo a la altura, lo cual es cierto –no por la discusión legal que estuvo ausente–, sino por la expectativa, tiempo y eje temático (se recordará que los tiempos en el Pleno estuvieron asignados acorde con la representación partidaria, que no son abogados o que siéndolos no ejercen), además porque el actor procesal que fungía de juez (entiéndase, el Congreso), era tal vez más gaseoso que el propio concepto a discutir.

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La oralidad, entre otras cosas pretende persuadir, a los que tienen capacidad de decisión, en este caso al pleno congresal, quienes bajo la lógica del debido proceso, debían llegar virginales, impolutos y sin contaminación alguna, supuesto que evidentemente no aplica ante un congreso cuya ratio, es saber ex ante, el juego de los quórums: pesos y contrapesos. De aquí las siguientes preguntas legítimas: ¿persuadió la defensa?, ¿y si la defensa técnica hubiera estado menos brillante, hubiera persuadido menos?, ¿y si no hubiera sido brillante?, ¿y si se hubiera prescindido de esta?

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Show time: prescindiendo del resultado, los millenials ganaron un ídolo bajo el costo de no internalizar un puñado de categorías legales; y definitivamente un refrescante vaso de agua, para la old school, que rememoró al orador, al estentóreo Demóstenes, al lector (o recordador de citas), que definitivamente en épocas de micro-discursos y micro-relatos, los discursos de antaño resultan saludables.