Un abogado limeño, exoperador de la corrupción, cuenta las miserias de nuestro sistema de justicia «El cerebro corrupto»

En tiempos en que la (auto) ficción está al servicio de la cobardía, Eduardo Herrera nos ofrece un testimonio franco como exoperador de la corrupción de cuello blanco. Es la historia confesional de un abogado limeño que «no defiende culpables o inocentes, sino clientes»; quien navega entre los intersticios que tejen fiscales y policías integrantes de un sistema de justicia paralelo, donde la coima está institucionalizada y aceptada. Pero también es la historia de un converso, que aprendió a detectar el miedo humano y disfrutó la corrupción como un vicio. Yo lo sentaría al lado de comisionados de alto nivel si realmente quisiéramos reformar el Poder Judicial. Luego de leer El cerebro corrupto, usted no sabrá si contratar al mejor abogado o al más hijo de puta.

Estas son las contundentes palabras del politólogo Carlos Meléndez que habitan la contratapa del libro El cerebro corrupto. La ley detrás de la ley (Mitin, 2019), presentado hace pocas semanas en la edición 24 de la Feria Internacional del Libro de Lima.

Eduardo Herrera Velarde (hijo de un policía y una profesora), abogado por la Universidad San Martín de Porres, luego de dejar el litigio penal ejercido casi veinte años, cuenta en su libro todas las miserias de nuestro sistema judicial en el que le tocó ser un eficaz operador de la corrupción.

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El libro es desgarrador. Indigna, pero también enseña. El autor no se vale de eufemismos para confesar sus fechorías del pasado. La crudeza de sus palabras resuenan desde el primer capítulo en el que comienza a desvestirse bajo el título «Mis generales de ley»:

No soy más un corruptor, pero antes fui el mejor. Tuve todo el dinero que un chico de barrio clasemediero jamás hubiese podido imaginar y, durante un largo tiempo, en medio de excesos y a un ritmo cada vez más frenético, me dediqué a despilfarrarlo sin éxito. Simplemente no pude. El dinero siempre estaba ahí. Y aumentaba. A cada momento, aumentaba, casi sin que tuviese que hacer nada.

En ese punto toda mi vida se descontroló. Era un tipo de treinta años que lo tuvo todo y que estaba por encima de la ley. Es más, yo era la ley. Tenía trabajando para mí a policías de todos los rangos y dependencias, a jueces y fiscales de todas las salas y de todas las regiones judiciales, a operarios de justicia con trajes de dos mil dólares y lujosos Mercedes Benz estacionados en calles de San Isidro y a secretarios judiciales de mocasines gastados que habitaban oscuros solares en el Centro de Lima. No importaba, todo sumaba. Y todas esas especies constituían el inacabable y aún más diverso ecosistema de la corrupción en el Perú.

El autor, en ese mismo capítulo, advierte que solo habla de él. No da nombres ni hace señalamientos específicos. Eso sí, los personajes que aparecen en su historia existieron y existen. Y lo peor: continúan operando con la «más completa tranquilidad».