Víctor Modesto Villavicencio, un criminólogo injustamente olvidado

El profesor Villavicencio se erigiría también en uno de los más acertados peritos forenses de su tiempo

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«El doctor Villavicencio es reconocido como una autoridad en derecho penal, y de manera particular, en temas de reforma penitenciaria. En esta disciplina, convendría poner de relieve, la contribución cimera de Villavicencio. Puede decirse, sin apenas exagerar, que los aportes del criminólogo jaujino señalan un antes y un después en el desarrollo de la moderna ciencia penitenciaria en el Perú. Así lo han hecho saber discípulos suyos, de la talla de Luis Roy Freyre.»

Jurisconsulto, criminólogo, abogado penalista y escritor de fuste, Víctor Modesto Villavicencio es una de las grandes figuras del derecho peruano del siglo XX. La concepción moderna, humanista, de los regímenes penitenciarios y su traducción en la praxis fue uno de los cometidos centrales de su obra. Si bien se forma bajo los estrictos moldes del positivismo finisecular, Villavicencio se despoja del arnés de las tablas estadísticas y las mediciones, para incorporar el dato social. Su labor como criminólogo y legista se ubicará, entonces, más cerca de las enseñanzas de Lacassaigne y Ferri que de las tesis de Lombroso y sus seguidores.

Nace Víctor Modesto Villavicencio en Jauja el 6 de junio de 1900, en el hogar constituido por Víctor Lucio Villavicencio de la Portilla y Hermecinda del Valle Vivanco. Por la rama materna, entroncaba con una familia terrateniente de la región, mientras que su progenitor, Víctor Lucio Villavicencio (1878-1954), es recordado como el autor de un importante estudio histórico-sociológico: La vida sexual del indígena peruano (Lima, 1942). Culminada su formación escolar en el Colegio San José de Jauja en 1918, Villavicencio se traslada a Lima, donde no tarda en adherirse a las corrientes anarcosindicalistas y ácratas entonces en boga. Escribe semblanzas elogiosas de Trotsky y Lenin; manifiesta también un creciente interés por el mutualismo, la educación popular y las posturas progresistas. En los mismos años, se vincula al entorno de José Carlos Mariátegui y colabora en Amauta.

El fervor intelectual de Villavicencio lo lleva a familiarizarse muy pronto con las doctrinas sociológicas y criminológicas de las primeras décadas del siglo XX y, en particular, con las enseñanzas de Enrico Ferri. El profesor Villavicencio se gradúa de bachiller en Jurisprudencia por la Universidad de San Marcos en 1926, con una tesis que define su futura inclinación jurídica: La reforma penitenciaria en el Perú. El trabajo es elegido para su publicación en la Revista Universitaria de San Marcos (Año XXI, Nº 1, enero-marzo de 1927, pp. 32-124), y aparece igualmente como libro autónomo, con prólogo de Hermilio Valdizán (Lima: Imprenta A. J. Rivas Berrio, 1927).

Asiste a cursos adicionales de criminalística, medicina legal y psiquiatría y, en 1928, lo vemos al frente de dos instituciones creadas durante el régimen de Leguía: la Escuela Penitenciaria de Vigilantes y la Escuela de Reclusos de la Penitenciaría Central. Sin duda, la amistad con Valdizán —simpatizante del régimen de Leguía— facilitó ese nombramiento. Es un tiempo de vivo interés hacia la criminología de cuño neopositivista, que aleaba la precisión del dato con la reflexión sociológica. Sintonizando con esas corrientes, Villavicencio se gradúa de abogado con la tesis Endocrinología y derecho penal en 1929, y obtiene el doctorado en San Marcos en 1930 con un disertación de encabezado simple y elocuente: Algunos aspectos de nuestra sociología criminal.

Al parecer, el profesor Villavicencio no profesaba verdadera simpatía por el régimen leguiista, como lo demuestra su acercamiento al círculo de Amauta y su filiación política posterior. En los años que rodean al colapso del Oncenio en 1930, Villavicencio publica varios ensayos: La nueva educación (Lima, 1927) y Enrico Ferri (Lima, 1929). En 1928, promueve la creación de la notable Revista de Ciencias Políticas y Sociales. Pero quizás el mejor aporte de Villavicencio en esa época es su invalorable estudio sobre la prostitución en el Perú, publicado por entregas en 1928 en la Revista de Ciencias Políticas y Sociales y en la Gaceta Jurídica.

En 1933 salen a luz su Defensas criminales y otros ensayos. Para entonces, y durante toda la década de 1930, el penalista jaujino se adhiere al entonces proscrito Partido Aprista Peruano y asume la defensa de numerosas causas de índole política, que le merecen la enemistad del gobierno de Benavides. No obstante, hacia 1945, Villavicencio se ha desligado de toda filiación política y se concentra en el ejercicio profesional, la docencia y el cultivo de las letras a través del ensayo, la poesía y la narrativa.

Fruto mayor de esos años de sosiego político y de sereno ejercicio de la profesión es la novela Vidas frustradas (Lima: Editorial Gonzales Prada – Impresos Caslón, 1946). Puede decirse, sin exagerar, que Vidas frustradas es una de las grandes novelas peruanas de la primera mitad del siglo XX. La pluma de Villavicencio es sobria, pródiga en recursos narrativos, enemiga de cargar las tintas. Así, su relato de lo sórdido se ofrece venturosamente limpio y exento de patetismo. Al elevarse por encima de la literatura comprometida o testimonial, Vidas frustradas y su admirable capítulo final, ambientado en la colonia penitenciaria de El Frontón,  relumbran por la información histórica (nutrida en la experiencia profesional del autor) y como artefacto literario autónomo. En cierto modo, la novela de Villavicencio parece anunciar la narrativa urbana surgida en estos pagos en la década de 1950.

En el último tramo de su vida, el doctor Villavicencio es reconocido como una autoridad en derecho penal, y de manera particular, en temas de reforma penitenciaria. En esta disciplina, convendría poner de relieve la contribución cimera de Villavicencio. Puede decirse, sin apenas exagerar, que los aportes del criminólogo jaujino señalan un antes y un después en el desarrollo de la moderna ciencia penitenciaria en el Perú. Así lo han hecho saber discípulos suyos de la talla de Luis Roy Freyre.

Víctor Modesto Villavicencio se erigiría también en uno de los más acertados peritos forenses de su tiempo. Cuando le era posible, asumió la defensa de sonadas causas penales. En 1965, como coronación de su obra escrita, Villavicencio publica su importante Derecho procesal penal, de conformidad con el código de procedimientos penales del Perú (Lima: Impr. H. C. Rozas, 1965). En contra de lo que puede anunciar su título, el libro excede sobradamente las limitaciones de un manual, tales son el acopio de casuística que exhibe y las felicidades del estilo narrativo de que hace gala.

Víctor Modesto Villavicencio falleció en Lima el 28 de abril de 1968.

Fuentes:

Peláez, Manuel J. (coordinador). Diccionario crítico de juristas españoles, portugueses y latinoamericanos. (Hispánicos, brasileños, quebequenses y restantes francófonos). Málaga, 2008. Tomo III, Vol. II, Tomo 2º [VE-Z y Apéndice Fi, A-Z].

Roy Freyre, Luis E. “Mi palabra en memoria de Víctor Modesto Villavicencio”. Eunomia. Revista Jurídico Social. Nº 2, enero de 2010, pp. 13-15; Tauro del Pino, Alberto. Enciclopedia ilustrada del Perú. 3ª edición. 17 tomos. Lima: Peisa, 2001, tomo 17, p. 2759.

Vargas Erausquin, Marcia. Bio-bibliografía del doctor Víctor Modesto Villavicencio. Lima: s. e., 1972.

Vargas Erausquin, Marcia. “Víctor Modesto Villavicencio” (Anuario Bibliográfico Peruano 1967-1969. Lima: Biblioteca Nacional – Instituto Nacional de Cultura, 1975, pp. 1155-1172).


Un fragmento de Vidas frustradas*

A continuación, invitamos a nuestros lectores una muestra de la vena narrativa del doctor Villavicencio. Se trata de un fragmento de su Vidas frustradas, novela que merecería, con creces, una pronta reedición.

Frente a la Punta, hay dos islas áridas que en tiempos prehistóricos debieron estar unidas. Las divide el Boquerón, una especie de canal, sembrado de rocas. Allí el mar está siempre bravo. Se rompe en espuma, formando remolinos y aguas agitadas.

El Frontón era un islote abandonado. La vida se hacía sensible en su peñolería con los lobos marinos y las aves guaneras. Probablemente, por su alejamiento de la costa, alguien pensó que podía ser destinado a Colonia Penal. De esta suerte, el Peñón fue visitado por hombres: vagos, ladrones, homicidas comunes, estupradores. Su régimen penal siempre fue rígido. Los reos no conocían otro tratamiento que el palo, “las carreras de baqueta”, la barra, los baños nocturnos. Sin embargo, los delincuentes comunes se olvidaban un poco del sistema drástico labrando adoquines, confeccionando calzado o dedicándose a la construcción de muebles. Su destino era duro, siempre lo fue; pero la disciplina implacable, el régimen inhumano, más dependía del empirismo de los empleados, de su ignorancia para actuar un sistema científico y humano. Era una conducta que no destilaba odio. Distinto fue el Frontón, cuando se convirtió en prisión política. Se le organizó para torturar física y moralmente a los presos políticos. Desde ese momento los reos comunes bendijeron su suerte, porque siendo peligrosos y perversos muchos de ellos, habituales e incorregibles algunos, comprendieron que no podían compararse con los presos políticos. El delincuente común tenía la garantía de la ley; el preso político estaba al margen de ella. El uno sabía cuando se le cumplía su condena; el otro ignoraba la fecha en que debía abandonar la prisión. Al uno se le despreciaba; al otro se le odiaba.

*Víctor Modesto Villavicencio. Vidas frustradas. Lima: Imprenta Caslón. 1946. Capítulo VI: “El Frontón”, p. 285.