© Roger Vilca
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Me queda clarísimo, sin ser el juez Charles Evans Hughes, que la Constitución es el documento más importante que tienen los ciudadanos para discutir sus derechos, sobre todo porque, hogaño, es el instrumento que más usa la institución más importante y poderosa de nuestro país, el Tribunal Constitucional.

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Pero he aquí mi punto de quiebre, la Carta constitucional, por más sagrada que se la pretenda, no es importante porque asegure nuestros derechos (ya quisiéramos que eso fuera posible), sino justamente por lo contrario, porque los pone en riesgo, en tanto su aplicación está sujeta, inevitablemente, a la interpretación de un juez que, como cualquier ciudadano, se conduce cargando sus bultos ideológicos (que no pocas veces chocan contra los nuestros), y más cuando ese mismo juez menosprecia a la ley tachándola de “incorrecta”, “injusta”: “inconstitucional”.

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Pero, aclaro, no estoy diciendo que de por sí sea políticamente malo que alguien interprete los enunciados del texto constitucional, actividad inexorable cuando se trabaja con palabras, con frases, con textos. Lo que quiero decir es que conviene a un sistema democrático que los ciudadanos reduzcan, hasta donde sea posible y necesario, los márgenes de discrecionalidad que tienen los jueces a la hora de “desentrañar” el sentido de la Carta constitucional.

Y esto último, por razones de tiempo y espacio, como se ha dicho, no puede hacerlo la propia Constitución, sino la ley. Así, este trabajo es un llamado a recuperar la dignidad de la legislación, no subordinándola a la soberanía irracional de la Constitución, sino, revitalizándola con su fortalecimiento, superando, para ello, todos los baches que históricamente se le ha achacado.

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La Constitución es un instrumento del poder político, un instrumento que, tal como están las cosas, puede ser usado en uno u otro sentido, y esto debido a que por lo menos en cuanto importa, en su parte dogmática, no están bien delimitados los alcances de nuestras libertades. La Constitución es un utensilio que puede ser usado incluso en su contra, si usted no para mientes en la elasticidad de sus enunciados. Insisto, la Constitución es un instrumento peligroso cuando la ley no delimita sus alcances, o cuando una vez delimitadas por la ley, no se respeta esos límites, aduciendo su “inconstitucionalidad”.

No hay mucho espacio para desarrollar este tema, pero volveremos.

© Roger Vilca