© Carlos Ramos Núñez
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«El traje es la armadura del caballero contemporáneo» es la bella y eficaz frase del personaje, Harry Hart, que encarna el gran actor británico, Colin Firth (recordado sobre todo por su papel central en «El discurso del rey»), en la película «Kingsman, el servicio secreto», emitida cuando el experimentado agente se dirige a un confundido aprendiz.

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Más allá de la virtud de la comedia que cuenta con excelentes actores como Samuel L. Jackson, que interpreta al genio villano, Valentine, y a Michel Caine, en el desperdiciado papel de Arthur, la expresión del elegante espía, es absolutamente cierta. El terno, como lo llamamos en el Perú, constituye, en especial, para los abogados y también para otras profesiones y oficios afines, una verdadera coraza de combate.

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El primer atuendo del que debe hacerse desde el más holgado al más modesto estudiante de Derecho, es justamente el traje. Esta vestimenta, lo acompañará (no sé si necesariamente el mismo), desde su época temprana de alumno de facultad hasta su jubilación o, quizá, hasta su muerte. En efecto, desde hace tiempo se dejó el hábito religioso como indumentaria mortuoria para reemplazarla por el terno. Un abogado difícilmente escogería un atuendo distinto que acompañe su cuerpo (tal vez incluso el espíritu) en el más allá.

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El terno, que al comienzo oprime al usuario novato como una camisa de fuerza, en breve se convierte parte habitual y hasta inherente de todo letrado (bueno, siempre habrá excepciones). Es casi tan perfecto como el que llevaba Mr. Smith (el inolvidable malvado de la trilogía The Matrix). No se arruga en el ardor de la batalla. Pero no solo el abogado defensor emplea el traje, sino también los jueces, fiscales, procuradores, secretarios y, claro está, practicantes, algunos a su pesar.

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Quizás el clima y solo por excepción podrá dispensar de su empleo, pero bajo el calor más apremiante, el hombre del foro y de la judicatura, con estoicismo, sino con placer masoquista, a 40 grados o más, soportará, con resignación cristiana, el traje que lleva, a veces ni siquiera estival, por el contrario, tela gruesa y tono oscuro.

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Las damas, ahora en número abundante en el mundo jurídico, por su parte, disponen ya un equivalente: el sastre. No puedo dejar de olvidar una curiosa escena del filme Erin Brockovich: una joven abogada, sin duda fuera de lugar, entrevistando en una pequeña granja suburbana a una familia afectada por un daño tóxico. Algo que había hecho la guapa y diligente Erin (Julia Roberts). Por eso, me quedo perplejo, ahora que leo, «El gaucho insufrible» (el título parece una indirecta), el libro de cuentos de Roberto Bolaño, al describir la repentina mudanza de acicalado abogado bonaerense, Héctor Pereda, que abandona el traje que lo acompañaba siempre. Se marcha de la ciudad y se convierte en un rústico gaucho de campo. Quién sabe si un acto de auténtica (y envidiable) liberación.

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