Aunque la antigua democracia de los atenienses era muy diferente de la nuestra, suele admitirse que ellos fueron los inventores de esta forma de gobierno. La democracia acabó implantándose en Atenas gracias a las sucesivas reformas de políticos como Solón, Clístenes, Efialtes o Pericles.

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El primero de ellos, Solón, introdujo como legislador algunas reformas importantes en la Constitución ateniense, promulgando unas leyes que sustituyeron a las severas leyes de Dracón imperantes hasta entonces (las cuales sólo continuaron vigentes para juzgar los delitos de sangre).

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Además, Solón abolió la esclavitud por razón de deudas, una costumbre que se había extendido en Atenas para castigar a aquellos ciudadanos arruinados e incapaces de pagar sus débitos) y creó un nuevo órgano de gobierno, el Consejo de los Cuatrocientos, tratando con ello de buscar un término medio entre las exigencias de los más ricos y las reivindicaciones de los más pobres, con vistas a impedir los peligros que, según él, podían amenazar la convivencia, a saber: el conflicto civil, la falta de autoridad y la ambición desmesurada de la aristocracia. De esta manera, puso las bases de la democracia ateniense, si bien sus reformas se caracterizaron siempre por la moderación.

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Cuenta la leyenda que Anacarsis, un príncipe escita que viajó por Grecia y adquirió cierta fama de sabio (y cuya figura fue idealizada después y reivindicada por los filósofos cínicos), visitó a Solón en Atenas y, al enterarse de que éste estaba preparando un código de leyes para el gobierno de la ciudad, le dijo:

—¿Es que no sabes, Solón, que las leyes son como las telas de araña, que apresan a los bichos pequeños, pero dejan escapar a los grandes?

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Tomado del estupendo libro Política para bufones de Pedro González Cavero, cuya lectura recomendamos con entusiasmo. No tiene pierde. Esta historia se titula “Las leyes y las telas de araña”.