El poder de servir. Lo que el litigante sufre y padece en las audiencias

El juez, antes de serlo, tiene que haber litigado en el Perú. Tiene que sentir la indiferencia de los juzgados, la ignorancia de algunos funcionarios, gozar de su soberbia y sumergirse en el laberinto de sus decisiones judiciales que luego llaman jurisprudencia.

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En realidad la juez no era dura. Era indolente. Malcriada. Rebajaba por los suelos su cargo de juez. Me quiso multar en la audiencia porque decía que, como defensa, no podía hablar ni consultar con mi propio patrocinado aunque jamás me dijo la norma aplicable. Gritaba. Amenazaba con el dedo.

La anécdota que cuenta el maestro Mario Pablo Rodríguez Hurtado en Legis.pe —quien en alguna ocasión ha tenido la gentileza de comentar mi post—, sobre lo que le pasó aquella vez a su colega Juan Marcone, me hizo recordar lo que el litigante sufre y padece en las audiencias.

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Antes de ser juez, estuve litigando por el Perú. En aquella ocasión, el cliente me llevó a un Juzgado de Paz Letrado en San Juan de Lurigancho, en la ciudad de Lima. La juez era relativamente joven, le calculaba unos 38 años. Tenía el cabello pintado de amarillo, un vestido ceñido como para ir de fiesta y un escote que le llegaba al ombligo.

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Los pasillos de los juzgados siempre son testigos de que si las partes quisieran ser menos conflictivas en los litigios estos no tendrían sentido de ser. Allí se conversa sin latinajos, títulos o reverencias. La gente es más sincera. Sabe si va a perder o ganar pero prefiere dejarle ese trabajo al juez.

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La defensa de la demandante, era un abogado de edad avanzada, podría calcularle sus 60 años. Delgado y buena gente. Se presentó ante mí y conversamos sólo lo necesario. Es típico que el abogado que no es de la ciudad pregunte sobre la calidad del juez, como si con él se fuera a enfrentar. En el caso del juez, este también se percata en la primera impresión si el abogado es inexperto en el litigio o no es de la zona pero eso será motivo de otro post.

En mi caso, no preguntaba quién era el juez, pero el abogado, como buen experto, me adelantó en señalarme que conocía a la juez y su trabajo, porque siempre litigaba en su despacho y era una mujer «dura». Si buscaba con ello ganar el caso psicológicamente antes de iniciar la audiencia lo estaba logrando, pero no dejé que se enterara de ello.

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En realidad la juez no era dura. Era indolente. Malcriada. Rebajaba por los suelos su cargo de juez. Me quiso multar en la audiencia porque decía que, como defensa, no podía hablar ni consultar con mi propio patrocinado aunque jamás me dijo la norma aplicable. Gritaba. Amenazaba con el dedo; y cuando sustenté la réplica a la demanda interpuesta empezó a burlarse y a reírse a la mitad de mi intervención, moviendo su silla giratoria de un lado a otro temiendo que su voluptuosa talla 42-B se escape sin control.

La defensa pedía 60% de los haberes de mi cliente. Yo alegaba sólo 20%. La juez me lo concedió. Pero no fue porque ella lo decidiera. Le consultó descaradamente a su asistente de juez en ese momento para saber qué resolver y él dispuso que me diera la razón.

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El juez, antes de serlo, tiene que haber litigado en el Perú. Tiene que sentir la indiferencia de los juzgados, la ignorancia de algunos funcionarios, gozar de su soberbia y sumergirse en el laberinto de sus decisiones judiciales que luego llaman jurisprudencia.

Tienen que sufrir la calle para que traten al litigante de otra manera y darse cuenta que tienen el poder de cambiar el sistema, el poder de cambiar nuestra justicia. Que no solamente tienen el poder de decidir, sino tienen el poder, principalmente, de servir. Para eso son jueces.

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