«Necesito un abogado. Cómo escoger a un buen abogado y qué puede hacer por ti», de Jordi Nieva Fenoll

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La prestigiosa editorial Atelier (2017) acaba de publicar el primer libro de divulgación del reconocido profesor de la Universidad de Barcelona, Jordi Nieva Fenoll, Necesito un abogado. Cómo escoger a un buen abogado y qué puede hacer por ti.

Comprometidos con la divulgación que merece este trabajo, compartimos con ustedes el prefacio que abre las puertas de este libro, y en el que se desarrolla temas como: ¿para qué un abogado?, ¿qué valorar de un abogado?, especialidades, la confianza, ¿cuánto cuesta un abogado? Apenas compremos el libro haremos una reseña para todos ustedes.


PREFACIO

Desde hace demasiado tiempo, la abogacía no es un oficio prestigioso en nuestras sociedades. Desconozco en qué momento el abogado pasó de ser visto por todos como un auténtico asistente personal de un ciudadano que le debía de inspirar muchísima confianza, a convertirse en un profesional en el que demasiadas personas sólo ven ansias de complicar los asuntos y ganar dinero.

El abogado empezó siendo un consejero privilegiado de una persona que tenía dificultades legales. Su misión no sólo consistía en acompañar al ciudadano con problemas, sino también en defender con pasión y rigor su postura frente a otro ciudadano con el que tenía un conflicto. Para ello se requería, sobre todo, elocuencia, es decir, saber hablar bien en público con una capacidad de persuasión importante. Los griegos lo denominaron «retórica», aunque también advirtieron —Platón especialmente— de los peligros de que por debajo de la palabrería se estuviera defendiendo una posición injusta.

Además, los conocimientos de los abogados no debían de ser fáciles de adquirir. Las leyes han sido muy complejas desde hace muchísimo tiempo, y por mucho que Hammurabi tratara de reducirlas a un código —¡de 282 leyes!—, o los romanos del siglo V a.C. a doce tablas de bronce —que debían de tener también una considerable extensión—, no eran sencillas por varias razones. La primera de ellas es que nuestra propia sociedad y conducta también son muy complejas, y muy variados son los diversos conflictos que nos aquejan. Conseguir recopilarlos todos y darles una solución en una sola ley sería un milagro, por lo que bastante hacemos, actualmente, con tener códigos en algunos sectores que nos dan una base al menos.

Por otra parte, cada vez que se legisla, todo lo que se dice en las leyes es interpretable y adaptable, por lo que se multiplican los conflictos en torno a dichas leyes, sobre todo cuando se aplican a cada caso concreto. Hastiados, algunos juristas a lo largo de la historia han intentado confiar todo, no a las leyes, sino al «buen criterio» del juez. Pero entonces el resultado es todavía peor, puesto que se dispersan increíblemente las soluciones a los problemas, haciendo que la suerte de cada uno dependa de lo que diga, eventualmente, cada juez de manera individual. Si una ventaja tienen las leyes es que consiguen que las soluciones a los problemas sean más o menos previsibles. Si no existieran, la conflictividad sería aún mayor. Exactamente lo mismo ocurriría, y ocurre, cuando se legisla menos y se confía más en el parecer de un Tribunal Supremo —como en EEUU—, que con sus sentencias va elaborando lo que llamamos «jurisprudencia», es decir, una serie de sentencias generalizantes que ofrecen criterios para resolver una multitud de casos concretos. Pero entonces la conflictividad interpretativa se sitúa en torno a esa jurisprudencia, y con mayor acritud, puesto que las sentencias no suelen ser tan claras y directas como las leyes.

Sin embargo, todo lo anterior es inevitable si deseamos seguir viviendo en esta sociedad compleja en la que intercambiamos tantos conocimientos de todo tipo. La alternativa sería vivir en pequeñísimas comunidades prácticamente incomunicadas en las que los conflictos fueran menores al ser menos sus integrantes. Pero igualmente surgen esas controversias que necesitan solución, volviendo a ser preciso el Derecho, que se hace más detallado y complejo cuanto más tiempo dura esa comunidad, generándose con el tiempo, aunque a más lento ritmo, los mismos problemas ya indicados.

Tarde o temprano se precisan personas que se especialicen en conocimientos jurídicos, que ayuden a los que, por su complejidad, no los tienen. Es lo mismo que ocurre con cualquier otro oficio, sea éste el de médico, el de carpintero o el de pescador o agricultor. Todos pueden aspirar a ser uno de esos profesionales, pero lo razonable es especializarse en una sola labor para conocerla bien y prestar un buen Jordi Nieva Fenoll 14 servicio, salvo que uno tenga una mente privilegiada y una capacidad de trabajo admirable, pudiendo desempeñar varios oficios, con excelencia, a la vez. Pero ello no suele ocurrir.

De todos los profesionales jurídicos que existen, en este pequeño libro hablaré solamente de aquel que, tarde o temprano, entra en contacto con cualquier ciudadano a lo largo de su vida. Intentaré explicar qué hace un abogado y por qué, pese a todo, no existe otro remedio razonable que acudir a su consejo. La situación actual de la abogacía puede y debe mejorar, pero es conveniente saber que, sin abogados, en la sociedad regiría la ley de la selva. En cierta medida, como veremos en las próximas líneas, su tan desconocido papel es tanto o más importante que el de los jueces, aunque el de estos últimos sea también, en última instancia, esencial.

Quienes quieran adquirir el libro click aquí.

Jordi Nieva Fenoll

Es Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Barcelona, docente en diversas Universidades extranjeras (Münster, Würzburg, Lyon, Central de Venezuela, Católica del Táchira, Notarial Argentina, Pontificia de Valparaíso, Antofagasta y Libre de Colombia). Es autor de 13 libros y más de 80 artículos científicos, conferenciante en más de 80 congresos internacionales. Es también miembro de la International Association of Procedural Law (2011), Instituto Iberoamericano de Derecho Procesal (2006), Wissenschaftliche Vereinigung für Internationales Verfahrensrecht (2005). Con Michele Taruffo es fundador de la Colección ‘Proceso y Derecho’ de la Marcial Pons, codirigida con Eduardo Oteiza y Daniel Mitidiero.

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Plataforma virtual que promueve el debate y la discusión de temas político-jurídicos. Director: George Bustamante.