«El misterioso asesinato del baúl». Los hechos y las primeras pesquisas (primera parte)

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El 20 de diciembre de 1890 se dictaba en París sentencia firme contra Gabrielle Bompard y Michel Eyraud por el crimen del ujier de justicia Toussaint-Augustine Gouffé. A la derecha del grabado, una imagen idealizada de los inculpados, tal cual se publicó en un semanario popular de la época. El caso, comparativamente sencillo, adquiriría universal resonancia entre académicos y legos, hasta devenir en la causa célebre más famosa del siglo XIX. Señaló también el punto culminante en el desarrollo de la criminología finisecular de corte positivista.
Martín Baigorria Castillo

Con ser banal —y aun vulgar— el crimen parisino de Gabrielle Bompard y Michel Eyraud fue el más famoso del torrentoso siglo XIX francés. Puede decirse que su resonancia fue universal y duradera, como lo fueron también las dimensiones geográficas de la investigación del crimen, que englobaron dos continentes, una isla caribeña y el mar Atlántico de por medio. No es poco, si se consideran los refinados precedentes de un Lacenaire (1836) o de un Couty de Lapommerais (1864), la serenidad rústica de Hélène Jegado, analfabeta administradora de venenos (1852); o, con posterioridad, la enigmática insania de un Vacher (1898), tranquilo y metódico violador, asesino en serie y verdugo de sus patrones y de sus pequeños hijos. Nada diremos de los magnicidas ni de la desorientada efervescencia patriótica de los campesinos caníbales de Hautefaye (1870). Nunca se vio tal contraste entre la pobre sencillez del ilícito y la enorme magnitud del drama judicial que un par de ambiciosos desencadenaron en París en el verano de 1889.

1. «Hacer hablar al cadáver»

¿Cómo explicar que las mentes más encumbradas del fin de siècle positivista se inclinasen ante unos hechos que poco —si algo— tenían de interesantes? Tracemos, a vuelapluma, tales hechos y conozcamos a sus tristes protagonistas. El 26 de julio de 1889, en Lyon, un lugareño avisa a las autoridades sobre la presencia de restos humanos descompuestos y abandonados en un saco en los alrededores del pueblecillo de Millery, a 15 kilómetros de la ciudad. A los pocos días, en otro paraje lionés, Saint-Genis-Laval, se encontró un sinfín de trozos de madera, cartón, papel y tela, correspondientes —se presumía— a un baúl de carga corriente. Había manchas de sangre en esos fragmentos dispersos sin orden ni concierto.

Sin conexión con estos hallazgos, el mismo día 26 de julio, en París, se daba por desaparecido a Toussaint-Augustin Gouffé, ujier de los tribunales de justicia, encargado de la custodia de los caudales y con bufete en el número 148 de la elegante Rue de Montmartre. Era Gouffé un respetable viudo de 48 años, cuidadoso de sus hijas, pero famoso por su afición a las mujeres —llamémoslas así— de vida disipada. Sin duda, Gouffé se había distraído era otra de sus muchas incursiones en el amor venal y su ausencia pasó inadvertida.

Nadie vinculó la carroña, irreconocible y conservada en formaldehído en la Facultad de Medicina de Lyon, y menos aún los fragmentos del baúl, cuidadosamente fotografiados y depositados en los almacenes policiales, con la desaparición del ujier. Nadie, es verdad, excepto Alexandre Lacassaigne, el ilustre maestro de medicina legal de la Facultad (domicilio transitorio de la carroña hallada en Millery), autor de manuales de higiene y de medicina forense, estudioso de los tatuajes, de la antropometría y de las cárceles, y principal antagonista de Cesare Lombroso. El positivismo sociológico del francés colisionaba con el determinismo biológico del italiano. Pero fue quizá el acercamiento de Lombroso hacia el espiritismo y la hipnosis lo que más irritaba al metódico catedrático de Lyon.

* * *

A sus 48 años, el profesor Lacassaigne está cansado. Después de tres meses sin asomo de la identidad de los restos, el 13 de noviembre de 1889 acaba de conducir una segunda y definitiva necropsia. La faena demoró ocho días. Lacassaigne y sus asistentes han agotado el interrogatorio del cuerpo y, por fin, «han hecho hablar al cadáver», según una socorrida pero exacta metáfora. Lo que no revelaron tejidos, tendones ni huesos se halló en la confrontación de unos pocos cabellos y en el examen de una herida antigua. François-Marie Goron, el jefe de la policía de París y su adjunto, el inspector Jaume, presenciaron la exhaustiva diligencia y aportaron datos sobre la estatura, edad y complexión del desaparecido.

Simultáneamente, los policías de Lyon procedieron a la tarea, extravagante para la época, de dedicar largas horas a la reconstrucción minuciosa del baúl destrozado. Los esfuerzos rindieron fruto: el recipiente era, en efecto, de los que se usaban para el tráfico común de los pasajeros de ferrocarril. Casi intacta y casi legible, la etiqueta de embarque denunciaba la ruta férrea París-Lyon-Marsella y el 27 de julio de 188… (1889) como día del despacho. Gouffé, recordemos, fue visto por última vez el 26 de julio de 1889, en compañía de un hombre de unos cincuenta años y de una joven menuda y veinteañera. El cerco se estrechaba.

Efectuadas las inferencias, consultadas las tablas de estatura y peso, vistas las anomalías físicas, cotejados en fin los cabellos recuperados del cadáver con los de un peine traído desde París por Goron, revisado y vuelto a revisar el amasijo hediondo, el profesor Lacassaigne pudo por fin exclamar: «Señores, ¡os anuncio que la sucesión del maître Gouffé se ha abierto!».

Aquel 13 de noviembre de 1889, un grupo de positivistas rigurosos inauguraban la moderna policía científica, tal cual la conocemos hoy en día.

2. Un crimen de poca monta

Identificados que fueron los restos humanos de Lyon como la reliquia del ujier Gouffé y el baúl como su curioso continente, no fue difícil hallar a los autores del hecho. Se trataba de Michel Eyraud, 48 años, casado, aventurero sin escrúpulos, antiguo desertor del ejército francés en México, experto en fraudes comerciales, negociante de mal género y mujeriego a todas horas. Su cómplice y amante, Gabrielle Bompard, era una ambiciosa mujer de 21 años, hija de un industrial del Norte y educada en convictorios regentados por monjas en Bélgica, de los cuales fue sistemáticamente expulsada por mala conducta.

Eyraud y Bompard iniciaron su relación amorosa y delictiva en 1888. Desde entonces participaron en la busca, no siempre exitosa, de dinero fácil a través de estafas y pequeños latrocinios de dinero y títulos-valores. La de ellos era, como comenta el agente Goron, una de «esas uniones inmundas, que no son, en realidad, más que el aparejamiento de los peores instintos de la naturaleza humana». La carrera de estos malhechores de bajo vuelo los llevará en cierta ocasión a escapar a Londres.

Fue al regreso, ambos sin un céntimo, cuando la Bompard, simplemente, se hace falsa amante del ujier Gouffé. Ha coqueteado con él, sabe que hay 14.000 francos en su bufete y una cantidad indeterminada de valores, ha persuadido al pusilánime Eyraud de acometer «un buen golpe». El viernes 26 de julio de 1889 Toussaint-Augustin Gouffé y Gabrielle Bompard tienen un encuentro amoroso en el apartamento de la Rue de Montmartre. Tal como fue planeado, Michel Eyraud había ingresado al bufete. Llegado el momento y escondido tras unos espesos cortinajes, Eyraud estrangula de muerte al infortunado Gouffé. De inmediato, encierran el cuerpo en un baúl de viaje, a la vista de todos abordan un coche y parten hacia la estación de trenes con destino a Lyon llevando consigo el baúl y su extraño contenido, que consignan como equipaje a nombre de ambos.

¿Por qué dar «el gran golpe» y dejar huellas a todo paso? La relación amorosa entre Eyraud y Bompard era, según sabemos, pública; también lo fue el vínculo falaz con la víctima. A los tres se los vio juntos aquel 26 de julio. Aun se comprobó que el finado ujier había realizado gestiones a favor de los homicidas en alguno de sus muchos líos con la justicia. ¿Por qué emprender el insensato viaje a Lyon con el cuerpo de la víctima literalmente a cuestas?

No hubo respuesta para todas estas interrogantes. Por lo demás, los 14.000 francos en efectivo quedaron intactos y visibles. Tampoco la bóveda de seguridad del ujier mostraba el más leve signo de violencia. ¿Pulsión del mal?

3. «Fearful symmetries»

Los grabados de la época embellecen a Gabrielle Bompard. Las fotografías, más veraces e imparciales, nos muestran a una muchacha de hombros estrechos y rostro desproporcionadamente amplio y luniforme, dominado por dos cejas en arco, nariz bulbosa y boca pequeña. Su estatura era de apenas de un metro y 46 centímetros. En sus memorias, el agente Goron nos describe a la Bompard como «una mujer muy joven, agraciada sin ser bonita»; sus ojos —dice— eran «sombríos y de gran penetración». En cuanto a Eyraud, escribirá Cesare Lombroso en Los criminales que su fisonomía «en nada responde a su renombrada maldad»:

Y no quiere decir esto que le falte ninguna nota de degeneración, no; la oreja larga, 6,1 centímetros, está cortada; protuberancia frontal izquierda muy desarrollada, con una verdadera asimetría; en torno de los ojos pequeñas arrugas anormales; los labios y las mandíbulas bastante desenvueltas, como se observa frecuentemente entre los libertinos. Así todos estos caracteres no se encuentran en Eyraud, ni muy acentuados, ni demasiado numerosos; falta en él ese conjunto que constituye, a mi juicio, el tipo criminal (pp. 59-60).

Según el dictamen de Lombroso, Eyraud era «un ejemplo de criminaloide, ascendido con el tiempo a criminal de hábito o profesional»:

El amor del mal por el mal, verdadero carácter del criminal de nacimiento, y muy particularmente en los crímenes de sangre, no puede ser observado en él durante su infancia y su juventud. Él no fue, hasta esta época, más que un desertor y un ladronzuelo. La información judicial ha consignado que Eyraud era un hombre jovial, risueño, pero al propio tiempo brusco, violento, fácilmente propenso a la cólera, llegando muchas veces sin motivo serio hasta el furor, mujeriego en exceso, y capaz de todo por satisfacer las brutalidades de su pasión. La mujer, siempre la mujer, ¡he aquí la única preocupación del acusado!

[…]

Eyraud se enamoró perdidamente de su cómplice, Gabriela Bompard, justamente porque esta, criatura pervertida hasta la médula, tenía para él esa afinidad electiva, que se observa con tanta frecuencia entre los criminales. Por ella y por causa de ella cometió el crimen; por ella y por causa de ella fue descubierto y preso (p. 60).

Un curioso detalle en la personalidad de Gabrielle sería de enorme importancia durante el proceso: su sensibilidad innata ante la hipnosis.

La siguiente entrega versará sobre la captura de Eyraud y Bompard, el juicio y el epílogo de esta historia.


Fuentes

  • BOGOUSSLAVSKY, Julien y Olivier WALUSINSKI. «Gilles de la Tourette’s criminal women. The many faces of fin de siècle hypnotism». Clinical Neurology and Neurosurgery. Nº 112 (septiembre de 2010), pp. 549-551. DOI: 10.1016/j.clineuro.2010.03.008
  • GRANDPRÉ, Jules de [Jules BEAUJOINT]. La malle sanglante. Assassinat de l’huissier Gouffé. Affaire Eyraud et Gabrielle Bompard. París: A. Fayard, 1890. Versión digitalizada disponible en: <gallica.bnf.fr>.
  • GORON, [François-Marie]. El amor criminal. Por Goron, Ex Jefe de la Policía de París. Traducción de Ricardo García de Vinuesa. Madrid: Imprenta de Ricardo Rojas, 1902.
  • LOMBROSO, César [sic]. Los criminales. Barcelona: Centro Editorial Presa, s. f.
  • LOSSETTI, Óscar Ignacio. «Investigación tanatológica-forense en el siglo XIX. Un ejemplo histórico». Cuadernos de Medicina Forense Argentina. Año 4, Nº1 (2014).
  • ROLE, André. «Un grand Cadurcien, Alexandre Lacassagne (1843-1924)». Histoire des Sciences Médicales. Tomo  XXXII, № 4 (1998), pp. 409-415.
  • Enlace en línea aquí.

«Trinidad María Enríquez. Una abogada en los Andes», que Legis.pe acaba de publicar.