La vocación jurisdiccional de la literatura latinoamericana

José Calvo González es Catedrático de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga (España).

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La Literatura no es inocua; nunca lo es. La literatura nos convoca a lo que está allende los libros. También más allá de los libros de Derecho y los códigos de leyes.[1] En ese más allá se proyecta, a menudo, la línea que, por dilatación contrahistórica, constituye al antihéroe en guardián de los fracasos que aguardan ser triunfo del Derecho. Esto incluye una acepción extratemporal –y deshubicada también en el espacio– de la Literatura; ésta como contigua a la Vida, pero igualmente como alternativa a ella. Allí se instalan imaginaciones jurídicas, otros mundos de ficción desde los que otro Derecho excita la construcción social del porvenir.

Durante un importante período la creación literaria en Latinoamericana desplegó esas alternativas; el grado de exposición fue variable, es cierto. Hubo quien se expuso hasta el punto de poner en grave riesgo su tranquilidad personal y familiar, y aun la propia existencia. Del coste de tales compromisos vitales no faltan ejemplos. Recuerdo, por su actual aniversario, a Rodolfo Walsh (1927-1977), y la memoria atroz de Operación Masacre (1957)[2] o su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar del 24 de marzo de 1977, que acabó por ‘desaparecerle’; ufanos, los militares confiaban en que arrojando un cuerpo a la tiniebla, ésta se tragaba también la anatomía del alma.

Con recordación que no depende de la agenda de efemérides me gustaría evocar otra muestra; es Incidente em Antares (1971),[3] de Erico Verissimo (1905-1975). No es aquí el periodismo jurídico-literario, con calidades narrativas de excepción como en el ejemplo anterior, sino una excepcional novela donde la realidad se hace mágica y –como en el realismo mágico de todo el subcontinente americano– asimismo metafórica en su tópica y crónica. Verissimo acude a ‘muertos-vivientes’, siete forzosos disidentes del ataúd por huelga de enterradores, que regresan de la muerte para reivindicar su derecho a la sepultura. Y son esos sucumbidos de la vida quienes dan lugar al ‘incidente’: convocan en asamblea, en hora del mediodía de la sexta-feria un 13 de diciembre de 1963, a la entera ciudad de Antares para revelar todas las verdades que ellos conocen, para declararla y hacerla pública. Porque la muerte les hace inmunes al desvelamiento de los crímenes, del nepotismo y las arbitrariedades de la autoridad, de las corruptelas y la cleptomanía de políticos, de las inmoralidades de prebostes y los poderosos…, sin ningún temor a posible represalia, sin prevención o cautela a la amenaza o la venganza, enteramente libres, porque ya todos ellos están muertos.

La simbología es verdaderamente terrible; la muerte –el antihéroe de la vida–libera y te hace libre, autónomo, independiente, soberano. Muerte que emancipa, que rompe el sello de entrada a la Verdad. Muertos que hablan a los vivos, que desde el trastiempo de la vida, otorgan sentido a la Justicia al margen de pactos de oportunidad, inclusive de consensos –metodológicos, o simplemente estratégicos– y de eventuales transacciones lingüísticas –eufemismos– con el genuino nombre de las cosas. Un incidente, un episodio fantástico en la realidad establecida –en lo que es como debe ser y como es ha de seguir tal es, por así debe ser– y, no obstante, capaz de implantar la realidad de lo fantástico; esto es, el peligro de que la realidad sea lo que debe ser, pese a que no haya sido, o aún no sea. Por eso, a los de toda la vida, que dondequiera siempre son los mismos, les convendrá que esa insólita contingencia y su imaginario alternativo, que ese incidente –que es, propiamente, el incidente en Antares; o sea, un territorio de ficción en cualquier lugar de la frontera de Brasil con Argentina durante la Dictadura militar entre 1960-1970– no llegue a generar otras incidencias, no vaya más allá, no de un-paso-de-más: el paso más allá. Entonces, los “grandes” de la ciudad, los ciudadanos de pro, el Establishment, los prohombres de la res publica, idean y patrocinan la ‘Operação Borracha’ con el fin de embriagar la conciencia de los antarenses, resueltos a que éstos olviden las historias de los muertos vivientes, manteniéndoles ebrios mediante el eficaz brebaje de la desinformación y la desmemoria. Esa rectificación del irreal extratemporal y espacial en un real histórico corregido y aumentado se llamó Operação Limpeza (Ato Institucional n. 1, abril 1964);[4] es decir, el comienzo de un lúgubre capítulo en la existencia histórica del Brasil, que tantos sepulcros blanqueados sembró por largo período y a lo ancho de su geografía; así, pues, una realidad mucho más macabra que la ‘imaginaria’ historia de muertos-vivientes quienes, al final, regresan al cementerio. Pero, ¿es toda ficción pasado como no-lugar? ¿No es también el futuro un no-lugar?

De La paz de los sepulcros[5] trata la novela homónima de Jorge Volpi (1968-), escrita en 1994 y asumida por el autor como una “suerte de expiación narrativa” de su experiencia de dos años en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y en la Procuraduría General de la Republica.

En ella se narra un México atemporal, constituido formalmente en régimen democrático, pero profundamente atascado en los lodos de la corrupción política y la violencia más cruel ejercida a diario por el crimen organizado –cárteles de la droga– y también la policía y los grupos paraestatales. Sin embargo, su índole policial desborda mi propósito, porque igualmente exigiría ineludibles referencias a las obras de los argentinos Juan José Saer (1937-2005) y Ricardo Piglia (1940-2017), de tan fundamental inscripción en la deriva del realismo mágico al crítico, sin oportunidad aquí y ahora para prodigarme en ello como debiera.[6] Para enderezar la desembocadura de estas páginas sólo al movimiento literario de mediados y último tercio del s. XX asimismo podría recurrir, naturalmente, a Crónica de una muerte anunciada (1981),[7] de Gabriel García Márquez (1927-2014), lo que no obstante también excuso, tratando de evitar alejarme en su trama ‘policiaca’ –traspuesta a temas como la reposición del honor familiar y la omisión, o bien la impotencia, popular– de mi meta principal.

Porque lo que deseo exponer y concluir es algo más determinado que las tremendas y trágicas disyuntivas entre lo privado y lo público, aunque de ellas muy bien cupiera hacer extrapolaciones a un orden jurídico-público nuevo, alternativo al rancio régimen iusprivatista, en lo que la muerte de Santiago Nasar, el héroe caído, supone de inmolación para el nacimiento de otro Derecho.

Es, pues, a esa concreta ascendencia donde apunta el deseo de mi reconstrucción genealógica. Al Derecho con voluntad de Derecho póstumo, pero todavía non nato, incluso no siempre nacido, porque a veces –tantas veces– tampoco llegó a nacer ni aún con posterioridad a la muerte de su progenitor. Pero que fue siempre un otro Derecho en el vientre gestante de la narrativa de Latinoamérica.

Y en ese testimonio de ataúdes vacíos enterrados en tumbas impalpables que fue la novela latinoamericana me parece que ella misma emerge examinada ahora de las raíces de la moral del fracaso que inspira la psicología de sus antihéroes, todos en las antípodas del héroe clásico; hombres distantes y tan distintos del superhéroe, su contraparte. Fue aquélla una inusual narrativa que conoció el desengaño, la facticidad del quebranto, la pérdida y el descalabro, novela de los que nunca ganan, de los que seguro serían derrotados, pero que no sucumbieron al desmayo de la esperanza. Es por eso necesario volver interrogarse ahora, precisamente ahora, acerca esta singular naturaleza de la novela latinoamericana.

A mi entender su identidad presenta un rasgo inconfundiblemente quijotesco que ha de ser interpretado en toda su dimensión. Si evidente que el Quijote es un antihéroe, no siempre lo suficiente que Quijote, a sabiendas de que el bien con mal se paga –porque bien entendido tiene, en efecto, que la buena obra para en mal pago– nunca flaquea y, al contrario, batalla y persiste. Como batalló y persistió la novela latinoamericana en su afán de otro Derecho, otro imaginario jurídico. Quijote prosigue su aventura sin rendirse a la esperanza; resistente a la tentadora apostasía de su empresa, en todo firme e irrenunciable, por más que al encuentro de fuerzas muy superiores –la realidad desafiante– muchas veces cayera vencido, pero ninguna afligido de su oficio, que era ‘desfacer fuerzas’, que son siempre los maltratos e injusticias, y enderezar tuertos y socorrer a oprimidos y miserables. Ese officium, a fuer de jurídico, es también, a espera contenida, jurisdiccional. Quijote es el libro de la jurisdicción a espera contenida del triunfo de otro Derecho, no de aquel tal que es, sí del que debe ser. Entonces, la raigambre quijotesca de la novela latinoamericana no sólo hace que nazca y germine en la moral del fracaso, sino que florezca insumisa al abandono, defensiva del Derecho en espera contenida –que no otra cosa es la esperanza–, esperanzada en ese otro Derecho que pertenece a la Vida –”La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”, escribió Julio Cortázar (1914-1984) en Rayuela (1963)–[8] y custodia del ajustamiento con esa vida potencial por encima de toda dificultad y de su mucha demora, para defender su potencialidad, su posibilidad –lo posible no dentro de lo posible, el posibilismo meto, sino lo posible en bruto, lo posible como del todo posible– de ser o existir en el futuro, sin claudicación. Y fue por esa vía que la novela latinoamericana asumó así –quiero creer– identidad de ultima spes en el triunfo de otro Derecho.

Desde esta clave de interpretación panorámica también se comprende, en mi opinión, el subgénero latinoamericano de la novela del dictador.[9] Con ella –y a partir de Tirano Banderas (1926), del español Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936)– he leído El Señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias (1899-1974), Yo, el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos (1917-2005), la figura del ‘Primer magistrado’ en El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier (1914-1982), El otoño del patriarca (1975) y El General en su laberinto (1989), ambas de García Márquez, Maten al león (1975), de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), o Conversación en la Catedral (1969), de Mario Vargas Llosa (1936-), e igualmente La Fiesta del Chivo (2000), su más reciente novela. Y desde ella pienso que, con visión de conjunto, se alcanzan a entender también, además de las temáticas comprendidas en la tragedia del autoritarismo, otros asuntos no menores como el desplome de los Derechos Humanos y el apogeo del Terrorismo de Estado, o los relacionados con trauma, duelo y memoria, que la novela latinoamericana abordó durante el período histórico de la Dictadura pinochetista,[10] el peronismo[11] y ‘El Proceso’ las Juntas cívico-militares en Argentina,[12] el régimen militar en Brasil,[13] y aún antes con referencia al Ochenio (1950-1956) del General Manuel Odría en Perú, novela latinoamericana ligada aquí a la corriente narrativa del neo-indigenismo.

Este es el caso, emblemático a mi parecer, de Redoble por Rancas (1970),[14] escrita por Manuel Scorza Torres (1928-1983), y su primera novela, crónica narrativa del mundo rural andino, con la que había llegado a finalista del Premio Planeta en la convocatoria del año anterior.

En Redoble por Rancas cuenta Scorza la vida –la esperanza como espera en suspenso– de los habitantes de Rancas (Cerro de Pasco), entre los años 1950 y 1962. Relata existencia pasible, el sufrimiento, de una comunidad de campesinos a quienes, con la protección de las fuerzas vivas locales –el juez de Yanahuanca, un hacendado propietario de ‘El Estribo’, don Migdonio de la Torre, que compartía el mano a mano de sus partidas de póker,[15] y el párroco– y el eficaz apoyo de la Benemérita Guardia civil, una empresa minera norteamericana –Cerro de Pasco Corporation– cerca con alambre de púas las tierras libres, degüella sus ganados y les expulsa de sus casas. Y sí, ciertamente, todo lo perderán cuando al fin sean masacrados (2 de mayo de 1960). Verdad es que ninguno de aquellos ranqueros había actuado desde el principio a la desesperada, pero tampoco, después, cuajados en una espera pasmada. Un día llegó que se buscaron y se encontraron y reconocieron en su identidad, y entre ellos surgieron líderes campesinos, como Héctor Chacón, que no se dejó intimidar por una derrota más que anunciada, a sabiendas del fracaso fijado y seguro, del que luego muchos terminaron presos y el resto muerto, porque la rebelión fue aplastada, sin justicia ni clemencia alguna. Así, el redoble por Rancas, basada en hechos reales, mutó hasta evolucionar en el simbólico redoble por toda América.

No obstante, esta novela –”épica de la iniquidad” la ha llamado el jurista e historiador Ramos Núñez[16] tuvo trastiempo. Scorza lo señalaría de este modo: “Para mí, los libros son un recurso de apelación. Cuando en América Latina se pierden todas las instancias –por ejemplo, cuando en un combate humano un Gobierno masacra a todo un pueblo–, entonces queda la posibilidad de escribir un libro, y el libro reabre el debate. La rebelión de los comuneros de Cerro de Pasco –una de las miles de rebeliones que recorren clandestinamente nuestra historia continental– hubiera desaparecido en el olvido.”[17] Porque, en efecto, Redoble por Rancas, reabrió el debate al punto incluso de que el propio presidente, general Juan Velasco Alvarado, decretó la libertad de Héctor Chacón, el Nictálope (28 de julio 1971), que penaba ya para once años en prisión en una Colonia Penitenciaria amazónica. Y todavía más, en 1975, cuando derrocado Velasco Alvarado por el general Francisco Morales Bermúdez, sucedió algo no menos simbólico; porque hubo nuevo redoble con tamborileo cuya repercusión fue la continuidad de los proyectos de reforma agraria en Perú, anunciada precisamente en Rancas. Estas circunstancias están incorporadas al ‘Epílogo: 1983’.[18] Allí también las del secuestro y ajusticiamiento ese año, por comandos de Sendero Luminoso, de Pepita Montenegro, esposa del temido juez de Primera Instancia Francisco Montenegro, que en lugar aparte del no-lugar de la ficción, se llamaban Francisco Madrid y Alcira Benavides de Madrid.

La Literatura raramente es sincrónica a la Política, pero corre a su encuentro y a menudo la supera. En una entrevista para el programa televisivo A fondo (Televisión Española) realizada por Joaquín Soler Serrano en junio de 1977 a Manuel Scorza, éste precisaba: “Latinoamérica encontró un modelo político propio en la literatura (…) Yo he sostenido siempre un poco polémicamente, y quiero publicar sobre esto un ensayo, que el verdadero territorio liberado de la América Latina, que el primer territorio liberado es su Literatura. La Literatura de América Latina tiene ya una voz propia, tiene modelos que la política no ha dado, por ejemplo, no hay equivalentes políticos de Cien años de soledad, de Paradiso, de Pedro Páramo, de los libros de Sábato ni de los de Borges.”[19]

Más adelante añade: “Si la Literatura americana es tan rica en la imaginación es porque no hemos podido realizarnos en la realidad. Porque tratamos de soñar que es posible lo que ha sido imposible 3:00:-3:12… Y es por esa razón que en algunos instantes en que la política hace posible las cosas la Literatura desaparece un poco. La Literatura es un poco el anuncio de las grandes apocalipsis.”[20]

Scorza se consideraba un poeta y creía que la novela debía ser poética. La poética literaria de Redoble por Rancas, de la narrativa latinoamericana –y lo expresó con lucidez en la rúbrica final de su diálogo de 1977– tiene vocación jurisdiccional:

Scorza: “(…) la novela es una máquina de soñar… Pero en América Latina la novela para nosotros es así como un gran Tribunal, el Tribunal Supremo donde se plantean lo que yo llamaría las causas perdidas… Y en América cuando las causas se pierden uno puede apelar a la Literatura. Y justamente nuestra literatura, la Literatura Hispanoamericana es el gran tribunal de apelación donde se juzga lo que pasa en América Latina. Lo que puede juzgarse en los países se juzga allá ya a través de los libros, se reabre el expediente, no muere (…) Los escritores le damos tanta importancia a nuestra Literatura, porque es ética, tiene un fundamento ético.

Soler: Es la última instancia.

Scorza: Es lo que yo pienso: es la última instancia.”[21]

Los mundos de la ficción literaria son lugares del no-lugar desde donde es éticamente necesario pensar la relación con lo que está fuera de la Literatura, con el Mundo, donde también está la Justicia. La Justicia es de este Mundo. En este sentido, creo que la ficción narrativa latinoamericana ha sido el mirador literario a otro Derecho en el que excitar la construcción jurídico-social del porvenir de sus Hombres y sus Pueblos.

La Literatura no es inocua; nunca lo ha sido. Junto a la escritura literaria está igualmente su lectura. Leer también concierne e impele a una vocación jurisdiccional por la Justicia como ultima spes. Esa ha de ser, a la hora de imaginar otro Derecho –al igual que hicieran los escritores del ‘boom’ de la novela latinoamericana–, nuestra ética de juristas que leen obras literarias. De lo contrario, bastará con los libros de Derecho y los códigos de leyes.


Publicado en: Empório do Direito (Brasil) 01/09/2017. Disponible aquí.

[1] En mi trabajo “Honor, Venganza y Sacrificio en Othello como grandioso tinglado de embelecos y añagazas”, en O julgamento de Otelo, o mouro de Veneza. Direito e Literatura Edição comemorativa Shakespeare 400 anos, Angela dos Prazeres e Liana de Camargo Leão (Orgs.), Trindade. Florianópolis: Emporio do Direito, 2017, pp. 25-45.

[2] Rodolfo Walsh, Operación masacre: un proceso que no ha sido clausurado, Buenos Aires: Ediciones Sigla, 1957, 164 pp. Operación masacre y el Expediente Livraga: con la prueba judicial que conmovió al país, Buenos Aires: Continental Service, 1964 (2ª ed.).

[3] Erico Verissimo, Incidente em Antares, Porto Alegre: Globo, 1971, 485 pp.

[4] Véase Márcia Ivana de Lima e Silva, A génese de ‘Incidente em Antares’, Porto Alegre, EDIPUCRS, 2000, p. 156.

[5] Jorge Volpi, La paz de los sepulcros, México: Seix Barral Grupo Editorial Planeta, 2007, 167 pp. Ultima red. en México, Ciudad de México : Debolsillo / Penguin Random House Grupo Editorial, 2017 y en España, Barcelona: Editorial Alrevés, 2013.

[6] No quiero, sin embargo, dejar sin referir La pregunta de sus ojos (2005),  novela de Eduardo Sacheri (1967-). Véase al respecto el trabajo de Felipe Fucito “La pregunta de sus ojos: una concepción del imaginario jurídico”, Studi ispanici  XXXIX (2014) [Monográfico ‘Derecho y Literatura hispánica’, José Calvo González (coord.)], pp. 265-284.

[7] Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, Bogotá: La Oveja Negra, 1981, 156 pp.

[8] “Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”. Cf. Julio Cortázar, Rayuela, en Obras completas, Saúl Yurkievich (dir.) con la colaboración de Gladis Anchieri, Madrid: Galaxia Gutemberg, v. 3 (Novelas II), 2004, cap. XXVIII, p. 220.

[9] Sobre éste véanse los tempranos análisis de recogidos en Caudillos, caciques et dictateurs dans le roman hispano-americain, Paul Verdevoye (coord.), Paris: Éditions hispaniques, 1978  y el excepcional trabajo de Roberto González Echevarría, The Voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature. Austin, Texas: University of Texas Press, 1988. De éste existe trad. española, del propio A., La voz de los maestros: escritura y autoridad en la literatura latinoamericana moderna, Madrid: Verbum, 2001.

[10] Así, comenzando por la alegoría de la Dictadura de José Donoso (1924-1996) en Casa de campo, Barcelona: Seix Barral, 1978, para proseguir en la prolongada transición y con la postdictadura, como desde la herida estética de Diamela Eltit (1949-) en Lumpérica, Santiago: Ornitorringo, 1983, el realismo social de Alberto Fuguet (1964-) en Mala onda, Barcelona/Santiago: Planeta, 1991, y a través de Roberto Bolaño (1953-2003) en Estrella distante, Barcelona: Anagrama, 1996 o Nocturno de Chile, Barcelona: Anagrama, 2000 y la novela documental de Diego Armario (1945-), El honor de los muertos, Málaga: Última línea, 2016, jamba narrativa entre la dictadura franquista en España y la del general Pinochet en Chile, Véase asimismo el estudio de Mario Lillo Cabezas, Silencio, trauma y esperanza: Novelas chilenas de dictadura, 1977-2010, Santiago, Ediciones UC, 2013.

[11] Así el cuento de Jorge Luis Borges (1899-1986) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999), bajo seudónimo de H. Bustos Domecq, ‘La fiesta del monstruo’ (c. 1947), que circuló en manuscrito hasta ser publicado en Nuevos cuentos de Bustos Domecq, Buenos Aires: Ediciones Librería La Ciudad, 1977, ahora recogido en Jorge Luis Borges. Obras completas en colaboración (con Adolfo Bioy Casares). Buenos Aires: Emecé, 1979, pp. 392-402. Véase también María Eugenia Orce de Roig, “La fiesta del monstruo de ‘Biorges’: un cuento diferente “, Revista de Literaturas Modernas (Mendoza. Argentina), 29 (1999), pp. 233-248.

[12] El llamado ‘Proceso de Reorganización Nacional’ (1976-1983), “el Proceso”: “ese largo cementerio que fue la dictadura militar autodenominada ‘el Proceso’”, cf. Juan José Saer [1999], en Ricardo Piglia, Por un relato futuro. Conversaciones con Juan José Saer, ed. y pról. de Patricia Somoza, Barcelona: Anagrama, 2015, p. 95.

[13] Además de la obra de Verissimo más arriba explorada han de mencionarse las novelas de Ivan Ângelo (1936-), A Festa, São Paulo: Summus Editora, 1976 y Renato Tapajós (1943-), Em câmara lenta, São Paulo: Editora Alpha-Omega, 1979. Desde la postdictadura y en recuperación de la memoria las novelas, aún recientes, de Eduardo Reina (1963-), Depois da Rua Tutoia, Jaú, São Paulo: 11 Editora, 2016, sobre secuestros de bebés, de Ivone C. Benedetti (1947-), Cabo de Guerra, São Paulo: Boitempo, 2016, sobre las formación de los ‘cachorros’ para las operaciones de represión, y, por supuesto, Bernardo Kucinski (1937-) con K: relato em busca y Os visitantes, ambas São Paulo: Companhia das Letras, 2016. Véanse también Tania Pellegrini, Gavetas vazias. Ficção e política nos anos 1970. São Carlos/São Paulo: EDUFSCAR/Mercado de Letras, 1996, y Jaime Ginzburg, “A ditadura militar e a literatura brasileira: tragicidade, sinistro e impasse”, em Desarquivando a Ditadura. Memória e Justiça no Brasil, Cecilia Macdowell Santos et al. (orgs.), São Paulo: Hucitec, 2009, v. 2, pp. 557-568.

[14] Manuel Scorza, Redoble por Rancas, Barcelona: Planeta, 1970, 293 pp.  La obra es primera entrega (‘Balada I. Lo que sucedió diez años antes que el coronel Maruecos fundara el segundo cementerio de Chinche’) de la serie ‘La guerra silenciosa’ que con posteridad integraron Historia de Garabombo (Barcelona: Planeta, 1972), El jinete insomne (Caracas: Monte Ávila editores, 1977), Cantar de Agapito Robles (Caracas: Monte Ávila editores, 1977) y La tumba del relámpago (México: Siglo XXI editores, 1979). Otras eds. de Redoble…, en España (Barcelona: Plaza & Janés, 1983 y Madrid: Cátedra, 2002 y 2006), Argentina (Buenos Aires: Planeta, 1975), Venezuela (Caracas: Monte Ávila editores, 1977), Cuba (La Habana: Arte y Literatura, 1985), Perú (Lima: Peisa, 1996). Recogida asimismo en Manuel Scorza, Obras completas, México: Siglo XXI editores, 2014, v. II.

[15] Émulo destacado del ‘dado judicial’ del rabeliano juez Bridoye (François Rabelais , Pantagruel, Libro Segundo [1521], en Id., Gargantúa y Pantagruel, y otros  escritos, trad. de Eduardo Barriobero Herrán, pról. de Luis Hernández Alonso, Madrid: Aguilar, 1967, Lib. III, cap. XL,  pp. 445-488) del reparto de naipes y qué suertes le llegaban iban parejas las cartas de libertad o condena de los reos. Véase Manuel Scorza, Redoble por Rancas, en Obras completas, cit., v. II, pp. 128-129.

[16] Carlos Ramos Núñez, La pluma y la ley: abogados y jueces en la narrativa peruana, Lima: Universidad de Lima. Fondo Editorial, 2007, pp. 202-208. Ramos Núñez repasa asimismo otras figuras judiciales presenten en obras de Scorza como El jinete insomne y La tumba del relámpago.

[17] Véase Manuel Osorio. “Conversación con Manuel Scorza: Desde sus orígenes, toda la literatura hispanoamericana es mítica”, diario El País (Madrid. España), ed. de 15 de julio de 1979. Cit. en Juan González Soto, “El tiempo del mito en Redoble por Rancas, de Manuel Scorza”, Boletín americanista 46, (1996), pp. 161-182, en esp. p. 162.

[18] Véase Manuel Scorza, Redoble por Rancas, en Obras completas, cit., v. II, pp. 235-236.

[19] Manuel Scorza, entrevista A fondo, 1977 4/5: https://www.youtube.com/watch?v=r_B9oQfTZZ0  (3:39-4:06)

[20] Manuel Scorza, entrevista A fondo, 1977 5/5: https://www.youtube.com/watch?v=iVgZNZa81WE (3:14-3:25)

[21] Manuel Scorza, entrevistado por Joaquin Soler, 1977 2/5: https://www.youtube.com/watch?v=iVgZNZa81WE (8:14- 9:30)