La guillotina y la última vez que se utilizó para ejecutar una pena de muerte

La guillotina no fue inventada por el cirujano Joseph Ignace Guillotin. Su diseñador principal fue el constructor de instrumentos musicales Tobias Schmidt

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Hasta el año 1939 las ejecuciones se llevaban a cabo en público. De ser posible, se efectuaban en el lugar exacto donde se cometió el ilícito. Desde el último tercio del siglo XIX, se normalizó como lugar del suplicio un espacio situado frente a la puerta principal del presidio donde estaba recluido el condenado.

Todos hemos usado —y usamos— la expresión pena capital y comprendemos de inmediato su significado. En efecto, ella equivale a pena de muerte. Pero no todos recordamos la etimología del más drástico de los castigos. Ocurre que la pena es capital cuando entraña una decapitación. Y ello por una derivación léxica del latín caput, que significa, precisamente, ‘cabeza’. Así, la pena capital devino en pena de muerte por antonomasia. Y la guillotina fue su instrumento de elección.

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Hace 40 años, el 10 de setiembre de 1977, la guillotina fue utilizada para su severa finalidad por última vez en Francia y en el mundo. Emblema contradictorio de la Revolución Francesa, esa herramienta de castigo supremo fue ideada como instrumento para una justicia igualitaria, rápida e indolora.

¿Igualitaria? Sí, pues —a juicio de sus creadores— a ella eran conducidos los criminales sin importar su estatus social. Hasta entonces, la decapitación era reservada en el occidente cristiano para reyes y aristócratas, mientras que todos «los demás» debían contentarse con ser ejecutados a través de la horca, el garrote o la hoguera.

¿Rápida? Aquí las virtudes de la guillotina son un poco más opinables. Recordemos que entre el fallo condenatorio y la ejecución mediaba un tiempo indeterminado: como promedio, unos 60 días. En el ínterin, operaban las apelaciones y las demandas de gracia presidencial. El procedimiento penal francés estipulaba que el condenado a muerte debía ignorar la fecha de su ejecución. Si era negada la gracia presidencial, consecutivamente se configuraba el «que se haga justicia». Al día siguiente, o cuando mucho dos, se llevaba a cabo la ceremonia. El condenado, recluido en la celda de la muerte, dormía. Durante su sueño, en la madrugada, la viuda era ensamblada con el mayor sigilo.

Normalmente, la noche anterior, los centinelas gastaban bromas con el desdichado; quizá jugaban una última partida de damas o un juego de naipes. Esa noche era una más para el próximo ejecutado. De hecho, durante las semanas anteriores, pese a los rigores del caso, la comida había sido siempre buena y el trato de los guardianes para con los condenados era insalvablemente amable.

Según una tradición cristalizada concienzudamente en los dispositivos legales franceses, la decapitación se consumaba un minuto antes de despuntar el sol. El condenado estaba vedado de contemplar por última vez la luz de la mañana. Con la anticipación debida, el «cliente» (así se lo describe en los documentos de la época) era despertado por el jefe de la prisión, quien lo noticiaba de la denegatoria del recurso de gracia con una fórmula ritual: «Tu petición ha sido rechazada. ¡Ten valor!». Los tres cuartos de hora siguientes, han de haber sido interminables para el reo. Algunos asistieron al suplicio con serenidad. Otros, sin la misma suerte, agonizaron en el sentido etimológico del término: lucharon, se desesperaron, gritaron. Frédéric Moyse, ejecutado en abril de 1938, y Xavier Carrara, pasado por la guillotina en junio de 1898, dejaron recuerdo indeleble de su desesperación extrema ante lo inevitable.

En fin, ¿ejecución indolora e inmediata? Los inventores de la guillotina, entre ellos un conocido fabricante de instrumentos musicales, idearon un aparato de suplicio que fuese eficiente y, si cabe el oxímoron, humanitario. En este contexto, quien dice ‘humanitario’ dice ‘indoloro e inmediato’. Quizá aquí es donde la supuesta «bondad» de la guillotina se pone en entredicho.

Desde los tiempos de la Revolución, se sospechaba que la decapitación por guillotina fuera realmente indolora para el «paciente». Hecho más grave: ¿la vida se detenía instantáneamente con la caída de la hoja? No es posible saberlo con plena certeza. Cundieron relatos de cabezas vivientes, que pasaron de la tradición popular a la literatura.

Un inolvidable relato de Villiers de l’Isle Adam, inserto en sus Nouveaux Contes cruels de 1888, recrea —de manera espeluznante— la breve vida post mortem de la testa del doctor Couty de Lapomerais, experto en venenos, ajusticiado en 1864. El tema devino en tópico de la literatura de terror, hasta que, en 1905, se divulgaron los resultados de un experimento fisiológico realizado en la cabeza del asesino Languille (experimentos que no describiremos, pero que son accesibles en una simple búsqueda en la red). Por fortuna, estos no fueron más que una impostura abolicionista.

Aunque, todo sea dicho, la moderna neurología parece dar la razón a los detractores de la guillotina

Post scriptum

— La guillotina no fue inventada por el cirujano Joseph Ignace Guillotin. Su diseñador principal fue el constructor de instrumentos musicales Tobias Schmidt, un alemán avecindado en París. Guillotin fue su impulsor epónimo en la Asamblea. Cuéntase que posteriormente los familiares demandaron al Estado para que se modifique el nombre que se dio a la guillotina. En respuesta, se les dijo a los parientes que fuesen ellos quienes se cambiaran de apellido.

— La guillotina fue el principal instrumento de ejecución en Francia y colonias entre 1792 y 1977 inclusive. El fusilamiento se usó casi exclusivamente para delitos militares.

— Hasta el año 1939 las ejecuciones se llevaban a cabo en público. De ser posible, se efectuaban en el lugar exacto donde se cometió el ilícito. Desde el último tercio del siglo XIX, se normalizó como lugar del suplicio un espacio situado frente a la puerta principal del presidio donde estaba recluido el condenado.

— La pena de muerte fue abolida en Francia por ley del 9 de octubre de 1981, promulgada por el presidente François Mitterrand. El gran propulsor de la abolición fue el abogado francés Robert Badinter.