El presidenciable, por Jorge Moreno Matos

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Una prueba de que en este país los bárbaros mandan (mandar no en el sentido de quien toma las decisiones sino del que impone lo que debemos ver en la televisión, leer en los periódicos o escuchar en la radio)  es la última habladuría de la que ya empiezan a ocuparse los programas de la noche y los noticieros de la mañana, a escucharse entre la gente en el transporte público y, como no podía ser de otro modo, a leerse en los comentarios que inundan las redes sociales: el presidenciable del 2021, que es, nada menos, quien hasta hace poco, en una popular radio de Lima, destilaba homofobia, misoginia y racismo en cantidades verdaderamente asombrosas para un país que presume de una cultura e historia milenarias y de todas las sangres.

Es un panorama sin lugar a dudas tan sombrío como desolador este que ahora asoma. Porque que hayamos convertido en un líder de opinión y en la voz representativa de un sector de peruanos que no comulga con las opiniones del otro sector a quien por toda idea aporta insultos y mentiras y recurre a la violencia verbal como toda forma de convencimiento, debería ser el síntoma indubitable de que, como país, ya hemos caído todo lo bajo que podíamos caer. Son este tipo de cosas, el encumbramiento de un patán a lo más alto de nuestra institucionalidad pública por quienes anteponen sus intereses a los del país, lo que abona con tanta eficacia al descrédito de la política y los políticos, a su descomposición moral de un modo que no nos permite abrigar la más tenue esperanza de que esto alguna vez cambié o mejore. Aunque sea un lugar común decirlo, lo cierto es que si de política se trata estamos cada vez peor.

Es un descrédito de magnitudes inabarcables y ramificaciones infinitas y del que deberíamos dejar de responsabilizar exclusivamente a los políticos cuando somos nosotros los primeros de una larga lista de culpables. Porque fuimos nosotros, conociéndolos como los conocemos, quienes los pusimos en los puestos o cargos desde donde cometieron las trapacerías que cometieron, perpetraron los latrocinios descomunales que cada vez nos sorprenden menos y consumaron las fechorías más vergonzosas que siempre quedan impunes. Sincerémonos: la mejor manera que hemos encontrado de evadir nuestra responsabilidad en todo esto es culpando a los políticos de las debilidades y miserias que nosotros siempre supimos padecían y padecen.

Así, con una recurrencia suicida aupamos a los primeros poderes del Estado, el Congreso y la Presidencia de la república, a buenos para nada, a mentirosos contumaces, a expertos en escarbar en el bolsillo ajeno para llenar el propio, y a los campeones en el expolio de los dineros públicos con la misma facilidad con que ahora calificamos de presidenciable a quien, ayer mismo, le recordaba a la autora de sus días a cuanto periodista le salía al paso (para beneplácito de varios medios de comunicación que reprodujeron sin remordimiento alguno sus declaraciones, tan lamentables como virulentas). En ese sentido, Toledo, Humala y García son de la misma madera de la que está hecho el presidenciable de ahora.

¿Hemos aprendido algo de este pasado inmediato? Absolutamente nada. ¿Hay algo que podamos hacer para remediar este estado de cosas? Desde mi experiencia y pesimismo no, porque no escarmentamos en lo más mínimo.

Si de algo estoy convencido es que en este país quien vocifera más alto, quién impone su verdad con mayor éxito y quien amedrenta mejor a sus adversarios, gana. Y si hay alguien ahora que reúna semejantes cualidades es quien precisamente ha hecho de una falacia (“tu opinión importa”, incluso la de un palurdo como él) un principio democrático. Por supuesto, en un tipo de democracia en la que encaja perfectamente él.

Y el resto de nosotros, ¿dónde encajamos?