Compartimos con ustedes un extracto del texto del jurista mexicano Ignacio Burgoa Orihuela, que lleva por título «El jurista y el simulador del Derecho»[1]. Juzgamos que esta lectura no solo es gratificante, sino necesaria, ante todo, para quienes procuramos ser cada vez mejores hombres y mujeres de Derecho.


Consideramos que la cultura del Derecho abarca el ámbito más extenso en el amplio campo de las humanidades. Ninguna otra disciplina del saber tiene mayor latitud. Su estudio es tan dilatado que no exageramos al sostener que no alcanza toda una vida para comprenderla en su integridad. Por ello, el cultor del derecho, es «homo juridicus» como tipo paradigmático envuelve al hombre más sabio, en atención a la vinculación estrecha e indispensable que el Derecho guarda con todas las ramas de las ciencias especializadas que ya se han mencionado.

Sin conocerlas, aunque solo sea a través de sus elementos fundamentales, no podría formarse el verdadero jurista, que debe ser, a la vez, historiador, filósofo y ético, diversificación simultanea que no es necesaria para el estudio de otras disciplinas culturales y, sobre todo, científico-positivas.

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El vulgo cree que el escueto conocimiento de la ley y su aplicación resumen la cultura jurídica. Craso error. Conocer únicamente la normatividad positiva es encerrarse en uno de los aspectos del derecho con preterición de los demás que lo constituyen. Quien solo aprende la legislación y la aplica con más o menos habilidad en el mundo real de los casos concretos, cuando mucho será un legista, nunca un jurista verdadero. Conocer un árbol no implica conocer el bosque, y bosque es, y a veces selva, el derecho donde sus conocedores suelen extraviarse con frecuencia.

Invocando la descripción cualitativa que del abogado, y por extensión del jurista, expone Paillet, recordado por Molierac corroboramos la grandeza de la cultura jurídica: «Dad a un hombre, dice, todas las cualidades del espíritu; dadle todas las del carácter, haced que lo haya visto todo, aprendido todo y recordado todo; que haya trabajado sin descanso durante treinta años de su vida; que a la vez sea literato, crítico y ético; que tenga la experiencia de un anciano y el empuje de un joven, con la infalible memoria de un niño; haced, por fin, que todas las hadas hayan venido sucesivamente a sentarse al lado de su cuna y le hayan dotado de todas las facultades y quizás, con todo ello, lograréis formar un Abogado completo»[2], es decir, un jurista.

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La cultura jurídica, comprende un vasto espacio de la cultura en ge­neral y consiste, evidentemente, en el conocimiento, cada vez más extenso y profundo, del Derecho en todas sus ramas y manifestaciones, en su ejercicio y aplicación y en su perfeccionamiento. Consiguientemente, la cultura jurídica entraña una ciencia y un arte, o sea un saber y un actuar. Por tanto, el jurista, su profesante, es al mismo tiempo un científico y un artista, teniendo, en am­bos terrenos, un amplísimo y variado horizonte donde despliega su dilatada actividad social.

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[1] Burgoa Orihuela, Ignacio. El jurista y el simulador del derecho. México: Porrúa, 19° edición.
[2] Molierac. Jean. Iniciación a la abogacía, México: Porrúa, 2001, pp. 29-30. Publicación original 1947.