«El abogado en los entierros» de Roberto Arlt

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«El abogado en los entierros», pertenece a la serie de crónicas que escribió Roberto Arlt, en el diario El Mundo, para ganarse la vida. Se trata pues de la escritura como ejercicio vital (vivir para escribir y vivir de la escritura). Una mirada actual del mundo que el escritor condensa en el papel -puede ser esta una definición de crónica literaria. Mas Arlt y su pluma consecuente no pueden escapar de su juicio. 

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Roberto Arlt

Autor de culto

Roberto Arlt, es un autor de culto. Toda compilación de clásicos de la literatura latinoamericana debería incluirlo o quedaría tan vacía como la ausencia de un Borges, un Arreola o un Arguedas. Pero ¿qué hace a un libro «un clásico»? «Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían.» Así lo entiende Borges en «Otras inquisiciones», y añade: «Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.»

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Desde nuestra orilla afirmamos que la diferencia entre el clásico y el best seller está en la calidad de los lectores que convoca. Nos referimos al abuelo que candorosamente se acerca a la cama de su nieto y, de buena fe, le recomienda, a la par que entrega, ese libro que deberá leer y antaño leyó con pasión y conmovió su vida. Ese libro que irá de mano en mano reproduciéndose por generaciones como la historia de Job, hoy perenne en la biblia, historia que no dudaré en leerle a mi hijo (si es que algún día llega). Más téngase en cuenta: todo clásico alguna vez fue best seller y , en consecuencia, todo best seller corre el riesgo de convertirse en clásico.

Clásicos en el Derecho 

¿Sucede lo mismo con el Derecho? ¿Qué hace a «Las siete partidas» un clásico? Sospecho que quienes colocan «la primera piedra» en la reflexión o dirección de la conducta del hombre, son clásicos (El Código Napoleónico). Aquel que reveló una peculiar forma de expresión o moderación del poder, también es un clásico (Rosseau, Montesquiú, Foucault). Existe otra forma de convertirse en clásico: ser la piedra de toque para la reflexión del Derecho en cualquiera de sus ramas (un clásico actual de la argumentación jurídica en hispanoamérica es Manuel Atienza, autor ineludible a la hora de adentrarnos en esta rama del derecho.)

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Considerando a la pobreza, la delincuencia, la coima, la corrupción y también -en la otra cara de la moneda como costosa construcción del Estado Constitucional de Derecho- al Poder Judicial, jueces, fiscales, mandatarios, congresistas, entre otras instituciones («males menores» para algunos) como una palpable -ya no sólo latinoamericana- sino humana realidad que el cronista retrata con toda su crudeza y con una prosa pulcra y rica en lenguaje de las calles argentinas, incluyéndose él mismo en el juicio que realiza; advertimos en sus escritos piezas de vigencia sin fecha de caducidad (Clásicos). Leamos pues una crónica de un clásico latinoamericano y actuemos para que el abogado cronopio, del que nos habla el profesor Jaime Coaguila Valdivia, en “El otro corazón del Derecho” se sobreponga al “abogado en los entierros”  que -a continuación- describe Arlt.


El abogado en los entierros

Ayer por la tarde, me llamó un señor por teléfono. He aquí sus palabras:

He leído su nota sobre el individuo que se desayuna con la columna necrológica de los diarios. ¿Por qué no escribe sobre los abogados que concurren, a granel, a los entierros de comerciantes y gentes que pueden dejar una herencia, y también sobre el precio de la leche que está muy cara y es pura agua?

Pero como a mí me parecen ponzoñosos los abogados que los bautizadores de la leche, me ocuparé de los primeros que los segundos buenos cristianos son, y no solo que lo son en la intención, sino también en los hechos, pues adulteran un litro de agua con un cuartito de leche, y si yo fuera lechero, también lo haría, que meno sabrosa es el agua sin leche que el agua con leche.

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Los abogados

Hay abogados que son la ponzoña de toda ciudad. No solo que le chupan la sangre a las viudas, sino que también se beben las lágrimas de los huérfanos, y hay de ellos bestias tan dañinas, que el estómago les es demasiado grande para contenerlo al Pasaje Barolo o a la Granja Blanca. Gente temebilísima y más voraz que los tiburones. Individuos de tretas jurídicas, bandoleros de los códigos, intérpretes del diablo, que vuelven lo negro blanco y lo blanco negro. Cuanto más pequeños y más pálidos son estos malandrines más voraz es su apetito.  Entran en las herencias como los hulanos en las ciudades, y el paso de estos hombres se reconoce como el de Dios, que dice en las Escrituras: Conoceréis mis rastros por el número de muertos que queda tras de mí.

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Hay abogados que son la ponzoña de toda ciudad.

Así es la huella que dejan estos monstruos pálidos. Testamentaría que cae en su poder la descuartizan, la descuartizan, revuelven, confunden, alborotan, deshacen y alteran de tal manera que después no bastan todos los jueces y fiscales para acumular el número de barbaridades que estos letrados cejijuntos amontonan en tan breve tiempo.

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Ponzoña de las ciudades. Donde aparecen introducen la inquietud, el temor, la duda. Dislocan las relaciones de los parientes, enturbian los contratos de los comerciantes, hurgan en la buena fe de los honestos, oxidan la decencia de los regenerados, enaltecen la sinrazón de los pillos, humillan al continente de los tímidos, ensalzan los proyectos de los grandes bandidos, persiguen al pudoroso, le arman líos al ignorante, le tienden celadas al de dinero; y en tal manera alteran la paz en las ciudades y la amistad entre los hombres, que debía expulsárseles de todas las repúblicas, como los enemigos más peligrosos y dañinos y recluírseles en un islote. Para que pleitearan entre ellos, y entre ellos como buenos cuervos, se sacaran los ojos.

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Un abogado y un moribundo.

El abogado en un entierro

Y también, como los cuervos, que desde las alturas distinguen con su feroz pupila los cadáveres del camino, acudiendo con diligente vuelo a despedazarlo (no sé qué me pasa hoy que estoy escribiendo un clásico), así los curiales, abogados, notarios y procuradores, acuden al entierro de los comerciantes para despedazarle la herencia, comerle las ganancias, devorarle los fondos, digerirle la fortuna, descoyuntarle los bienes.

¡Qué fieras!

Estos son los hombres que se leen la lista necrológica al salir el sol, y que saludan la mañana de dios y le día del planeta, con un proyecto de saqueo y un plan de pillaje.

El mundo, 12 de marzo de 1929

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