He aquí un breve texto de Yolanda Rodríguez y Carlos Berbell sobre una mujer de la que poco se conoce y que fue, nada menos, que la primera jueza de la historia de Occidente. Nos referimos a Débora, la mítica mujer que impartía justicia en Israel y que con su liderazgo procuró a su pueblo largos años de paz y bienestar.

Pese a este interesante antecedente, que data de más de tres milenios de antigüedad, increíblemente, la magistratura les fue vedada a las mujeres hasta tiempos muy recientes. Clara González de Behringer en 1951 y Josefina Triguero en 1978 serían las primeras juezas de las que se tiene registro, la primera panameña y la segunda española.


Débora fue la primera jueza de la historia de Occidente, hace 3 135 años, cuando el pueblo de Israel llegó a la “tierra prometida”. En esa época y tal y como aparece escrito en la Biblia, Débora asumió un liderazgo impensable en aquellos tiempos para una mujer. Eran tiempos en los que los hombres tenían todas las responsabilidades sociales y religiosas. Pero Débora supo hacerse respetar. Más tarde sería llamada “la madre de Israel”. Era una mujer hábil y muy inteligente.

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Como jueza, administraba justicia, sentada bajo una palmera, entre Rama y Betel, y ayudaba a la gente con sus diferencias tribales y problemas familiares. Su función basculaba entre la de una “mujer buena”, una mediadora, una jueza de paz de nuestro tiempo y, cuando las cosas eran gordas y serias, una jueza al uso. Débora hacía bien su trabajo. Resolvía los pleitos que le presentaban sus conciudadanos, y aunque la parte perdedora no quedara contenta, contribuía a la paz social de forma determinante.

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Pero Débora hacía más que juzgar. También podía “ver” los peligros que acechaban desde el futuro. Poseía el don de conocer el futuro. Lo que hoy denominamos “videncia”.

En una ocasión percibió una grave amenaza. Los cananeos –los habitantes de la tierra de Canaá, como hasta la llegada de los israelitas se denominaba lo que más tarde bautizaron como Israel y después se ha conocido como Palestina–, veían a los israelitas como unos intrusos y unos invasores de sus tierras. Estaban determinados a borrar al pueblo de Israel de la faz de la tierra y a recuperar lo que consideraban suyo, por derecho de posesión.

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La jueza Débora se movilizó a toda velocidad y encomendó al militar Barac que reuniera un gran ejército entre las tribus de Israel y les hiciera frente a los cananeos. Además, profetizó que Dios les daría la victoria. Sin embargo, el general Barac dudó de ella y de su profecía y le pidió que le acompañara a la batalla. Se supone que como prueba de que lo que decía era verdad y que no moriría solo si eran derrotados. Débora accedió.

Eso sí, la jueza le advirtió que a su enemigo, el general Sísara, líder de los cananeos, no lo mataría él sino que lo haría una mujer. Barac miró a Débora con incredulidad y se puso a organizar a sus tropas. Semanas más tarde tuvo lugar la batalla. Barac y sus hombres se enfrentaron a los cananeos. Como profetizó Débora, les dieron “una manita”. La derrota fue estrepitosa. Sísara huyó a toda velocidad para salvar la vida.

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En su fuga encontró una tienda, la tienda de Jael, esposa de Heber Ceneo. Los dos pertenecían al pueblo de los recabitas, que convivieron armónicamente con los israelitas en Canaán, como también lo hicieron con los cananeos.

El general estaba agotado, después de horas batiéndose el cobre frente a los israelitas. Por eso le pidió un poco de agua y cobijo a la mujer para descansar y recuperar fuerzas. Pensó que nada debía temer. Jael, primorosa en el trato, le dio leche y le llevó sobre una mullida alfombra. Luego le cubrió con una manta y le dejó dormir. Cuando había alcanzado un sueño profundo, Jael se acercó al general y le clavó en la cabeza una estaca de las que utilizaban para sujetar las tiendas. De esa forma se cumplió la profecía de la jueza Débora: “El enemigo no morirá por la espada de Barac sino a manos de una mujer…”.

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Desde entonces el pueblo israelí entona el Canto de Débora, uno de los pasajes más antiguos de la Biblia, que viene a enfatizar que Dios usó a las mujeres valientes, como Débora, para guiar y liberar a su pueblo. Y no hay duda que la jueza Débora lo consiguió, porque, según la Biblia, en su tierra hubo paz durante los cuarenta años siguientes.

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