Cesare Beccaria, autor del revolucionario libro «De los delitos y de las penas»

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Cesare Beccaria, autor del revolucionario libro «De los delitos y de las penas»

Hijo y heredero del marqués Giovanni Saverio, Cesare Beccaria nació en Milán el 15 de marzo de 1738 y murió en la misma ciudad hacia el 28 de noviembre de 1794. Como es sabido, durante sus años mozos el precursor del utilitarismo participó de las reuniones que se realizaban en la casa de los hermanos Verri, Pietro y Alessandro, quienes junto con otros jóvenes ilustrados se dedicaban a leer obras de economistas, filósofos y políticos, y a discutir asuntos de gobierno.

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En el seno de este círculo social es que Beccaria se forja intelectualmente, lo que termina por empujarlo a escribir, nada menos que a los 25 años de edad, cuando muchos apenas pueden escribir un artículo, esa pequeña gran obra intitulada De los delitos y de las penas, que como todo libro revolucionario representa un punto de inflexión en el desarrollo del derecho penal, porque sentó los principios de una nueva política legislativa que forjaron la construcción de un nuevo sistema penal respetuoso de la dignidad del ser humano, al amparo del principio de proporcionalidad de las penas.

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Contexto dentro del cual se enmarca la obra de Beccaria

Para comprender el legado de este libro debemos primero ubicarnos en contexto. El proceso penal de su tiempo era inquisitivo y se caracterizaba por la acusación secreta, el procedimiento escrito, y la ausencia del contradictorio. La condición procesal del reo era paupérrima. Cero garantías y escasos recursos defensivos frente a un sistema de pruebas legales y presunciones elásticas que permitían probar casi cualquier acusación contra el acusado.

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La presunción de culpabilidad envolvía el proceso penal. El acusado no solo era prácticamente culpable, sino también pecador (dado el enredo que había entre justicia divina y humana, que Beccaria distingue claramente). Así las cosas, el objeto del proceso penal era que el reo confesara su pecado, su culpabilidad; y para lograr la confesión, la más importante de todas las pruebas, se permitía el uso de la tortura. El reconocimiento de la culpabilidad, que se expresaba, ¡cómo no!, al calor de la aplicación de tormentosos dolorosos, sólo valía como medio probatorio si el reo la ratificaba, de manera que si esa confirmación no se producía, se reanudaba la aplicación del tormento, hasta lograr la ansiada ratificación.

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Otra circunstancia desfavorable para los imputados eran los amplísimos márgenes de discrecionalidad con que los jueces podían actuar al amparo de la ley. En rigor no puede hablarse de discrecionalidad, sino de arbitrariedad:

  • Los textos legales, en su mayoría, no determinaban una pena concreta aplicable al delito, sino que dejaban al arbitrio del juez la imposición de esta según el caso concreto.
  • Los tipos penales no eran precisos, lo que permitía que los jueces aplicaran la analogía para reprimir supuestos nunca previstos por el legislador.
  • Los jueces no estaban obligados a fundamentar ni fáctica ni jurídicamente su sentencia.
  • Los delitos castigados con pena de muerte eran tantos que se tornaba imposible la proporcionalidad entre delitos y penas.

Decálogo de la obra de Beccaría según Tomás y Valiente

  1. Racionalidad de las leyes.
  2. Legalidad del derecho penal.
  3. La justicia penal debe ser pública, y en proceso acusatorio, público y meramente informativo; las pruebas serán claras y racionales. La tortura judicial debe ser eliminada, junto con el proceso inquisitivo.
  4. Igualdad de nobles, burgueses y plebeyos ante la ley penal; las penas deben ser las mismas para todos.
  5. El criterio para medir la gravedad de los delitos debe ser el daño social producido por cada uno de ellos; no puede seguir siendo considerados válidos los criterios de la malicia moral (pecado) del acto, ni el de la calidad o rango social de la persona ofendida.
  6. No por ser más crueles son más eficaces las penas; hay que moderarlas; importa más y es más útil una pena moderada y de segura aplicación que otra cruel, pero incierta. Hay que imponer la pena más suave entre las eficaces; sólo ésa es una pena justa, además de útil. Hay pues, que combinar la utilización y la justicia.
  7. La pena no debe perseguir tanto el castigo del delincuente como la represión de otros posibles futuros delincuentes, a los que ella debe disuadir de su potencial inclinación a delinquir.
  8. Hay que lograr una rigurosa proporcionalidad entre delitos y penas. Lo contrario además de injusto, es socialmente perjudicial, porque ante delitos de igual pena y de diferente gravedad, el delincuente se inclinará casi siempre por el más grave, que probablemente le reportará mayor beneficio o satisfacción.
  9. La pena de muerte es injusta, innecesaria y menos eficaz que otras menos crueles, más benignas. Hay que suprimirla casi por entero.
  10. Finalmente, hay que considerar siempre que es preferible y más justo prevenir que penar, evitar el delito por medios disuasivos no punitivos que castigar al delincuente.

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Balance del libro «De los delitos y de las penas»

De los delitos y de las penas es, pues, un clásico de la filosofía y del derecho penal, un convincente alegato contra la crueldad del derecho penal, la tortura, la arbitrariedad judicial, la desigualdad ante la ley penal y la pena de muerte. Fue publicada cuando el marqués de Beccaria tenía nada más que medio siglo de vida, a la edad en que muchos estudiantes de derecho no pueden escribir ni siquiera un párrafo.

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La resonancia de este libro no solamente se verifica en la notable influencia que ejerció en la reforma de muchos códigos penales de la época, como el caso de Catalina II de Rusia, quien después de leer el libro mandó a suprimir la tortura, lo mismo que la emperatriz María Teresa de Austria en 1776, aunque es recién en 1789, en el reinado de José II de Austria, que se declara abolida completamente la tortura en todas formas.

Pedro Leopoldo de Toscana, en el preámbulo de su reforma penal de 1786, recogió los pensamientos de Beccaria. También Luis XVI suprime en su monarquía la tortura por una disposición de 1780. Todas estas reformas lo encumbraron como una de las luminarias más destacadas del momento.

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Como puede verse, la importancia del libro radica en la vigencia de sus ideas, que luego de más de 200 años de su primera aparición, ha alcanzado a todos los sistemas penales, cuyos principios se mantienen incólumes en nuestros días. Su incontestable vigencia nos permite analizarlo no solo en el contexto del siglo XVIII sino también en el contexto penal actual, que nos muestra que, a pesar de tanto tiempo, los principios defendidos por este prócer de la ciencia penal, aún no se han implementado en toda su extensión en la realidad.

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