¿Fue Carl Schmitt un jurista al servicio del nazismo?

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¿Por qué los grandes juristas alemanes decidieron servir al nazismo?
En París, 1943.

El liberalismo burgués nunca fue radical en el sentido político. Lo que ocurre es que en realidad no es una verdadera teoría del Estado ni una idea política. Pues si bien es cierto que el liberalismo no ha negado completamente al Estado, no es lo menos que tampoco ha hallado una teoría positiva ni una reforma del Estado, sino que tan solo ha procurado vincular lo político a una ética y someterlo a lo económico.

El concepto de lo político (1927)

El nacimiento de un genio

Tan polémico como brillante, Carl Schmitt, uno de los principales juristas del siglo XX, nació el 11 de julio de 1888 en Plettenberg (Imperio Alemán). Curiosamente el mismo año también llegaba al mundo un político con el que compartiría, tiempo después, ciertos preceptos teóricos: Adolf Hitler.

Perteneció a una modesta familia católica, siendo el segundo de cinco hijos. La exacerbada religiosidad y la influencia francesa de su madre marcaron su niñez y adolescencia. Llegó a sentenciar alguna vez: “soy romano por origen, tradición y derecho”. Cuando tuvo suficiente edad, decidió estudiar filología en Attendorn, antes de iniciar su inconmensurable carrera jurídica. Schmitt, que ya sabía francés y alemán, se especializó en lenguas extranjeros y aprendió latín, griego, español e italiano en poco tiempo. Su inteligencia le iba abriendo puertas al mundo.

Es así, que en 1907 llega a Berlín para empezar sus estudios profesionales. El joven Carl Schmitt ya tenía todo decidido para profundizar aún más el estudio de los idiomas universales, pero cambió de opinión, a raíz de un consejo de su tío: le dijo que el derecho era una carrera más lucrativa. Esta decisión lo marcaría por el resto de su vida. Rápidamente quedó conmocionado al observar el nivel de modernidad berlinés que contrastaba con su pequeño pueblo de origen.

Pese a su bajísima estatura (1.60 metros) y su gran timidez, Schmitt no se amilanaba intelectualmente y ya, en ese entonces, empezaba a delinear, lo que sería su imponente pensamiento jurídico. Llegada la Primera Guerra Mundial, decidió inscribirse como voluntario para la reserva de infantería, pero muy pronto se excusó del combate debido un crónico dolor en la espalda. Sirvió al ejército alemán desde un escritorio en Múnich.

Primeros pasos en la docencia

A Schmitt más que la cruenta guerra, le conmocionó las consecuencias de la derrota alemana: la inestabilidad política, la desolación nacional, la imposición de una doctrina liberal. Por ese entonces, exactamente en 1917, iniciaba una prometedora carrera como profesor de derecho en Estrasburgo (Francia), enseñando Teoría del Estado. Luego tuvo un breve paso por Múnich donde redactó su ensayo sobre el romanticismo político y desfilaba tranquilamente por diversas universidades, impartiendo cátedras y conferencias por doquier. Esta tranquilidad aparente lo angustiaba: a la paz que se vivía en la academia, se contraponía un profundo desorden en la sociedad civil.

Prosiguió su carrera docente en Greifswald, Bonn, Berlín y Colonia; escribiendo, en adelante, siempre acerca de preocupaciones concretas y sobre la situación política mundial. Sus artículos sobre la Primera Guerra Mundial, el armisticio de 1918 y el Tratado de Versalles, el nacimiento de la República de Weimar, la Sociedad de las Naciones, la violencia de los procesos revolucionarios, el ascenso del nacionalsocialismo; grafican diáfanamente ese meticuloso interés por interpretar la realidad.

El caos se extendía por todo el territorio germano, y Schmitt empezó a reflexionar sobre el origen político de estas turbulencias. Se convirtió, poco a poco, en un nostálgico de la férrea disciplina con que se manejaban los destinos de su nación durante la Primera Guerra Mundial. Añoraba ese orden estricto, ese ideario castrense. Incluso llegó a temer una revolución socialista. Fue cuando escribió su estudio sobre la dictadura, un alegato por los poderes extraordinarios que permiten reconstituir la paz. Se acercó, paulatinamente, a las instituciones de la República de Weimar.

Su producción teórica, que empezó con Ley y juicio. Una investigación sobre el problema de la praxis jurídica (1912), abarca innumerables obras que versan fundamentalmente sobre los temas capitales de la Filosofía del Derecho. Podemos nombrar a dos más: El valor del Estado y el significado del individuo (1914) y en Sobre los tres modos de pensar la ciencia jurídica (1934). Su producción sobre temas de derecho público interno es también muy difundida. Sobresalen allí textos como Teoría de la Constitución (1928) o Legalidad y legitimidad (1932), por mencionar sólo tres de sus obras más importantes. En el plano del derecho internacional, Tierra y mar (1942) y Teoría del partisano (1962), junto a innumerables artículos, constituyen aportes valiosos en materia jurídica.

Las peligrosas coincidencias teóricas con el fascismo

En tanto empezaba a publicar cada vez con mayor exigencia, Schmitt orientaba su simpatías ante el fenómeno que acaecía la Italia de los años 20: el fascismo de Mussolini. Veía ahí una fuerza imbatible que lanzaba al Estado a la conquista de un futuro brillante. Por otro lado, su anticomunismo le llevaba a justificar la ayuda de la burguesía económica –a la que luego criticaría profundamente–, en los planes de la Italia fascista. En la marcha de los fascistas se desplegaba escénicamente el poder de las masas, cuya protección es el fin último que se ideó para el Estado. El fascismo, para Schmitt, el contenía una retórica más fresca, una nueva estética. Las fronteras entre lo social y lo estatal se condensaban en el movimiento conjunto de pueblo gobierno. El problema con el fascismo, era básicamente, que seguía siendo muy dependiente del capitalismo, pero sobre todo, su exagerado nacionalismo los inducía seguir delirios raciales.

En 1927 Schmitt publica su trabajo más polémico: El concepto de lo político. Pretendía aparte de la vieja moral para construir una política más realista. Schmitt se fundamenta en el binomio amigo-enemigo. El enemigo es el otro, el extraño, el extranjero, el distinto. Es por el enfrentamiento a los otros por lo que se configura nuestra propia identidad. Lo político es un criterio semejante al ético (bueno, malo), al estético (bello, feo) o al económico (rentable, no rentable). La política se manifiesta cuando estos conflictos no pueden ser resueltos por dispositivos legal o arbitrales. La guerra ya no es solamente la continuación de la política a través de otros medios, sino que se erige para supervivir. Para exterminar a aquel que amenaza la supervivencia general. Schmitt nunca niega la posibilidad de eliminar físicamente a los que afectan tu seguridad. De hecho, considera que la guerra es indispensable y que es una expresión más de nuestras contradicciones.

El eje por el que Schmitt construyó su teoría, fue la crítica al liberalismo y a la democracia burguesa. Señala que tanto el parlamentarismo, el liberalismo y la democracia constitucional han marchado siempre juntos. La burocracia estatal ha resultado, hasta el momento, completamente inútil y ha alejado a la sociedad de la política. Los partidos políticos deciden sobre la vida de los ciudadanos en reuniones cerradas que no poseen ninguna garantía de transparencia. Schmitt habla de “pactos en los despachos” que socavan los legítimos intereses de la población.

Sin embargo su crítica a la política alemana y al liberalismo no se quedarían en aspectos estrictamente filosóficos. Lo que Schmitt denuncia es cómo el liberalismo ha supuesto la despolitización del ciudadano de a pie. El fin de la ideología liberal es meramente emancipar a la burguesía y pisotear a las masas. Es decir, buscar ámbitos de actuación libres de los capitalistas frente a las intervenciones de los poderes de soberanía, buscar una protección de las libertades burguesas individualistas. Proteger sus intereses, como fin último, y no los del pueblo alemán.

Militancia activa en el nacionalsocialismo

Carl Schmitt no mentía en su teoría, realmente la política se configuraba bajo sus parámetros dentro del contexto internacional. Lamentablemente, su adscripción al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en mayo de 1933, ha supuesto la condena de su producción por parte de diversos especialistas. Aunque rechazamos la doctrina de la superioridad racial, lo cierto es que las críticas injustificadas a diversos aspectos de su teoría están de más. Es cierto que Schmitt se veía seducido por ideas de extrema derecha, pero imaginaba su realización dentro de un Estado constitucional.

Su encuentro con Hitler, sin embargo, le hizo cambiar de opinión. Se entusiasmaba cada vez más con el proyecto nacionalsocialista, y consideraba que su doctrina podía ser la solución a los problemas políticos del momento. También sintió un deseo incontenible de ser parte de la historia, de ser un actor protagónico en la transformación del viejo orden social. Había en él también mucha ansiedad por reconocimiento, y ambición. No le fue difícil conectar sus planteamientos con el enfoque nazi del Estado y rápidamente se hizo un nombre dentro del partido. Sin embargo, sus textos previos a 1933, al no coincidir con la doctrina nacionalsocialista, hicieron que las SS (organización paramilitar de Hitler) sospechen del jurista, lo cual derivó en el alejamiento paulatino de Schmitt del régimen.

Decadencia y relativa resurrección

Para 1934 ya era desdeñado por los jerarcas nazis. Un diario de la época sintetizó sus opciones: la huida o el campo de concentración. Se quedó en Alemania hasta que cedió la ola de ataques. A partir de allí, después de un periodo de relativa tranquilidad, Schmitt no pronunció una sílaba más acerca de la política del Führer. Se dedicó a escribir obras jurídicas, ya de menor impacto, y se decidió esconderse de los ojos acusadores de la gente. Después de 1945, Schmitt fue detenido para posteriormente ser enviado a un campo de internación americano. Con el inicio de los Juicios de Nüremberg, Schmitt fue llamado a declarar como testigo y presunto culpable.

Dos años después pudo obtener su libertad, retirándose a Plettenberg, su pueblo natal. Hasta los cincuentas fue duramente criticado y rechazado por la intelectualidad oficial. Al perder todo atisbo de prestigio, decide empezar a publicar artículos con seudónimos. En 1963 publica la Teoría del Partisano, donde realiza un análisis político de las impresiones que le había dejado los grandes momentos de la Segunda Guerra Mundial. Empieza a recuperar algo de prestigio, pero su afiliación al nacionalsocialismo, así como estudiar derecho, serán decisiones que acompañarán persistentemente su legado.