Escribe: Carlos Ramos Núñez
© Carlos Ramos Núñez

Una escena que salta a mi memoria de mis épocas de estudiante de Derecho, cuando adopté la costumbre de asistir por las tardes a las audiencias públicas que se celebraban en los (entonces así se llamaban) tribunales correccionales de la Corte Superior de Arequipa, en su antigua ubicación de la calle San Francisco en el centro mismo de la ciudad mistiana, consiste en la severidad del interrogatorio que llevaban a cabo los vocales superiores y el fiscal superior a los acusados en una de las etapas del juicio oral.

La verdad que, en ocasiones, los magistrados hasta abrumaban con duros adjetivos a los procesados, por lo general, gente muy humilde, a una distancia astronómica, en condición social y quién sabe si en cultura o en calidad de vida, de los jueces que interrogaban. Muchos abogados simplemente callaban y exhibían una odiosa resignación, una suerte de derrota moral y profesional, frente a los excesos de los jueces. Pero otros, creo que los pocos, recuerdo entre ellos al doctor Sergio Nieves Núñez, gran penalista puneño, amigo de mi padre y notable profesor de la Universidad Nacional de San Agustín, o al criminalista Eduardo Cáceres Bedoya, uno de mis profesores de Derecho penal en la Universidad Católica de Santa María, que, no daban su brazo a torcer y con talento y pasión (al parecer necesarias ambas en dichas circunstancias) patrocinaban a sus asustadizos clientes.

Esa energía, respetuosa pero firme, también se requiere ante la administración pública o ante la policía. Define el carácter del abogado. Un abogado sin temperamento está perdido. No me lo imagino como letrado defensor, quizás sí como abogado de bufete o asesor de consultas. Prevalece, en esos casos, una suerte de psicología popular, como un juego o una competencia de pulso. El Derecho hace las veces de un ring o de un campo de combate.

A propósito del carácter del abogado, en Los detectives salvajes, la hermosa novela experimental de Roberto Bolaño, un defensor letrado, Sergio García Fuentes, evita que la temible policía mexicana del D.F. se lleve consigo, a raíz de la muerte de Piel Divina, a Julita, hermana de Albertito Moore. Era la diferencia, según relata el personaje Luis Sebastián Rosado, entre la vida y la muerte.