A quiénes se debe llamar jurista
A quiénes se debe llamar jurista

Una de las cuestiones más polémicas que pulula en el seno de la comunidad jurídica de abogados[1] es saber a quiénes debemos llamar “juristas”. Lo que debe quedar claro desde el saque es que el título de jurista es excepcional y solo debe aplicarse a un reducidísimo grupo de operadores del Derecho.

En el siglo XIX Roque Barcia[2] señalaba: “El abogado debe ser probo, diligente, entusiasta; el letrado, estudioso; el jurisconsulto, prudente; el jurista, erudito. Hay muchos abogados; no hay tantos letrados; hay muy pocos jurisconsultos; es muy raro encontrar un jurista[3].

Hoy en el siglo XXI, ¿qué requisitos deben tener los operadores del Derecho para ser llamados juristas? Señalamos lo anterior porque, en la actualidad, no existe una suerte de barómetro[4] que nos permita identificar a esas personalidades excepcionales que son realmente juristas.

Decimos “realmente juristas”, toda vez que de manera coloquial se llama juristas a personas que –quizás– no han alcanzado los estándares académicos (conocimiento) y prácticos (experiencia) para ser llamados así.

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Por todo eso, surge la interrogante de saber, ¿cuáles son esos estándares que convertirán a un operador del Derecho en jurista? En ese sentido, en líneas posteriores vamos a dar algunas aproximaciones sobre esta cuestión:

1. Influencia de la edad
2. Dictar clases o charlas
3. Ser investigador académico
4. Por ser profesores o catedráticos
5. Por contar con el título de doctor
6. Tener un título honorífico o un reconocimiento mundial

 

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1. Influencia de la edad

¿Cuál es la edad que debe tener un operador del Derecho para ser llamado jurista? No es poco obvio que en las últimas décadas el mundo viene siendo portador de la globalización que, en gran medida, permite que las personas se encuentren al día con la información necesaria de sucesos nacionales e internacionales. Precisamente, por esto es que los medios de comunicación ejercen un rol importante que contribuye a la evolución de la sociedad: información televisiva, redes sociales, entre otras más.

Esto se puede notar en el siguiente ejemplo: en los programas de televisión (nacional y extranjera) entrevistan a muchos abogados –mayormente de la tercera edad– y los presentan como “juristas”. Curiosidad aquella es que no sólo se los presentan, al inicio, como tales, sino que en el lapso de la entrevista, del reportaje o documental se les hace mención, nuevamente, como “juristas”.

Y ello, obviamente, va a repercutir en el devenir de su vida personal y profesional, pues, indirectamente, ya se les dota como unos “eruditos” de la materia que, en gran medida, lo pueden ser o no: sobre todo porque las personas que no forman parte de la comunidad jurídica son más susceptibles de creer aquella información –a diferencia de las que sí forman parte de aquella comunidad[5]–, esto es, creer que éstos son estupendos abogados por el simple hecho de estar en un canal de televisión muchas veces prestigioso.

O, inclusive, nos atreveríamos a decir que estos abogados se aprovechan de la situación al contar con alguna clase de contrato de marketing o publicidad que les beneficia a ellos y a los medios de comunicación y no por ganarse el derecho a exponer o dar opinión alguna sobre determinados temas jurídicos como otros que, realmente, sí lo merecen.

2. Dictar clases o charlas

Hay abogados que se han enfocado en ejercer sus actividades, únicamente, en la enseñanza académica inmediata: clases, charlas, conferencias de pregrado, postgrado, doctorado e, incluso, de postdoctorado.

Muchos de éstos se diferencian por la calidad del dictado de clases que brindan, pues, como se sabe, existen abogados que dan clases de bajo nivel, como otros que, por el contrario, brindan clases de forma magistral, como se le suele decir coloquialmente.

Entonces, la pregunta debería ser: ¿los profesores que dictan clases[2] o charlas[3] magistrales son los más cercanos a ser llamados juristas? o, también, habría que cuestionarnos ¿A qué debemos llamar clases o charlas magistrales[4]?

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3. Ser investigador académico

¿Para ser jurista es necesario dictar clases o charlas?, O ¿deben enfocarse, también, a la investigación? Aquellos que, únicamente, se dedican al dictado de clases o charlas (quizás dictar más de lo mismo[5]) o aquellos que dedican, casi todo su tiempo, a la investigación académica jurídica (quizás enseñar algo novedoso producto de su búsqueda)[6].

Entiéndase por investigadores jurídicos a los abogados que direccionan sus actividades a la enseñanza académica mediata: con el propósito de poder trasmitirlas en opiniones, artículos, informes, libros, entre otros trabajos similares. No hay duda que una buena teoría es la base esencial de una buena praxis; no obstante, tampoco se va a difundir una buena teoría si la persona que la elaboró no ha tenido experiencia en la práctica.

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4. Por ser profesores o catedráticos

Es necesario preguntarnos ¿cuál es la diferencia –por lo menos técnica– entre profesor y catedrático? Apuntamos esto, toda vez que no se suele distinguir o diferenciar aquellos términos que, por cierto, repercuten mucho en la vida de los abogados, tanto desde un aspecto positivo como negativo:

Implica un factor positivo, porque hay profesores que suelen autollamarse “catedráticos” (poca modestia), aprovechando, naturalmente, esa asignación de catedrático para ganar clientes o prestigio ante la comunidad (que nos atreveríamos a decir que esta comunidad, mayormente, no tienen tampoco el concepto que les va a permitir diferenciar entre ser un profesor y catedrático).

Y, asimismo, como un factor negativo existen catedráticos que –quizás por cuestiones de carácter– dejan o, por lo menos, no se oponen a que se les llamen “profesores” (excesiva modestia), siendo limitados, por tanto, a la adquisición de más clientes y prestigio ante la comunidad.

Desde esa perspectiva, entonces, debe existir por lo menos en el ámbito nacional –si todavía no lo existe– una escala que diferencie el cargo de profesor del de catedrático[7] al igual que muchas universidades europeas, como es el caso de la Universidad de Navarra (España), donde sí existe una diferenciación de dichos términos:

“a) Catedráticos son aquellos doctores que, dotados de plena capacidad docente e investigadora, ocupan la posición más alta de la escala de profesorado en la Universidad. Deben haber impartido docencia durante al menos diez cursos académicos posteriores a la obtención del grado de doctor y haber realizado una reconocida labor de investigación. En los Estatutos de la Universidad se denominan ordinarios.

b) Profesores titulares son aquellos doctores que desarrollan su tarea académica con plena capacidad docente e investigadora. Se espera de ellos el logro de los méritos académicos necesarios para su nombramiento como catedráticos”[8].

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5. Por contar con el título de doctor

No se puede negar que la enorme mayoría de abogados, en el ámbito nacional, se hacen llamar “doctores”, sin contar con dicho grado académico[9]. Entonces, salta la pregunta: ¿para ser jurista se debe ser doctor?

Ser doctor no implica, necesariamente, poseer las cualidades de un erudito o genio. No se debe confundir la “instrucción” con la “inteligencia”. Para ser un jurista se requiere contar con inteligencia y, claro, con instrucción: pero esto no debe conllevar a contar necesariamente con dicho grado académico.

Algo semejante ocurre en los sectores laborales de los abogados, ya que en las instituciones públicas (universidades nacionales, Poder Judicial, Tribunal Constitucional, Ministerio Público, Defensoría del Pueblo, Contraloría de la República, entre otras) no se hace diferenciación alguna si un Abogado es doctor por una universidad nacional o extranjera[10]. Entre tanto, en las instituciones privadas (universidades privadas, estudios jurídicos, consultoras, boutiques, entre otras) sí se hace aquella diferenciación[11] entre Abogados doctores por universidades nacionales y extranjeras[12].

A decir verdad, todo esto puede ser producto de la mala cosmovisión o idiosincrasia que nos han tenido acostumbrados[13] en este país sub desarrollado llamado Perú: lo cual no implica que sea el fin; por el contrario, esto debe fortalecernos para tener mejores actitudes frente a nuestro prójimo (a todos los abogados).

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6. Tener un título honorífico o un reconocimiento mundial

Se debe contar con un Dr. Honoris Causa: “título honorífico que concede una universidad, centro de altos estudios u organización que agrupa a varias de las anteriores a personas eminentes. Esta designación se otorga principalmente a personajes que se han destacado en ciertos ámbitos profesionales”[14].

O en todo caso, ser portador de un reconocimiento mundial como, por ejemplo, un Premio de Estocolmo de Criminología, aquel que “se otorga por los logros sobresalientes en el campo de la investigación criminológica o por la aplicación de resultados de investigación para la reducción del crimen y el avance de los derechos humanos”[15].

En definitiva, hay muchas condicionantes que influyen a la formación de un futuro jurista. En este orden de ideas, hemos expuesto algunos de los puntos más esenciales y pocos tocados sobre los factores que acercan, en cierta medida, a los abogados para ser “juristas”: esperemos que a futuro podamos expandirnos más sobre el mencionado tema.

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[1] Porque éstas sí saben si aquellos abogados son especialistas de la materia: si difunden clases sobre dichos temas o si han escrito y difundido investigaciones al respecto; incluso, si son operadores del Derecho que, simplemente, aprovechan el factor mediático para ganar clientes o una suerte de reconocimiento indirecto ante la sociedad: a comparación de las personas que no son parte de la comunidad jurídica, clara está.

[2] “Clases” se limita, principalmente, al dictado de un curso en especial (asignaciones académicas que las universidades proyectan en su malla curricular).

[3] “Charlas” son el dictado de eventos en específico (conferencias, seminarios, congresos: donde los ponentes son abogados que se han especializado en una materia jurídica y dentro de la misma, inclusive, cuentan con una especialización).

[4] Las “clases magistrales” suelen ser colocadas en lo afiches de las organizaciones que orquestan un evento académico jurídico: creemos que su finalidad es para que exista mayor atracción sobre el mencionado.

[5] Dictar experiencias que no, necesariamente, son investigaciones (ejemplo: los investigadores, básicamente, no se dedican al litigio, por eso es que trasmiten, únicamente, sus conocimientos adquiridos, pero no sus experiencias, como sí las tienen los litigantes al momento de patrocinar un caso).

[6] Trasmitir conocimientos adquiridos en la investigación personal y no la investigación de otros (ejemplo: los abogados litigantes, muchas veces, difunden sus clases por sus experiencias o por el conocimiento adquirido de investigadores ajenas: leen libros de autores nacionales o extranjeros).

[7] Es lamentable, realmente, que en las universidades peruanas se llamen catedráticos a profesores o viceversa.

[8] Para más información ingresar a:  https://www.unav.edu/documents/11310/1084431/profesorado_universidad_de_navarra_mayo2013.pdf

[9] Tener el grado de doctor es haber concluido, sustentado y aprobado la tesis doctoral, no debe confundirse con las personas que se encuentran cursando el doctorado: que todavía no poseen dicho grado académico  de “doctor”.

[10] Pues, eso se exige a través de los estatutos o protocolos de contratación pública.

[11] Y, tal vez, una suerte de discriminación pues, venga: si eso se hace con alumnos de pre grado, no queremos imaginar con los mismos abogados.

[12] Para tener prestigio y, por consiguiente, adquirir mayor clientela: lamentablemente.

[13] Que en las universidades extranjeras se aprende más que en las universidades nacionales. Por eso es que en estos últimos años la moda apunta al soñado “viaje para realizar postgrado y doctorado en el extranjero”: que, por cierto, no está mal, pero tampoco debemos ser extremistas en esas creencias.

[14] Para más información ingresar a: http://www.sld.cu/sitios/bmn/temas.php?idv=13929

[15] Para más información ingresar a: http://www.defensesociale.org/premio%20estocolmo%20para%20zaffaroni.pdf

[1] Es necesario tener en cuenta que los fiscales, jueces, procuradores, secretarios, trabajadores de entidades estatales cuentan con el título profesional de Abogado.

[2] Filósofo y lexicógrafo español (1821-1885): autor del primer Diccionario General Etimológico de la Lengua Española en cinco volúmenes.

[3] Ob. cit.: BARCIA MARTÍ, Roque. (1910). Sinónimos castellanos. Madrid: Daniel Morro Editor, pág. 14.  BARCIA MARTÍ, Roque. (2010). Sinónimos castellanos. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, pág. 10.

[4] El barómetro es un indicador o una estimación acerca de un cierto estado o de una condición.